Ecos a través
de los siglos: Un análisis comparativo del pensamiento económico en Ibn Jaldún
y Adam Smith
Autor: Luigi D’Andrea Afiliación:
Universidad Central de Venezuela Fecha: Abril 2026
Resumen
La
historiografía económica convencional ha entronizado a Adam Smith como el
arquitecto solitario de la economía moderna, dejando en la periferia
contribuciones fundamentales de tradiciones no occidentales. Este trabajo
propone una lectura comparada entre la Muqaddimah de Ibn Jaldún
(1332–1406) y La Riqueza de las Naciones de Adam Smith (1723–1790). A
través del análisis de la división del trabajo, la teoría del valor, la presión
fiscal y la dinámica social, se demuestra cómo Jaldún prefiguró pilares del
liberalismo clásico y la macroeconomía. El artículo sostiene que, si bien Smith
dotó a la economía de una autonomía científica centrada en el individuo, Jaldún
la comprendió como un engranaje indisoluble de una sociología histórica
cíclica. Estas convergencias revelan que existen lógicas económicas universales
que logran perforar las barreras del tiempo y la cultura.
Palabras
clave: Ibn
Jaldún, Adam Smith, Historia del Pensamiento Económico, División del Trabajo,
Teoría del Valor, Asabiyyah.
1. Más allá del
mito fundacional de 1776
Existe
un consenso casi dogmático en las facultades de economía que sitúa el
nacimiento "oficial" de la ciencia en 1776. Bajo esta lente,
cualquier pensamiento previo es despachado como una etapa pre-científica o
balbuceos filosóficos. No obstante, cuatro siglos antes de que las prensas
británicas publicaran a Smith, en el Magreb, Ibn Jaldún ya diseccionaba los
mecanismos de la riqueza con una agudeza asombrosa en su Muqaddimah.
El
propósito de estas líneas no es una mera competencia por la primacía
cronológica; no hay pruebas de que Smith leyera a Jaldún. El interés radica en
cómo dos intelectos, separados por contextos radicalmente distintos, llegaron a
diagnósticos similares sobre la prosperidad y la ruina de las sociedades.
Mientras Smith apuesta por un progreso lineal basado en el interés propio,
Jaldún nos ofrece una advertencia sobre la fragilidad de las instituciones y la
importancia de la cohesión social (asabiyyah).
2. Dos mundos, una
misma curiosidad
Para
entender sus textos, hay que entender sus miedos. Jaldún escribe desde las
cenizas de un mundo islámico golpeado por la peste negra y la inestabilidad
política. Su enfoque es holístico: no entiende la economía sin la historia o la
sociología. Smith, por su parte, es hijo de la Ilustración Escocesa y testigo
del inicio de la Revolución Industrial. Su misión era derribar las trabas del
mercantilismo para dar paso a un nuevo orden de libertad comercial.
Ibn Jaldún
Esta
diferencia de origen marca el espíritu de sus obras: la de Smith es una hoja de
ruta optimista hacia el crecimiento; la de Jaldún es una crónica descriptiva y
algo melancólica sobre la inevitable decadencia de las civilizaciones.
Adam Smith
3. El motor de la
prosperidad: La cooperación humana
Tanto
para el escocés como para el tunecino, la riqueza no cae del cielo, sino que se
construye mediante la especialización. Smith inmortalizó esta idea con su
famosa fábrica de alfileres, demostrando que la destreza individual aumenta
exponencialmente cuando las tareas se dividen.
Sin
embargo, Jaldún va un paso más allá en la raíz del concepto. Para él, la
división del trabajo no es solo eficiencia técnica, sino una necesidad de
supervivencia. El hombre solo no puede alimentarse ni protegerse; requiere de
"todos los demás" para trascender la mera subsistencia. Mientras
Smith ve en el intercambio una propensión natural al trueque por beneficio
propio, Jaldún ve un imperativo social: somos seres políticos que cooperamos
para crear civilización.
4. El enigma del
valor: El trabajo como medida
Es
fascinante notar cómo Jaldún anticipó la teoría del valor-trabajo que más tarde
pulirían los clásicos. Smith distinguía entre el valor de uso y el de cambio,
vinculando el precio natural a la suma de salarios, beneficios y rentas.
Jaldún, con una claridad precursora, afirmaba que el beneficio (ribh) no
es otra cosa que el valor del esfuerzo humano. Si un objeto no requiere
trabajo, carece de peso económico. Ambos coinciden en despojar al objeto de un
valor "mágico" o intrínseco, devolviéndole el protagonismo a la
actividad humana.
5. El Estado y la
trampa fiscal
En
la política tributaria es donde Jaldún suena más moderno. Antes de que Arthur
Laffer dibujara su famosa curva en una servilleta, Jaldún ya advertía que subir
los impuestos no siempre significa recaudar más. Observó que los imperios
jóvenes prosperan con tasas bajas porque incentivan la producción. Al
envejecer, el Estado se vuelve costoso, burocrático y voraz; sube los
impuestos, asfixia al productor y termina por destruir su propia base de
ingresos.
Smith,
aunque compartía este escepticismo hacia un Estado extractivo, se centró más en
la equidad y la administración del impuesto. Jaldún, en cambio, vincula la
salud fiscal directamente con el ciclo de vida del régimen político.
6. ¿Mano Invisible
o Cohesión Social?
Aquí
reside la divergencia más profunda. El motor de Smith es el individuo que,
buscando su propio bien, termina beneficiando al grupo gracias a una "Mano
Invisible" coordinada por el mercado. Jaldún, en cambio, pone el peso en
la asabiyyah: esa solidaridad de grupo que permite a una sociedad ser
fuerte, conquistar y prosperar. Para el tunecino, cuando el lujo y la vida
urbana erosionan esos lazos sociales, la economía colapsa sin importar cuán
eficiente sea el mercado. Smith nos dio la mecánica del intercambio; Jaldún, la
sociología que lo hace posible.
7. Conclusión:
Hacia una economía más humana
Revisitar
a Ibn Jaldún junto a Adam Smith no es un ejercicio de nostalgia académica. Es
un recordatorio de que los fundamentos de nuestra disciplina no tienen un solo
pasaporte. Smith nos enseñó las reglas del juego del mercado, pero Jaldún nos
advirtió sobre la importancia del entorno en el que se juega. En un siglo XXI
donde las instituciones y el capital social parecen tambalearse, la voz de
Jaldún es un correctivo necesario para una ciencia económica que a veces olvida
que su objeto de estudio, antes que números, son seres humanos viviendo en
comunidad.
Bibliografía
Acemoglu,
D., & Robinson, J. A. (2012). Why Nations Fail.
Ibn
Khaldun. (1377). The Muqaddimah. (Rosenthal, Trans.).
Smith,
A. (1776). The Wealth of Nations.
Toumi,
M. (2015). Economic Thought of Ibn Khaldun.
REBATIENDO LOS ARGUMENTOS DE QUIENES SE OPONEN A UN
INCREMENTO SALARIAL SIGNIFICATIVO
Por Rodolfo Magallanes
(Profesor titular de la UCV. Docente/investigador del
Instituto de Estudios
Políticos)
Hasta ahora, nos hemos concentrado -en
otros escritos- en ofrecer argumentos que justifiquen una revisión, o ajuste al
alza, de los sueldos y salarios en Venezuela. Ahora, queremos contribuir a
rebatir los argumentos que buscan contrariar esta decisión.
El mundo entero se ha hecho muy
injusto y desigual, ya no basta tener un empleo para evitar ser pobre; y,
Venezuela debido a la manera como ha tratado sus diferencias políticas, ha
retrocedido en materia de igualdad social en los últimos años, notablemente
desde el período 2016-2018. Un aspecto central de esta desigualdad, lo
constituye el tema económico y salarial.El enorme rezago en materia salarial existente en Venezuela, que está en
la raíz de la desigualdad social inherente a la realidad económica actual en
nuestro país, debe ser atendida a través de las políticas públicas o estatales,
a riesgo de constituir un obstáculo insalvable del desarrollo nacional.
Quienes se oponen a la actualización
salarial, parecen suscribir la idea de que -al menos- las etapas iniciales del
desarrollo están caracterizadas -y se justifican entonces- por una alta
desigualdad, que con el tiempo -y de manera natural- se iría reduciendo con el
crecimiento de la economía. No es más que otra versión de la fracasada “teoría
del derrame” (o “trickle down”) en economía; de acuerdo con la cual se
afirma, una vez superada esta época difícil,los efectos del crecimiento comenzarían a caer, o “derramar”, de manera
casi espontánea también, sobre los más pobres. Lo cierto es, que los bajos
salarios en Venezuela, se han mantenido durante ya demasiado tiempo (los
salarios han caído en términos reales desde 2014 y se han acercado incluso a
cero a lo largo del período), ocasionando un daño que amenaza ser permanente
sobre los trabajadores y sus familias; una pérdida significativa en la calidad
de vida: en la salud, la educación y seguridad social en general, que se
proyecta a largo plazo y que afectará -sin duda- la capacidad laboral de los
trabajadores y sus familias, transferible a la economía nacional en el corto y
largo plazos. Particularmente, pensamos que esto no sólo es muy injusto, sino
que además es inconveniente para las oportunidades actuales y futuras de
desarrollo económico, social y político de nuestro país. Es obvio que el
crecimiento político, económico y social no puede sostenerse sobre la base del
empobrecimiento de las mayorías.
Quienes se oponen a la revisión de
los salarios, pretenden hacernos creer que, el valor de lo producido actualmente
en Venezuela es menor que su costo de producción y que, por tanto, como
resultado de la pérdida de productividad en nuestro país, el costo de la misma
debe ser pagada o compensada exclusivamente a través de los bajos salarios. Por
el contrario, para nosotros, el valor de lo producido es equivalente al menos
al costo de producción y este incluye, como mínimo, una ganancia media del
dueño de la empresa (y, en el sector público, esta ganancia media es nula, pues
el Estado -debido a la función social de su producción- no busca obtener
ganancias); de lo contrario, estos procesos productivos no se realizarían. Así
que, los bajos salarios, sobre todo en el sector privado, tendrían como
consecuencia una elevación de la tasa de ganancia de los empresarios. Tal que,
cuándo los empresarios pagan un tipo de salario menor que el salario que
podríamos llamar típico del sector o menor que el de sus competidores dentro o
fuera del país, está obteniendo una ganancia superior o “extraordinaria”. Es
más, esta ganancia debe ser importante en Venezuela, dado que, la mayoría de
los productos que consumimos en Venezuela tienen precios -medidos en divisas-
mayores incluso que en el extranjero. Esto es evidente además si consideramos
los hábitos actuales de consumo de los sectores empresariales y los comparamos
con los de la mayoría de los trabajadores. Es claro que, estos últimos han
visto limitado -desde 2016 al menos- su acceso incluso a bienes básicos,
mientras que en Venezuela recientemente se ha hecho notable el lujo y acceso al
consumo de bienes que revelan “status” y una creciente ampliación de la brecha
social entre los distintos miembros de la sociedad, que, como es natural
pensar, no son accesibles por tanto a los trabajadores y, por el contrario,
revelan la existencia de sectores sociales con acceso a muy elevados ingresos;
esto es, a ganancias extraordinarias.
Así que, en atención a la leyes que
regulan la producción mercantil y la generación de valor, así como a la simple
lógica matemática (“el resultado de la suma no puede ser menor que los
sumandos”) nos parece no sólo injusto, inmoral, lógicamente inapropiado, sino
además inconveniente para generar progreso y crecimiento económico para todos, defender
la idea de bajos salarios. Por el contrario, los salarios deben guardar
relación con el costo de la vida, incluso debemos vigilar el nivel de estos salarios
en naciones vecinas con igual grado de desarrollo económico e industrial
relativo que nuestro país. Extender este estudio a los salarios vigentes en
sectores industriales comparables en estos países y, de esta manera, alcanzar
un acuerdo más justo sobre el nivel que deben tener los salarios en Venezuela.
Manteniendo seguimiento igualmente de la evolución nacional de los precios de
los bienes destinados al consumo de los trabajadores venezolanos. Esto es lo
que nos parece mínimamente justo.
Otra razón para oponerse al
incremento salarial es su potencial impacto sobre el cálculo de prestaciones y
otros beneficios a futuro de los trabajadores. En este caso, nos parece que
esto no debería continuar posponiendo los ajustes salariales. El piso actual
que serviría de partida para la negociación es muy bajo. Los trabajadores
tienen derecho a aspirar a una mejora de sus salarios medida en términos de
poder adquisitivo; el deterioro salarial se ha acumulado por mucho tiempo,
desde 2014 al menos. Por otra parte, el impacto de estos ajustes no es
inmediato ni implica asumir el costo integral del alza, existen formas
conocidas (por los empresarios y el Estado) y aplicadas por años para moderar esto
costos y podría acordarse cierta gradualidad en su incorporación al salario,
ajustado al logro de ciertas metas de crecimiento económico, ingresos fiscales,
mejora de la tributación, etc. Estos asuntos podrían llevar a acuerdos
sectoriales además. Nos parece absurdo, continuar posponiendo las ventajas que
ofrece un incremento necesario -todos estamos de acuerdo en la necesidad de
ello- del ingreso y de la demanda de los trabajadores, que sea progresiva pero
sostenida. Esto es lo que conviene al mejor aprovechamiento de las
oportunidades de bienestar y progreso que ofrece actualmente la economía
venezolana. La ambición y avaricia de algunos no debería llevarnos a
desperdiciar de nuevo estas oportunidades.
Finalmente, queremos hacer notar que
la mejora de la productividad no sólo incumbe a los trabajadores, sino que ésta
pasa por la realización de inversiones también por parte de los empresarios
para mejorar los equipos y tecnología disponibles para la producción por parte
de los trabajadores. Así que, los acuerdos que se requieren en torno al tema
salarial deberían implicar igualmente compromisos de parte de los empresarios
para realizar inversiones que impliquen la renovación, ampliación,
actualización y adquisición de nuevas tecnologías y el entrenamiento y
recalificación de los trabajadores.
Dani Rodrik: “Trump no es solo un riesgo económico; es la mayor amenaza de nuestro tiempo”
El economista y profesor de la Universidad de Harvard cree que España es “una inspiración desde el punto de vista democrático” por su combinación de crecimiento, acogida de inmigrantes y su firmeza en la defensa de la paz
Dani Rodrik, economista, fotografiado en el Auditorio Beatriz, en Madrid.SAMUEL SANCHEZ
Dani Rodrik es una rareza: es un gran economista dotado con un colmillo político muy afilado. No habla solamente de economía; ni siquiera principalmente de economía a poco que se le dé carrete. No rehúye una sola polémica, ni siquiera con su propio oficio. Es dueño de un apetito voraz por meterse de lleno en el debate público. Y tiene habilidad para dar en el blanco: se anticipó a uno de los desafíos de estos tiempos, y ya al inicio de la Gran Crisis advirtió de los riesgos de la globalización excesiva, se preguntó si esa combinación malsana de adoración por el libre comercio desregulado y macrocefalia del sistema financiero iba a debilitar la democracia. Acertó: ahora mismo estamos en plena recesión democrática. Su tesis es que la variedad de capitalismo que se ha impuesto genera una desigualdad rampante; esa desigualdad ha acabado trayendo malestar en todo el mundo, y ese cabreo se traduce en la marea del populismo de ultraderecha. La altura máxima de esa ola airada es Donald Trump. “Lo fundamental de Trump no son los riesgos económicos: mi presidente es la mayor amenaza de nuestro tiempo”, afirma rotundo en esta conversación con EL PAÍS después de dar esta semana una charla en unas jornadas organizadas por la Compañía Española de Seguros de Crédito a la Exportación (Cesce).
Rodrik (Estambul, 69 años) se convirtió en una celebridad hace un par de décadas con su famoso trilema: no podemos perseguir simultáneamente democracia, soberanía nacional e hiperglobalización. En su último libro renueva esa tríada y asegura que hay que elegir entre combatir el cambio climático, reforzar a las clases medias y reducir la pobreza y la desigualdad global. Procedente de una familia sefardí que emigró de España en el siglo XV, Rodrik deja en un requiebro final una defensa cerrada de la política exterior del Gobierno español: “Sánchez ha hablado claro y Europa debería ir por ese mismo camino, y no por una sumisión con Trump que no tiene ningún sentido”.
Pregunta. Ucrania, Gaza, Irán. ¿Cuáles son las consecuencias económicas de esta escalada bélica, de la geopolítica de los líderes autoritarios, de los populistas como Trump?
Respuesta. La geopolítica ha noqueado a la economía como principio rector de las relaciones internacionales: la geopolítica es ahora mismo la variable prioritaria cuando hablamos de economía, y cuando hablamos de casi cualquier cosa. El principal riesgo para la economía global no es la inflación, no son los déficit públicos de EE UU, el declive del dólar, la posible burbuja en la IA o cualquier asunto que proceda del propio sistema económico: es que sigan cayendo bombas. El resto de riesgos palidecen comparados con ese, así que en estos momentos los economistas tenemos poco que decir frente a los analistas de inteligencia y de defensa. Estamos en medio de una transición hacia un mundo multipolar, en el que las potencias medianas van a desempeñar un papel fundamental. Y no sé si nos damos cuenta de la revolución que eso supone.
R. Todos esos países tienen ya una voz nítida. Y en especial creo que las potencias medias europeas, como Alemania y sí, España, tienen una enorme responsabilidad: Europa es una especie de modelo de referencia para el mundo. Para empezar, sigue siendo democrática. Y además tiene un modelo social que es la envidia de muchas sociedades. La UE tiene que entender que Estados Unidos ya no es un aliado fiable: Trump es el principal riesgo, la primera fuente de incertidumbre e inestabilidad en el mundo. Y el trumpismo obliga a invertir la lógica del proyecto europeo: la idea siempre fue ir de la integración económica y monetaria hacia la unión política, pero ahora Europa necesita unidad política al menos en términos de política exterior común, de política de defensa común. Necesita autonomía estratégica, que es otra manera de decir que tiene que hacerse mayor de una vez.
R. Me parece un acierto la postura del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, que se ha pronunciado con tanta claridad, con esa contundencia sobre Gaza, sobre Irán y sobre Trump. Es un ejemplo para Europa. Ojalá la UE hubiera sido igual de lúcida, en lugar de meterse en esa carrera por satisfacer a Trump. Esa sumisión a Trump no tiene ningún sentido.
P. El vasallaje feliz de Rutte, de Von der Leyen, de algunas cancillerías.
R. Con Trump no puede hacerse un análisis de riesgos al uso: es impredecible. Pensar que esa táctica del apaciguamiento puede funcionar es desconocer la psicología del personaje: cuando obtenga algo querrá lo siguiente. Los antiguos griegos creían que los dioses eran caprichosos: les diría a los europeos que esa es la manera de mirar hacia el trumpismo, hacia un líder voluble y excesivo. Es inútil pensar que dándole lo que quiere se va a calmar. Europa debería definir con claridad sus objetivos, sus intereses, siempre desde sus valores. Eso es exactamente lo que ha hecho España: plantarse ante las agresiones de Trump.
Rodrik, fotografiado en el Auditorio Beatriz de Madrid.SAMUEL SANCHEZ
R. Francamente, creo que lo de menos son las consecuencias económicas, aunque ya las estamos sufriendo. Trump no es solo un riesgo económico de primera magnitud: es sobre todo la mayor amenaza de nuestro tiempo. Me preocupa más que con tantos fuegos artificiales no aprendamos la lección que nos ofrece la disolución del modelo de hiperglobalización de las últimas décadas, del que Trump es apenas un síntoma, no la causa. Trump puede causar inmensos daños porque es el comandante en jefe del mayor ejército del mundo; es tan impredecible que en cualquier momento puede provocar el caos. Lo estamos viendo en Irán. Su capacidad para sembrar el caos en el terreno geopolítico es brutal. En cambio, su capacidad para sembrar el caos económico es más limitada; y sus efectos serán pasajeros: no creo que deje cicatrices permanentes en la economía. Sí puede causarlas en la geopolítica global, con el riesgo de un conflicto bélico a gran escala, y en la política estadounidense.
P. Los mercados le han parado ya los pies en alguna ocasión. Y los contrapoderes: el Supremo le ha quitado el juguete de los aranceles, pero no se sabe qué es peor: ha agarrado el lanzallamas en Oriente Próximo.
R. Eso es exactamente así. Por eso creo que Europa debe plantearse su posición en un mundo en el que ya no puede confiar en EE UU para su seguridad.
P. Von der Leyen decía hace unos días que el viejo orden global ha desaparecido. Luego se retractó.
R. Su error fue no ofrecer un proyecto alternativo. El orden global está saltando por los aires. Si tenemos suerte crearemos un nuevo orden basado en dos ejes. Por un lado una renacionalización, como alternativa a la hiperglobalización, con mayor protagonismo de la acción nacional (o regional, en el caso europeo), que no tiene por qué ser mala; la hiperglobalización fue desastrosa. Y un segundo eje basado en nuestra capacidad para crear empleo de calidad, que requiere innovación tecnológica y, tanto en Europa como en Estados Unidos, poner el foco en el sector servicios y hacer que Estados y empresas vayan de la mano para crear las condiciones necesarias. La nostalgia del viejo orden global basado en reglas es absurda: ni era orden, ni era de verdad global, ni las reglas estaban tan claras ni funcionaban tan bien.
R. Las políticas industriales tienen sentido en sectores como la seguridad nacional y la innovación: no estoy diciendo que los europeos y los estadounidenses no apoyen a sus industrias. Lo que creo es que hay otro frente que Bruselas y Washington están desatendiendo y que les puede proporcionar grandes beneficios, en los servicios, donde pueden crear empleos de calidad. EE UU es el país más innovador del mundo: Silicon Valley es la envidia de todo el planeta, incluida Europa. Pero tanto su sistema económico como su sistema político son fallidos: el país ha fracasado estrepitosamente porque unos pocos se han apropiado de todos los beneficios de la innovación y eso deja un sistema político, económico y social disfuncional. Si la población se siente excluida, si la desigualdad es excesiva, el malestar se extiende y las sociedades acaban votando a demagogos.
P. Pero me temo que eso no es exclusiva de EE UU, ¿no es así?
R. La desigualdad es un desafío mayúsculo. Se traduce en la falta de oportunidades económicas, en la desaparición de buenos empleos, en regiones enteras que se quedan atrás. Por eso digo que está muy bien acometer políticas industriales, pero la innovación y la productividad no lo son todo. Hay que corregir los excesos del modelo económico. Hay que redistribuir y crear empleos de calidad, por eso insisto tanto en los servicios. Paradójicamente, toda mi carrera se sustenta en el énfasis en las políticas industriales, en la productividad y en la innovación, pero eso no sirve de nada si se logra a costa de un fracaso estrepitoso en el modelo político y social. Puede que Europa no presente las cifras de productividad e innovación de EE UU, pero tiene un modelo social que le da más estabilidad.
P. También aquí hay media docena de populistas en el Consejo Europeo. Salimos de la Gran Recesión con una combinación tóxica de medidas de austeridad, políticas monetarias heterodoxas que han traído inflación y desigualdad, y rescates públicos multimillonarios para el sistema financiero.
R. Aun así hay una diferencia de nivel: cuando un sistema produce una presidencia como la de Trump es que algo se ha estropeado. Europa tiene más clases medias y menos desigualdad que Estados Unidos. Y sí, hay un incremento palpable de la inseguridad y la ansiedad económica entre las clases medias y bajas, combinada con una precarización en el mercado laboral. La combinación de austeridad con los efectos nocivos del sistema de globalización que estamos dejando atrás han sido el caldo de cultivo en el que han emergido los populismos, en un continente que los sufrió mucho hace 100 años. Pero Estados Unidos ha ido aún más lejos: ha llegado hasta Trump. En parte porque un sistema presidencialista como el de mi país facilita esas dinámicas. En los sistemas políticos europeos, por la necesidad de forjar coaliciones, es más difícil que se den esos hiperliderazgos fuertes de raíz populista, tan peligrosos. Pero el riesgo también es evidente en Europa: de ahí que defienda que el acento se ponga en la creación de empleos de calidad en el sector servicios. Eso no está en la agenda europea. Bruselas se ha centrado en el pacto verde, en la revolución digital, en la IA. Con una política industrial a la defensiva, para no perder más peso en la producción de manufacturas. La UE debería hacer una transición intelectual con esa mirada en el largo plazo.
P. ¿Qué papel va a jugar China en medio de la lucha por la hegemonía mundial, y que a la vez presiona a Europa con su exceso de capacidad productiva?
R. En el nuevo orden en el que nos adentramos, China también tiene que asumir responsabilidades. Ese superávit comercial tan abultado genera desequilibrios globales. No me gusta el énfasis europeo y trumpista en el exceso de capacidad de los chinos, porque los bajos precios han sido una bendición en sectores como las energías renovables. Entiendo la preocupación de Europa por los cuellos de botella en las cadenas de suministro, como hemos visto con las tierras raras o los semiconductores. Pero el proteccionismo puede ofrecer solamente un escudo temporal. Europa hace bien protegiéndose, pero tiene que centrarse en las áreas en las que pueda crear más empleos de calidad. Y esas áreas, repito, se encuentran básicamente en el sector servicios.
P. Ben Bernanke y Mervyn King, tras la Gran Recesión, admitieron el fracaso de las ideas económicas preponderantes en los últimos tiempos. Usted fue aún más lejos y dijo en un libro que los economistas son “los idiotas sabios de las ciencias sociales”. ¿Han aprendido algo los economistas de los últimos castañazos?
R. Creo que el estado de la profesión es hoy mucho más saludable que hace 10, 20 años. Hubo una época en la que los críticos de la hiperglobalización, quienes señalábamos el empacho de adoctrinamiento relacionado con los mercados eficientes y las expectativas racionales de Eugene Fama y Bob Lucas, éramos acusados de rebeldes o de renegados. El problema que veo a día de hoy no son los economistas y su proverbial adoración por los mercados supuestamente perfectos: son los líderes políticos y su tendencia al populismo. Ese es el peligro.
P. ¿Cómo ve España en todo ese marasmo? La economía española crece cerca del 3%, el doble que la media europea. El empleo está en máximos, apoyado por la migración y los bajos costes energéticos. A la vez el Gobierno tiene una mayoría frágil, pero se las ha arreglado para presentar un discurso de política exterior bien armado.
R. España es hoy una inspiración desde el punto de vista puramente democrático, con esa combinación de crecimiento, políticas a favor de la migración y una posición tan rotunda sobre Gaza, sobre Irán, sobre Trump. Creo que es más criticable su papel con respecto a Ucrania: debería ser más solidaria en el frente estratégico contra Rusia, Europa se juega mucho en esa guerra. En lo económico, la capacidad de absorción de migrantes es espectacular, pero creo que la economía española debe hacer más para mejorar sus métricas de productividad. Y sobre las críticas a Trump repito que en mi opinión está en el lado correcto de la historia: ojalá otros se sumen a la posición de Sánchez.