domingo, 28 de noviembre de 2021

Exportaciones no tradicionales: tienen futuro

 


Exportaciones no tradicionales: tienen futuro

Hoy la preocupación de los decisores estatales debe estar centrada en la necesidad de la diversificación económica venezolana.-


 

JESÚS E. MAZZEI ALFONZO

25/11/2021 05:00 am







El tema de la diversificación de la economía, comercio exterior, y las exportaciones no tradicionales es para mí un tema apasionante, primero, por la influencia intelectual que recibí del Dr. Régulo Campo Martínez, mí tío, uno de los fundadores de AVEX y de las lecturas que también realicé, de la obra de Alberto Adriani Mazzei, que me inculcaron desde muy joven el interés por estos temas: la diversificación de la economía, creación de un aparato productivo multiproductor.

Ahora bien, luego de leer el 17 de este mes al Presidente de AVEX, al Dr. Ramón Goyo, evidencian cifras que muestran un cauto optimismo, un incremento del sólo 30% en relación año 2020 y al final del año un monto de 1.800 millones producto no de una clara y coherente política de exportaciones no tradicionales, sino del riesgo y empoderamiento de los empresarios, que a diferencia de finales de los años 90, cuando tuvimos cifras de exportaciones no tradicionales de 7.200 millones de dólares en el gobierno del Presidente Caldera, me convenzo aún más en ese sentido, de lo estratégico del tema y de contar con una sólida política pública para ese sector, de la cual se ha adolecido en los últimos años y que se ha actuado en forma incoherente y espasmódica.

Por lo demás, me sirvió de estímulo sobre el tema el estudiar postgrados en comercio exterior y economía internacional, donde la interrelación y conocimiento, a través de la docencia de entre otros brillantes maestros como: D.F Maza Zavala, Oswaldo Padrón Amare, Domingo Maza Franki, Maxim Ross, Guillermo Márquez, Eduardo Ortiz R, Manuel Garaicoechea, Ramón Peña, Carlos Guerón, Omar Bello, Diego Luís Castellanos, Simón Molina Duarte, Luisa Romero entre otros y además, de la lectura del pionero Informe Meir Merhav, del año 1973, concluí en lo importante de las exportaciones no tradicionales como motor diversificador de la economía nacional.

Hoy la preocupación de los decisores estatales debe estar centrada en la necesidad de la diversificación económica venezolana, luego que la sociedad, el mercado, la economía y la política, pasan por la peor crisis estructural-sistémica del país (pérdida en los últimos años 8 años del 80% PIB, gran endeudamiento, inflación imparable, recesión, en síntesis un cuadro depresivo de la economía venezolana).

Siguiendo a uno de mis más destacados maestros de ciencia política, el Dr. Humberto Njaim, definimos a una política pública "…es un determinado sector persigue el propósito de creación de las condiciones para que se produzca una determinada situación o se despliegue y desarrolle una determinada actividad…". Como se puede observar primero es una actividad efectuada por el Estado y es un curso de acción ante determinada problema que se persigue resolver en la interacción pública-privada. El enfoque no solo se limita a un aspecto administrativo sino a los avatares de la política, al juego entre actores, a su interacción estratégica.

Por otra parte, la Venezuela desde mediados de los años 60, en adelante trabajo en esa ruta en forma coherente y coordinada. Por una parte, la fundación de AVEX y la necesidad de crear conciencia exportadora que ayudará a diversificar la economía nacional y finales de esa década, más concretamente en 1968, lo que significo la exposición flotante hacia el Caribe y los trabajos pioneros de Carlos D’Ascoli y luego, a partir de los años 70, de la creación del ICE, la promulgación de la Ley de Incentivos a las Exportaciones y la creación del Fondo Financiamiento para el Fomento de las Exportaciones, El seguro a las Exportaciones, todo en el primer gobierno del Dr. Rafael Caldera ( no temo a equivocarme al afirmar el Jefe de Estado que más ha apoyado y hecho, por este sector en los últimos 50 años), crearon la base institucional y de modernización, con visión de futuro, para incentivar el comercio exterior venezolano que poco a poco fue aumentando las exportaciones hasta que a mediados de los 90, cuando se fusiona el ICE con el Ministerio de Fomento y se crea el Ministro de Industria y Comercio y el Banco de Comercio exterior, que fortalecerá aun más el andamiaje institucional del sector. Venezuela, llegó a exportar a finales del año 1998 a un monto repito de 7.200, representando para aquel entonces el 25% de las exportaciones totales del país.

El promedio de los últimos años es de acuerdo a las cifras de AVEX…” de las exportaciones no tradicionales de Venezuela se situó en casi 5 millardos de dólares durante los últimos 15 años. “…Desde 2013 se ha producido un estancamiento estructural en las ventas foráneas y no se han superado los 2,5 millardos de dólares”, aseguró hace uno años el Dr. Ramón Goyo, presidente de la Asociación Venezolana de Exportadores…”. Y con la pandemia del COVID-19, el cuadro es aún más alarmante La Asociación Venezolana de Exportadores (Avex) advirtió hace unos meses que se podrían reducir las ventas del sector exportador privado entre 15% y 20% al cierre de este año por causa de la paralización del país a propósito del confinamiento por Covid-19 y la escasez de combustible. Y más adelante la guinda de la torta puesta estos años… “

Cifras de hace más de 40 años. Estas cifras hay que revertirlas y buscar como un objetivo estratégico exportar más de 10.000 millones de dólares en los próximos años como meta. Esto ameritará una coherente política aduanal, de transporte, aranceles, de servicios estatales en general, que atiendan al sector en forma eficiente y coordinada, en lo que se quiere lograr: estimular las exportaciones no tradicionales y diversificar el aparato económico nacional. El comercio exterior genera divisas, puestos de trabajo, genera una estructura económica más sólida que hace que una economía se diversifique. Es hora de tomar audaces decisiones para ir a una sinergia pública-privada y contar con un potente sector externo no petrolero. 

 

jesusmazzei@gmail.com

 

jueves, 25 de noviembre de 2021

ELECCIONES 2021: A PARTIR DEL 21 DE NOVIEMBRE, TODOS SEGUIRÁN HACIENDO LO MISMO.

 

ELECCIONES 2021: A PARTIR DEL 21 DE NOVIEMBRE, TODOS SEGUIRÁN HACIENDO LO MISMO.

EDUARDO ORTIZ RAMIREZ

 


Mirando la oposición, varios seguirán en el ficticio gobierno interino, y el cual, ha permitido a ciertos personajes disfrutar los dineros del Estado, entre otras cosas. Otros, líderes en campañas, elecciones, trifulcas y estrategias en salir de una administración de más de 22 años, pasarán a evaluar por qué no se ha logrado derrotar a aquella. Primarias, intereses personales, caprichos de llegar a un cargo o alacranes, todas serán explicaciones que no evitarán que vuelvan a hacer lo mismo. En tal sentido, demasiado poética la expresión de buscar una elección de nuevos líderes.

Las sociedades parecieran necesitar grandes revueltas culturales y políticas, para que puedan surgir nuevos líderes. Solo en esos casos, podrá darse rienda suelta al sentimiento de alegría de “se fueron todos”. Y es que todos tienen que irse. Por descontado se da la Administración Bolivariana. En este caso nos referimos a quienes lideran su oposición.

¿Eran acaso necesario 22 años para que tres gobernaciones (al menos hasta ahora tres) fueran conseguidas por los especímenes de la política que las ganaron? ¿Eran necesarios tantos años (equivalentes a una generación) para que algún personajillo dijera que hay que sentarse a evaluar lo hecho, lo no hecho y la necesaria unión para poder triunfar? Ese lujo se lo puede dar un gobierno y una revolución fracasada que hoy afirma, en la expresión de alguno de sus voceros que hay que corregir la manera de gobernar (¿se irán a corregir las ideas de base y las acciones mil veces repetidas?) pero no quienes se adjudican los valores y el puesto de actuar contra un gobierno, incluso usando los propios dineros del Estado.

Vendrán nuevas reuniones tipo México, que, sin mucho adivinar, terminarán en nuevos vacilones y turismo de “negociadores”. Del lado de los ganadores de puestos, vendrán los coqueteos con la administración bolivariana. De veras pudiera ponerse esperanzas en algunos de los alcaldes electos, para que con un sentido operativo pudieran demostrar eficiencia en sus gestiones y allí pudieran, en algunos casos, presentarse bases para nuevos cuadros administrativos. Pero en los más visibles, individualistas acérrimos, tramposos, corruptos, alacranes o en los busca puestos de aquellos que no esperan castigos en el voto, porque no estamos en alcaldías, distritos o comunidades europeas, en esos no habrá esperanzas.

La responsabilidad de los resultados es de todos. De un pueblo rentista acostumbrado al populismo y a vivir del Estado, en sus componentes ricos o pobres; de políticos hechos para nunca pensar en abandonar la lucha política y el poder, algo así como que a los políticos venezolanos no se les despide (pasa también en otros países latinoamericanos pero no en el mundo anglosajón tal cual se indicó); de un gobierno que ha generado esperanzas en la anomia a fuerza de frustraciones y que no le da vergüenza sacar 3 y ½ millones de votos, observándose una curva claramente descendente.

La abstención pasó a ser así la gran victoriosa y es que no votar es también una opción, cuando siempre se presenta la perspectiva ganadora del menos malo. Si el que no vota tiene corresponsabilidad, el que vota también la tiene. Tantas balandronadas tiene el escenario político venezolano que ya varios quieren recularse en la migración como determinante en la abstención (alrededor de 60%[1]).

Es así como Venezuela, en este campo de la política, como en el de la economía, vive de ilusiones que llevan tarde o temprano a un gran desengaño. Ya los veremos pues, el año que viene y los siguientes, haciendo lo mismo: nos referimos a la oposición pues del lado de la Administración Bolivariana ya sabemos lo que es.

 

25 de noviembre

@eortizramirez

eortizramirez@gmail.com

 



[1] Un visitante/simpatizante de esos que vienen a congraciarse con la Administración Bolivariana decía que eso era normal, y no es cierto. Cuando en algunos países como Colombia se acercó al 70% en décadas pasadas, ya había una profunda crisis.

miércoles, 24 de noviembre de 2021

Reflexionando sobre Glasgow

 

Reflexionando sobre Glasgow, 

por Félix Arellano




Reflexionando sobre Glasgow
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Ha concluido recientemente la 26 reunión de la Conferencia de las Partes sobre el Cambio Climático (COP26), que tuvo lugar en la ciudad de Glasgow en Escocia; por lo tanto, ahora hablamos del Acuerdo de Glasgow, que está generando interesantes reflexiones y muy diversas lecturas, varias de ellas cargadas de escepticismo y desconfianza, situación inevitable, pues nos encontramos frente a un tema muy complejo y con grandes expectativas de los grupos ambientalistas.

En esta oportunidad, nuestra lectura es limitada y se concentra en aspectos políticos, resaltando avances, en particular aquellos pequeños, quizás intangibles, pero significativos para generar las condiciones que permitan avanzar en los cambios que se requieren en beneficio de nuestro ecosistema.

Veamos algunos aspectos que parecen elementales, pero son relevantes. Se ha mantenido del ritmo de las reuniones, desarrollado sistemáticamente 26 conferencias; en ese proceso, el número de gobiernos participantes no ha disminuido, la agenda se ha fortalecido y el tratamiento de los temas se ha profundizado; los compromisos siempre son mayores y más exigentes, tanto para los gobiernos, como para la sociedad en su conjunto.

Sobre aspectos técnicos cabe destacar que, en los resultados de la reunión de Glasgow encontramos avances, por ejemplo, se ha reconocido claramente los efectos del carbón como energía sucia; empero, poderosos intereses, particularmente de China e India, han impedido adoptar compromisos más categóricos. Ahora bien, no obstante, la complejidad y lentitud de la dinámica multilateral, la COP avanza en la identificación de los problemas, los factores determinantes, los obstáculos y la formulación de propuestas técnicas para la solución.

El riguroso y sistemático trabajo de la COP y toda la maquinaria técnica que ha generado de académicos, investigadores, gremios y ONG están realizando aportes desde diversos ángulos: trabajando en los diagnósticos, promoviendo propuestas, generando conciencia, formando recursos, colaborando en la aplicación de las acciones, controlando el cumplimiento de los compromisos, denunciando las irregularidades.

La COP ha estimulado la conformación de toda una red de instituciones y personas concentradas en la búsqueda de soluciones, que crece y se multiplica a escala mundial.

Otro elemento interesante tiene que ver con la capacidad creativa e innovadora que está caracterizando la negociación, particularmente, en la conformación de los incentivos para promover conductas responsables en los diversos actores involucrados en el tema: gobiernos, empresas y la sociedad; entre otros, a los fines de reducir y progresivamente eliminar la emisión de los gases de efecto invernadero o desarrollar mecanismos eficientes de absorción de tales gases.

La COP ha estimulado la incorporación de creativos mecanismos del ámbito financiero (bonos de carbono), y de innovación técnica y tecnológica como recursos fundamentales para apoyar el logro de objetivos ambiciosos y complejos, tales como: eliminar las energías contaminantes (combustibles fósiles) o evitar el incremento de la temperatura del planeta. Paralelamente, la capacidad creativa de muchos investigadores y empresas está concentrada en la generación de técnicas y tecnologías sustentables para beneficio del ecosistema.

También debemos destacar que la COP ha logrado avanzar en la progresiva incorporación de la equidad en el proceso de negociaciones. La situación de los más débiles y vulnerables frente a las consecuencias del cambio climático, ha estado presente en la agenda y en los compromisos y, no obstante, las dificultades y resistencias, se van logrando avances.

En efecto, la declaración de Glasgow desarrolla ampliamente el tema del apoyo a los países más vulnerables, particularmente en el aporte de recursos técnicos y financieros.

Desde la perspectiva de las relaciones internacionales, conviene resaltar que el tema ecológico en general y, el cambio climático en particular, están contribuyendo a la transformación de los paradigmas vigentes. El monopolio y la primacía de los Estados se van diluyendo, no desaparecen, pero resultan cada día más limitados para poder enfrentar los desafíos que conlleva el mundo global.

Casos como el efecto invernadero, el deterioro de la capa de ozono o la propagación de nuevos virus o bacterias que amenazan a la humanidad; no encuentran solución cuidando las fronteras o imponiendo restricciones nacionales. Por otra parte, los nuevos temas, en particular la ecología, confirman que la ruta para la construcción de soluciones efectivas y eficientes, conlleva desarrollar el proceso de: diálogo, negociación y cooperación, sin exclusiones.

La pandemia del covid-19 nos está demostrando que la inmunidad de rebaño exige de la atención de la humanidad en su conjunto. Las burbujas de privilegiados no resultan eficientes. La construcción de soluciones globales exige de la participación, no solo de todos los gobiernos, también de múltiples sectores que forman parte de la sociedad civil, en particular de cada uno de nosotros como seres humanos, que nos enfrentamos con la urgencia de cambios de patrones sociales, conductas de consumo y de comportamiento individual.

Otro elemento de la dinámica ecológica que incide en los cambios de las relaciones internacionales, tiene que ver con el papel de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG), que se posicionan como un novedoso actor, cada día más activo y necesario. Representan un medio de acción de los ciudadanos en la intrincada dinámica de la interdependencia compleja que vivimos a escala global; permiten, entre otros, articular propuestas, ejercer presión tanto interna como global, promover iniciativas, apoyar el seguimiento y cumplimiento de los compromisos.

Entre los factores que estimulan el escepticismo frente a Glasgow destacan los dilemas entre los urgente y lo acordado y, entre lo acordado y su efectivo cumplimiento. Este último aspecto constituye un tema medular en las relaciones internacionales, que algunos estiman se puede supera con la adopción del carácter vinculante de los compromisos; es decir, el obligatorio cumplimiento de las normas, elemento importante en la dinámica del orden liberal internacional 2.0 (OLI 2.0).

Compartimos la conveniencia del OLI 2.0 para construir soluciones globales más dinámicas y eficientes; empero, debemos reconocer que la realidad se presenta contradictoria frente a la efectividad del carácter vinculante de las normas, que no garantiza el pleno cumplimiento de los acuerdos. Tampoco la existencia de sanciones, un tema sensible en la dinámica internacional, donde los Estados, muchos de ellos con una visión rígida de la soberanía, rechazan la existencia de controles, limitaciones y peor aún sanciones provenientes del contexto internacional.

Los casos de la integración económica y la Organización Mundial del Comercio (OMC) ilustran cómo las reglas vinculantes y la existencia de sanciones no resuelven plenamente la debilidad de la normativa internacional, ni garantizan el pleno cumplimiento. En esencia, nos enfrentamos con el ambiguo y manipulable concepto de la voluntad política; si los gobiernos no están dispuestos y los incentivos no resultan atractivos, el incumplimiento se impone.

Un punto de quiebre frente a la irresponsabilidad de los gobiernos lo puede representar la sociedad civil, que puede estimular el cumplimiento de la agenda ecológica desde la base, pero eso es posible en sociedades libres y democráticas.

En este sentido la ecología está estimulando la conformación de una dinámica novedosa, donde la población, que progresivamente adquiere consciencia de los problemas, desarrolla los esfuerzos para asumir los cambios de conducta que exigen las circunstancias que está enfrentando el planeta.

Pero no todo es tan sencillo y los obstáculos frente a los temas ecológicos son enormes, entre otros, los gobiernos anclados en la rígida visión de la soberanía; las corporaciones concentradas en maximizar beneficios, sin mayor interés por la sensibilidad social y ecológica; nosotros los ciudadanos como consumidores con patrones depredadores de la naturaleza y, una nueva resistencia va creciendo y penetra la política, los negacionistas quienes, por desconocimiento, convicción o intereses, rechazan las evidencias de la amenaza ecológica que estamos enfrentando, no solo por el cambio climático.

El panorama es dramático; empero, cuando observamos la creciente participación de la juventud en la gran mayoría de los países, luchando por las transformaciones en múltiples ámbitos, incluyendo la ecología; encontramos razones para tener esperanzas. Sin diferencias de ningún tipo, resulta fundamental formarnos en valores de convivencia y respeto, tanto de la dignidad humana, como del ecosistema.

Como dirían nuestros aborígenes: la madre tierra requiere ser tratada como amor y respeto; en consecuencia, los gobiernos, las empresas, los negocios, la competitividad, pero también el consumo individual; deben avanzar en la aceptación y aplicación del cambio de paradigma, por una vida ecológicamente respetuosa del sistema en su conjunto.

Félix Arellano es internacionalista y Doctor en Ciencias Políticas-UCV.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

domingo, 21 de noviembre de 2021

Del gobernante y gobernar

 


Del gobernante y gobernar

El político en funciones de gobierno debe tener pues, iniciativa estratégica, pero con un sentido de las proporciones


 

JESÚS E. MAZZEI ALFONZO

18/11/2021 05:00 am




                El gobernante de una nación tiene el inmenso reto de gobernar no solo para una parcela del país, sino para todo un país. La cabeza del Estado, debe tomar decisiones, interactuar con los ministros, en fin, con un entramado extenso de altos representantes de la administración pública, dignatarios extranjeros y conducir al estado en tiempos de incertidumbre y complejidad como los tiempos actuales perturbados por la pandemia y sus consecuencias multisectoriales, que abracan todos los aspectos de la vida humana, amén de la aceleración de los cambios tecnológicos en la robótica, big data, inteligencia artificial y en el entorno interno; entre otros: recibir cuenta de ministros, llevar a cabo reuniones de Consejo de Ministros, conducción y negociación al interno de la sociedad, con ponderación, son a mí manera de ver los elementos complejos de entender y comprender, del reflexionar y actuar para gobernar.

Sobre estos aspectos y otros, ha sido históricamente unos de los retos del estudio y reflexión de la teoría política en nuestro campo los últimos 30 años. El tema del buen gobernante o del ejercicio del Gobierno, abarcar dos aspectos: el político y el administrativo. El político, porque abarca el ámbito de toma de decisiones y el administrativo, porque va hacia la realización de propuestas, programas y planes de acción. Implica, además, la conducción y coordinación horizontal y vertical de las diferentes acciones de gobierno. Debe tener un adecuado asesoramiento las reflexiones para actuar y tomar decisiones. El político en funciones de gobernante es un hombre de acción, y por ello, requiere de adecuados instrumentos conceptuales para una mejor comprensión de los fenómenos políticos, debe tener una visión y perspectiva amplia de las cosas sobre las cuales se gobierna.

El buen gobernante debe al menos cumplir con estas premisas para llevar a feliz término una gestión gubernamental que son a saber: identificar los problemas en forma adecuada. Tratar de darles un orden de prioridad en forma oportuna lo que se une a un claro sentido de propósito. Luego determinar cuáles ameritan tratamiento inmediato y en forma eficaz y eficiente. Hay otras tres condiciones importantes que se une a sus cualidades cualitativas, por otra parte, saber cuándo disminuir las tensiones y procesos conflictuales de la sociedad que gobierna. Darle estabilidad a su equipo de gobierno y proporcionar un sentido dialogante con sus adversarios. Lo ideal es tener sociedades políticas, con conflictos no existenciales, sino de carácter agonal, no suma cero.

 

Se requiere, pues, a la hora de gobernar tacto político y un talento excepcional y no un simple operador político, capacidad de comunicación, persuasión y un timing especial, ver el margen de maniobra que dan las decisiones, para llevar cabo no solamente las tareas normales del día a día de gobierno, sino igualmente, negociar, conversar con los diversos actores con los que se convive y la posible influencia del entorno internacional que también repercute, porque hoy en día hay una porosidad manifiesta entre el ambiente interno y el externo. Por eso, las labores del gobernante deben converger y no diverger, deben engranarse, para mejorar las decisiones que al final de cuentas van al seno de las sociedades democráticas. Se trata armonizar más que el conflicto permanente, sino el dilema o las opciones entre decisiones democráticas a escala de cada nación y decisiones tecnocráticas a escala supranacional. El arte de dirigir y decidir, en un gobernante se basa en ocasiones en un cálculo muchas veces basado, en forma racional, incremental o burocrático de los costos y beneficios y el ejercicio, del equilibrio de una decisión sobre políticas públicas.

El político en funciones de gobierno debe conocer cuál es el margen y repito, el timing de maniobra que tiene para tomar decisiones. En las democracias gobernar se hace más intricado porque se debe gobernar bajo varias premisas como consulta, cooperación, negociación y coordinación, lograr que estas herramientas se utilicen armónicamente, en forma adecuada, requiere de conocimiento, pericia y sentido de Estado.

En este sentido, la interacción entre los agentes políticos (partidos, sindicatos grupos de interés y de presión, líderes, etcétera) y las decisiones de política es el objeto central de la teoría política contemporánea y el diseño de políticas públicas es uno de sus desafíos En esta interacción, las expectativas racionales de los agentes juegan un papel esencial en la acción política, lo cual debe tomarse en cuenta. La relación dialéctica entre sociedad política y civil, es un elemento que debe tomar en cuenta en quien ejerce funciones de gobierno, para ello se requiere una dosis amplia de conocimiento de la cultura, historia e idiosincrasia del país donde se gobierna. No es un problema que se arregla con buena gerencia, porque gobernar es esencialmente un problema político.

Por consiguiente, se entra en el dilema ¿es la política la fuente de las políticas públicas? o por el contrario ¿las políticas públicas hacen la política? Estamos en pleno desarrollo de una sociedad del conocimiento, que viene de una sociedad de la organización, donde lo fundamental es la programación y el planeamiento y muchas veces en la política se dan dos posibles vías de acción, según el cual las políticas públicas no pueden ser sino el resultado y la ejecución de la decisión política es decir, el paradigma racional-secuencial o por el contrario pondrán el acento en la dimensión confrontativa-discontinua de las elaboración de las políticas ubicándolas como una de las arenas fundamentales en las que se libra la lucha política.


En suma, en la actividad política es difícil, pero el ejercicio del gobierno, del gobernar es más intricado, complejo, debido a que es optar entre opciones, es saber qué se quiere, saber qué se puede y qué no se puede hacer, saber cuándo hay que hacerlo y finalmente, cómo hay que hacerlo, y en sociedades postindustrales de carácter democrático, es más complicado, por los diversos intereses a incluir y satisfacer y sobre todo en un mundo donde lo interno y externo se vuelve más poroso, como consecuencia de la globalización. El político en funciones de gobierno debe tener pues, iniciativa estratégica, pero con un sentido de las proporciones.



jesusmazzei@gmail.com 

 

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Radicalismo en ascenso

 

Radicalismo en ascenso, 

por Félix Arellano






Radicalismo en ascenso
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Vivimos tiempos de radicalismos a escala mundial y en nuestra región se aprecia con especial intensidad, generando serias consecuencias en términos de estabilidad política, convivencia ciudadana, crecimiento económico y bienestar social. La gran mayoría de países latinoamericanos están enfrentando la conformación de una atmosfera política caracterizada por fuertes tensiones, donde se están imponiendo las visiones y agendas extremas, desplazando las posiciones de centro, pero también la prudencia, el diálogo y la concertación política.

En este contexto, la gran mayoría de los cuerpos legislativos en la región se están transformando en los espacios de enfrentamiento, “el ring de boxeo”, concentrándose en debates permanentes de narrativas y malabarismo jurídicos, que desgastan y deterioran a la institución; toda vez que paralizan el cumplimiento de sus funciones fundamentales, como órgano de formulación de las normas, supervisión y control de la gestión gubernamental. Adicionalmente, van perdiendo su capacidad de representación y generación de soluciones a los problemas del país.

El nivel de la diatriba se presenta como un juego suma cero, que paraliza la institución y todos pierden, en particular los sectores más vulnerables de la sociedad, que sufren las consecuencias del aislamiento de los políticos; concentrados en su mayoría en las agendas personales y luchas estériles, sin dedicar la atención necesaria a las necesidades de sus electores a quienes básicamente reconocen durante los procesos electorales.

Los radicalismos que avanzan en la región se caracterizan, entre otros, por desarrollar narrativas cargadas de pasión y fanatismo; donde la racionalidad y el fin básico de la política, que supone estar al servicio de la sociedad, se desvanecen; sustituidos, por un acentuado nacionalismo, xenofobia y exclusión; adicionalmente, con propuestas fantasiosas de progreso y cambio, carentes de viabilidad, que chocan con las realidades de la interdependencia que vivimos a escala mundial.

Las perspectivas tanto de la región en su conjunto, como de la mayoría de países, se presentan poco alentadoras. El radicalismo está ocasionando, entre otros, la pérdida de oportunidades. Países paralizados por gobiernos y políticos concentrados en enfrentamientos maniqueístas y anacrónicos. Reproduciendo viejos debates ideológicos que no resuelven los problemas y crean nuevos, en particular el aislamiento de la política y los políticos frente a la realidad social.

El deterioro y debilitamiento de la institucionalidad democrática constituyen otras de las negativas consecuencias de los radicalismos que nos acechan. Crece la desconfianza y el rechazo contra los partidos, los políticos, pero también, contra las instituciones democráticas.

La geopolítica del autoritarismo aprovecha las debilidades de la democracia en la región para impulsar sus proyectos expansivos de liderazgo y hegemonía globales, manipulando sus políticas de apoyo, asistencia y cooperación; pero también promoviendo un discurso que busca resaltar las supuestas bondades del autoritarismo para generar orden y progreso.

Sobre las estrategias del autoritarismo debemos estar atentos y enfrentar con hechos concretos, resaltando que el orden que pregonan se sostiene bajo las prácticas de represión y sistemática violación de los derechos humanos y, en lo que al progreso respecta, se transforma en burbujas de privilegiados, sustentadas en políticas clientelares y discrecionales, sin mayor estabilidad jurídica, promovidas para beneficiar a los amigos del poder.

Los sectores vulnerables, que enfrentan condiciones históricas y estructurales adversas, –ahora agravadas por los perversos efectos de la pandemia del covid-19– se convierten en presas fáciles de los movimientos populistas y radicales y sus falsas propuestas, con fantasiosas y faraónicas transformaciones, algunas de ellas cargadas de violencia, pero en esencia de muy dudosa aplicación práctica, que terminan agravando la pobreza, un objetivo estratégico a los fines de lograr un mayor control social.

El radicalismo con sus falsas promesas estimula el voto y, por tanto, aprovecha las bondades de la democracia para llegar al poder, lo que le confiere legitimidad de origen; empero, en el ejercicio de gobierno desarrollan un libreto autoritario es decir, el desmantelamiento de la institucionalidad democrática y la conformación de una dinámica que tiende a consolidarse con el uso de la represión.

Para extinguir los equilibrios y contrapesos institucionales que deben caracterizar a la democracia, los radicalismos avanzan en el control y debilitamiento de instituciones fundamentales, como los medios de comunicación, la academia; pero también, las fuerzas militares que van cooptando con beneficios y presión.

A los fines de incrementar el control social y dar señales de cohesión, el nacionalismo y la constante creación de un enemigo, una invasión o un magnicidio son recursos manipulados con tal intensidad, que van perdiendo sentido, Son parte de un libreto vacío que, al resultar ineficiente, abre camino a una mayor represión como alternativa para silenciar la crítica y la presión interna.

La polarización de la sociedad representa otro recurso fundamental para fortalecer la estrategia del poder, fragmentar la organización social en sus diversas expresiones: sindicatos, gremios, academia, iglesias y, en particular, movimientos y partidos políticos. El radicalismo desde el poder hace suya la estrategia de “dividir para vencer”. La exclusión y progresiva destrucción política del contrario, de los críticos; sometidos a la descalificación, la persecución y la violación de sus derechos fundamentales.

Las expresiones del radicalismo que hemos mencionado, con diverso grado de intensidad, se hacen presente en la vida política de la mayoría de los países de la región, el inventario puede resultar largo, pero conviene destacar algunos casos relevantes. En Brasil crece la polarización de la sociedad en dos proyectos radicales que poco tienen que aportar para la efectiva solución de sus problemas nacionales y ambos insisten en manipular a la población promoviendo pasiones, divisiones y violencia.


Chile, hasta hace poco tiempo la Suiza política de la región, está enfrentando una fase de incertidumbres, radicalismo y violencia que no prometen buenos tiempos. En Argentina, la tradicional ambigüedad de las diversas expresiones del peronismo, está abriendo paso a radicalismos polarizantes, incluso se espera que, en las elecciones parlamentarias, surja en la escena política, en particular en el Congreso, una representación de la ultraderecha.

Perú, que ha vivido en los últimos años una marcada inestabilidad política, particularmente visible en el poder legislativo, pero manteniendo una burbuja relativamente estable y prospera en el ámbito económico, el radicalismo que se proyecta, luego que en las pasadas elecciones nacionales, donde participaron 18 candidatos, los partidos más radicales lograron la mayor votación popular y el partido Perú Libre, con su doctrina anacrónica y manipuladora, logró finalmente la victoria; situación que está exacerbando las tensiones políticas y amenaza con destruir la burbuja económica.

Ecuador, que inicialmente se presentaba como una interesante excepción, en la medida que Guillermo Lasso asumió en la fase final de su campaña electoral una posición de centro más equilibrada que resultó exitosa, en los últimos días está radicalizando su posición, perdiendo aliados y estimulando el enfrentamiento con el correísmo que activa su capacidad de manipulación y oposición obstruccionista.

En Colombia el actual debate político, con miras a la definición de candidaturas para las próximas elecciones nacionales, se presenta complejo e incierto y el radicalismo se posiciona en la agenda. Las recientes protestas han alimentado una atmosfera de cuestionamiento, sin mayores propuestas de soluciones viables y sustentables.

Por otra parte, se esperaba que el joven presidente de Bolivia, Luis Arce, se liberara del radical proyecto de Evo Morales, propiciando un gobierno de unidad y equilibrios, pero los hechos evidencian lo contrario, lo que está estimulando una creciente ola de protestas, con unos partidos que por sus divisiones pierden espacios y liderazgo.

Todo pareciera indicar que el presidente Arce de Bolivia, Andrés López Obrador en México y Nayib Bukele de El Salvador están creando las condiciones para incorporar a sus países en la senda del radicalismo que tiene como principales exponentes los casos de Venezuela y Nicaragua.

Félix Arellano es internacionalista y Doctor en Ciencias Políticas-UCV.

lunes, 15 de noviembre de 2021

More than Economists

 https://www.project-syndicate.org/onpoint/veblen-keynes-hirschman-biographies-economics-outsiders-by-robert-skidelsky-2021-11

More than Economists

Nov 12, 2021ROBERT SKIDELSKY

While systematic thinkers close a subject, leaving their followers with “normal” science to fill up the learned journals, fertile ones open their disciplines to critical scrutiny, for which they rarely get credit. Three recent biographies show how this has been the fate of three great economists who were marginalized by their profession.

LONDON – There are two types of extraordinary economist. The first type includes pioneers of the field such as David Ricardo, William Stanley Jevons, and, in our own time, Robert Lucas. They all aimed to economize knowledge in order to explain the largest possible amount of behavior with the smallest possible number of variables.

The second category, which includes Thorstein Veblen, John Maynard Keynes, and Albert O. Hirschman, sought to broaden economic knowledge in order to understand motives and norms of behavior excluded by mainstream analysis but important in real life. The first type of economist is fiercely exclusive; the second has tried, largely in vain, to make economics more inclusive.

The first type of economist rather than the second has come to define the field, owing partly to the successful drive to professionalize the production of knowledge. Economics and other social sciences are heirs of the medieval guilds, each jealously preserving its chosen method of creating intellectual products. It also reflects the increasing difficulty in a secular age of developing moral content for the social sciences in general. We lack an agreed standpoint from outside “the science” by which to judge the value of human activity.

And yet Veblen, Keynes, and Hirschman are deservedly the subjects of three recent biographies. Following Richard Parker’s excellent 2005 life of John Kenneth Galbraith, these works help us understand how towering thinkers can be defined out of their discipline.

REBEL WITH (AND WITHOUT) A CAUSE

Charles Camic’s Veblen is a somewhat perplexing book, heavy on sociological theory and light on biographical insight. Camic is so keen to make Veblen a case study in the sociology of “knowledge production” that he misses the oddball character of Veblen’s genius.


Veblen’s life (he was born in 1857 and died 1929) spanned the shift in American capitalism from small-scale individual proprietorship to large agglomerations of concentrated power in agriculture, industry, and finance, accompanied by an explosion of consumption and severe fluctuations in business activity. The fluid state of economics in this era partly reflected these seismic social shifts. The discipline was divided into rival schools – cost of production battled subjective utility in theories of value; historical and institutional economics flourished. Veblen, says Camic, was an iconoclast not because he was an outsider, but because, in an “age of iconoclasm,” he was an insider. This is neat, but it hardly explains the unique character of Veblen’s iconoclasm or his failure to gain professional recognition.

 

The best place to start is Milwaukee. Veblen’s parents emigrated to the United States from Norway in 1847, owing to a shortage of land, and began to farm in Wisconsin. By the time Veblen was born, they owned a 200-acre (81-hectare) self-supporting farmstead. They were skilled craftspeople. His father built their house, and his mother made their clothes. Veblen was brought up in the Lutheran faith of hard work and frugality: nothing was wasted. There was a strong sense of community built on common worship, and a marked respect for “useful” knowledge – in contrast to the study of dead languages, which, Veblen would later write, merely served the “decorative ends of the leisure class.” Veblen’s crucial distinction between production and waste, and between virtuous and predatory capitalism, has its roots in his austere upbringing.

In the stylized picture of his youth that Veblen later reproduced in his work, the productive classes created wealth while the rich wasted it, and thus delayed the satisfaction of society’s real needs. This interpretation of the capitalist economy ran contrary to the classical and neoclassical economics of the day, which assumed efficient use of all available resources. It was to find incomparable expression in the two books for which Veblen is best known: The Theory of the Leisure Class (1899) and The Theory of Business Enterprise (1904).

WASTE AND WANT

In The Theory of the Leisure Class, Veblen aimed to develop a model of waste that would overturn the marginalist theory of distribution. According to Camic, this book made three surgical cuts in the corpus of marginalist economics. First, the value of products derives not from their marginal utility to individual consumers but from their social function as signifiers of wealth. Purchasers were engaged in a never-ending game of “invidious comparison,” involving everything from high-priced clothing and ornate dinnerware to exotic gardens and grotesque breeds of pets. “Conspicuous abstention […] from all useful employment” was a further mark of “superior pecuniary achievement,” expressed by men pursuing non-productive occupations like warfare, politics, and law and by women dressing in clothes that incapacitated them from “all useful exertion.”

Second, Veblen attacked the assumption of universally valid laws. This was a common position of Hirschman and Keynes as well, and, in the eyes of many, it marked all three as inferior scientists. According to Veblen, the leisure class was an institution that had developed in stages over many centuries in response to environmental challenges. Economics, he wrote, should be “a science of the evolution of economic institutions,” not the analysis of static equilibria. It was foolish to imagine “a gang of Aleutian Islanders slushing about in the wrack and the surf with rakes and magical incantations for the capture for shell-fish [...] to be engaged on a feat of hedonistic equilibration in rent, wages, and interest.”

Third, Veblen argued, the unproductive classes acquire the wealth they need to support their “conspicuous consumption” not by useful work, but by “predation.” One of his central contentions was that the so-called robber barons of America’s Gilded Age – the Carnegies, Vanderbilts, and Rockefellers – were direct descendants of the pillaging barbarian chiefs of ancient times. His theory of conspicuous consumption had a profound influence on sociological theory, as well as on his foremost North American heir, Galbraith, another economist who was more than an economist but regarded by his profession as less than one.

Veblen’s second book, The Theory of Business Enterprise, developed the predation theme further. As Camic shows, it reflected the controversies caused by the growth of large corporations in their various organizational forms, including cartels, trusts, and merged entities. Using the old Aristotelian distinction between “making things” and “making money,” Veblen highlighted the “industrial” activities of inventors, engineers, chemists and mineralogists, mining experts, electricians, and skilled mechanics, which were shaped by the “instinct for workmanship.” He contrasted these endeavors with the “pecuniary” activities of business managers and entrepreneurs, corporate promoters, speculators, bankers, stockbrokers, lawyers, and real estate agents, which were driven by love of money. These groups were not just intermediaries, as orthodox economists held, but “leeches” who sucked the blood of producers.

THE LONELY ICONOCLAST

This brings us to the Veblen problem: Why was the most original US economic mind of his era a professional failure? Veblen never got tenure: two prestigious universities, Chicago and Stanford, dismissed him for conducting extramarital affairs. He subsequently languished in a junior position at the then-backwater University of Missouri, before quitting academic life altogether and living on handouts and journalism until his death.

Previous studies of Veblen by Joseph Dorfman and Daniel Bell portray him as the archetypal outsider – an “academic floater,” in Bell’s description – unable to establish solid academic links with his profession. Camic, a sociology professor, rejects this interpretation. Veblen, he says, was a thoroughly professional economist who took advantage of an exceptionally fluid period in the discipline to win space for his “variations” on orthodox themes. But this hardly justifies the claim in the book’s title that Veblen upended economics, and does nothing to explain his failure to win academic recognition. Camic wants to have it both ways by portraying Veblen as someone who strayed from a system while denying that there existed a system to stray from.

To do biographical justice to Veblen would have required much more attention to his personal style and circumstances. Camic is almost blind to the connection between the originality of Veblen’s thought and his use of words. His satirical language both signaled and disguised his iconoclasm. This made it easy for economists to treat his thinking as decorative rather than analytical. Like Galbraith, another famously ironic economist, Veblen’s main influence was on non-economists. He was marginal to his own profession.

Camic dutifully records that owing to a “rare anatomical abnormality,” Veblen’s first wife “was unable to have sexual intercourse,” but refused to give him a divorce. This raises questions of mental health that Camic’s method of applied sociology is ill-attuned to answer. What is clear is that Veblen was regarded as something of a hick in the world of elite US universities, and this bred a resentment that sharpened his perceptions but made him a testy colleague. He hit back with a scathing 1918 attack on higher education, The Higher Learning in America, which he initially subtitled A Study in Total Depravity.

It is a sign of Camic’s idiosyncratic treatment of his subject that he makes only one fleeting mention of Veblen’s most important later work, The Engineers and the Price System (1921). Its concluding chapter, entitled “A Memorandum on a Practicable Soviet of Technicians,” points to a future in which managers and engineers combine into a “new class” of technicians, who will take over from the vested interests of both capital and labor to guide the progress of industrial evolution. The new class will become directors of society, ironing out its “frictions” just as engineers iron out frictions in the production of goods. Camic thus misses an opportunity to show how Veblen’s disgust with capitalist civilization led him not to Marx but to St. Simon, Comte, and Plato.

Veblen died just before the start of the Great Depression. That calamity opened a new chapter in the theory of waste, which we associate with Keynes. The waste that Keynes discerned was caused not by inefficient distribution of existing resources, but by insufficient utilization of potential resources – making it a problem of demand instead of supply.

THE OUTSIDER INSIDER

Unlike Veblen, Keynes was too important be expunged from the economics profession. He was not only central as a policymaker, but, like Adam Smith, offered a rare combination of intellectual fertility and conclusiveness. Neither Smith nor Keynes presented formal models, but bits of their work could readily be formalized. Ricardo did this for Smith, and John Hicks did it for Keynes. But beyond Keynes’s “income-determination” model lies a profusion of suggestive asides that leave his thoughts open-ended.

Nevertheless, although Keynes – unlike Veblen – really did upend economics (at least for a time), the profession has persistently tended to belittle him as an economist and narrow the importance of his contribution. He was not a “real” economist, it is said, because he failed to understand the idea of a “budget constraint.”

I prefer the description of Keynes by his wife, the Russian ballerina Lydia Lopokova, who called him “more than economist.” Keynes knew all about budget constraints. His essential contribution was to point out that unmanaged market economies normally operated well below full employment, thus calling for a “general theory” in which full employment is only one of a number of possible stable positions. Furthermore, these two types of equilibria called for two types of economic policy, one suitable for full employment and the other to address underemployment. A “full investment” policy required the government to supplement private investment sufficiently in a depression to achieve full employment.

These were novel and thrilling insights that current talk about the “natural rate of unemployment” and “V-shaped recoveries” from slumps has all but obliterated. What has remained is Keynes’s memorable, mordant phrasemaking, such as “in the long run, we are all dead,” “it is better for reputation to fail conventionally than to succeed unconventionally,” and “when statistics do not make sense, I find it generally wiser to prefer sense to statistics.”


Keynes is the subject of Zachary D. Carter’s The Price of Peace, a superb work of political economy by a young financial journalist and scholar. As its full title indicates, it is not primarily a biography, but rather a study of Keynes’s impact on three topics, of which only one, money, is directly connected with economics.

There is almost nothing in the book about Keynes’s family and upbringing. This is a shame, because they help explain his relative indifference to questions of distribution, something that Keynesians are loath to acknowledge. “Escape was possible for any man of capacity or character at all exceeding the average, into the middle and upper classes,” he wrote in 1919, reflecting on his own rise into the British establishment. Poverty was mainly caused by a stuttering economic system, not by a skewed distribution of wealth or opportunity.

Carter is right, though, to emphasize the influence of the conservative philosopher Edmund Burke, and his doctrine of prudence, on Keynes’s intellectual development. This, together with a “civil-service mind,” kept Keynes’s feet firmly planted in the real world. Like the Greek philosopher Thales, he could both gaze at the stars and make a killing in the wheat market.

ECONOMICS IN WAR AND PEACE

Although Keynes’s economic theory, unlike Veblen’s, was reducible to a model that could become the basis of policy, his purpose was nothing less than to save civilization in an age of economic depression and war. “Keynes,” Carter writes, “was a philosopher of war and peace, the last of the Enlightenment intellectuals who pursued political theory, economics, and ethics as a unified design.” This wider aspect of Keynes’s thinking was lost when his ideas crossed the Atlantic to become the “New Economics” practiced in the US from World War II until the 1970s.

The economics part of this story is well known. Whereas Keynes made “underemployment equilibrium” depend on inescapable uncertainty about the future, leading US Keynesians like Paul Samuelson made it depend on sticky wages and prices. This opened the door to stabilization policy while eliminating the heart of Keynes’s theory, which was mathematically intractable.

This so-called “neoclassical synthesis” started to unravel in the late 1960s, when the Keynesian framework came under attack for causing inflation, leaving neoclassical theory as the only basis for policy. That was the cue for the supply-siders, who aimed to unstick the sticky wages and prices through labor-market reforms. Market-achieved equilibrium could now be plausibly restated as a full-employment equilibrium, while independent central banks would stop governments from being careless with the money supply. Milton Friedman replaced Keynes, and monetarism replaced fiscal Keynesianism. None of this stopped the 2008 global financial crisis, following which governments briefly resurrected Keynesian policy to bail out insolvent banks.

In Carter’s account of this counter-revolution, Friedrich von Hayek rightly plays a larger role than he is generally credited with. Whereas Friedman was essentially an extremely clever technician, Hayek was the counter-revolution’s philosophic progenitor. It was Hayek who clung resolutely to the view of economics as being exclusively concerned with the study of scarcity. He didn’t believe it was possible to democratize the elite; power, too, was a scarce resource.

Something new to me in Carter’s book is the story of Hayek’s link with Harold Luhnow, a half-mad home-furnishings magnate from Kansas City. Hayek’s 1944 book The Road to Serfdom struck the furniture tycoon like a clap of thunder. He began dreaming of a world “in which clunky and corrupt apparatuses of government might be replaced by the genius and generosity of the wealthy.” Luhnow persuaded the University of Chicago to appoint Hayek as Professor of Social Thought, and paid his salary. He helped him found the Mont Pelerin Society, which became “the world’s preeminent right-wing intellectual organ.” As Carter notes, “Luhnow’s financing changed academia.”

MILITARY KEYNESIANISM

But there was something else. In his short 1930 essay Economic Possibilities for our Grandchildren, Keynes assumed that full-employment policy plus technical progress would go on long enough to bring abundance within reach of all, and thereby realize the ethical promise of the good life. In such a world, what would remain would be the social problem of wealth and income distribution.

It was this leap into the future that enables Carter to write that Keynes “reframed the central problem at the heart of economics as the alleviation of inequality, pivoting away from the demands of production and the incentives facing the rich and powerful.” In other words, once the production problem was overcome, we would be back to the problem posed by Veblen of how to prevent the waste of productive resources – not through unemployment, but by business predators and the idle rich.

This distant prospect was far from the center of Keynes’s concerns in the 1930s, and there was no explicit warrant in the General Theory for redistribution. So, those who had no desire for redistribution interpreted Keynes’s theory as a simple case of demand deficiency, to be cured by any kind of deficit spending. This opened the way to the capture of US Keynesianism by the military-industrial complex. Keynesian ideas “which had been developed explicitly to combat ‘militarism,’ became essential for the maintenance of a permanently militarized world,” Carter writes. “The idealized humanitarian aims of liberal imperialism that Keynes had admired as a young man were refitted for an era of US hegemony.” Massive military spending was a source of waste unimagined by Veblen, and ensured that scarcity, like the poor, would always be with us.

With capitalism’s triumph over communism after 1989, the rationale for military Keynesianism declined. But this did not lead to the rehabilitation of civil Keynesianism, because the intellectual battle had been lost. Carter ends his book with a devastating critique of US President Bill Clinton’s administration, which, at every opportunity, “transferred power from the government to the financial markets,” building financial boom and bust into the system. “The economic problem for humanity,” he writes, “is no longer a problem of production but of distribution-inequality.”

How to solve this problem remains a mystery. Keynes had always tried to steer a middle way between reform and revolution, preservation and disruption. But “perhaps the type of social change [Keynes] envisioned,” Carter concludes gloomily, “can be achieved only through revolution [...] The greatest American victories for democracy and equality [...] came at the end of a gun.”

THE WANDERER

With Hirschman, the scenery shifts from the traumas of developed countries to those of economic development. Although neither Veblen nor Keynes gave much thought to the world’s poor and backward regions, development economics drew inspiration from both. From Veblen came the distinction between productive and wasteful activity and the need to transfer resources from the latter to the former. Keynes’s idea of “underemployment” in industrial countries was turned into the idea of “disguised unemployment” in agricultural economies. As the late Canadian economist Harry Johnson put it: “the notion that there exist masses of ‘disguised unemployed’ people leads easily to the idea that ‘development’ involves merely the mobilization and transfer of these presumably costless productive resources into economic activities.”


Hirschman rejected such “big push” theories of development in favor of micro-schemes that would serve as learning platforms. Jeremy Adelman’s Worldly Philosopher is a superb biography of an elusive thinker who was both less and more than an economist. Hirschman was less than an economist because he never formally trained as one. But he was also more because his thinking overflowed the boundaries set by the formal sciences, while his mordant wit mocked their scientific pretensions.

Adelman, a historian at Princeton University, is attentive to how Hirschman’s German-Jewish background influenced his character and thought. In 1933, with Hitler having recently come to power, the 17-year-old Hirschman left his family in Germany and became a lifelong wanderer. “With [his] charm,” writes Adelman, “came a remarkable skill in deflecting personal difficulties and avoiding trouble.” Hirschman became a master of concealment and reinvention, and drew from his own history a Kafkaesque sense of being caught in the vises of an insane system that insisted on its rationality.

Hirschman’s most famous book, Exit, Voice, and Loyalty (1970), reflected the tensions in his own life “between leaving, fighting, and accepting.” One might add that no thinker of German origin can altogether escape the influence of dialectical reasoning, from which Anglo-American social science is exempt. For Hirschman, economic outcomes were the result of contradictions between politics and economics. He came to see the treatment of political relations as the “intrusive” bane of development economics.

DARING TO FAIL

Hirschman wanted to create a “social economics” rooted in time, contingency, politics, and institutions – a hopeless undertaking that would have abolished the discipline. Works like Exit, Voice, and Loyalty and The Passions and the Interests: Political Arguments for Capitalism Before its Triumph (1977) are classics of social thought, but have had little impact on the profession. As Adelman says, “what made Hirschman so influential beyond his discipline, speaking as an economist to social scientists, is what deprived him of all influence within it.”

Thus, Hirschman was “marginal” to Columbia University, and his Harvard University tenure was a “curio.” Like Veblen, he was a “catastrophically bad teacher,” escaping from the chore with foundation grants. Hirschman is not mentioned in Samuelson’s Economics (nine editions), nor in David Begg, Stanley Fischer, and Rüdiger Dornbusch’s Economics (five editions), and he is left out of the Oxford Dictionary of Economics. (Veblen fares little better.)

Hirschman’s work as a development economist challenged the hubris of experts from the World Bank and other institutions who descended from the sky with briefcases full of plans for abolishing poverty. He parodied their reasoning: “As long as nature is in charge of mishaps like floods, they are acts of God; when men undertake to remedy one of nature’s ills, this remedy is expected to cure all ills.” In 1954, he established his own development consultancy in Bogotá, Colombia. Its business was project assessment. The propensity to plan, Hirschman said, should be replaced by the “propensity to experiment and improvise.”

The subtext of his first major book, The Strategy of Economic Development (1958), was, Adelman writes, a “critique of [...] the preference for abstract model-building in the service of big all-encompassing plans of modernization through top-down reform.” Policymakers should instead choose investment projects that had good potential “linkages” to other economic activities.

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Hirschman accepted the risk of failure, but thought experimentation would create “pressure points” for further advance. He came close to advocating projects he thought likely to fail, in order to encourage popular protest to correct their shortcomings. He invented the crucial idea of the “optimal” crisis – deep enough to provoke change but not so deep that it wiped out the means of achieving it. Creating problems to solve as a method of progress has a distinctly Mephistophelian ring.

The background to Exit, Voice, and Loyalty was the explosion of the US counterculture in the 1960s. This stimulated Hirschman to explore the different forms that discontent with institutions could take, using the “consumer” as the stylized agent. His thesis was that consumers’ loyalty to commercial or political brands could no longer be taken for granted. They could express their discontent in the form of exit/desertion (the economist’s model of consumer choice) or voice/expression (the democratic form of protest).

Hirschman’s clear preference was for voice. In a famous example, he argued against wealthy, articulate parents or patients exiting public school or health systems for private provision, because this would ensure a downward spiral in the quality of public education and health care. Instead, Hirschman argued, they should campaign to improve public services for their families and themselves, which would generate pressure for improvement for everyone. But he never explained properly why they should do so. As some reviewers pointed out, he lacked a theory of loyalty.

PASSION PLAY

Hirschman’s most ambitious attempt at cross-disciplinary fertilization was The Passions and the Interests. David Hume had written that “reason is, and ought only to be the slave of the passions, and can never pretend to any other office than to serve and obey them.” Constitutional checks were needed to channel the destructive passions into the service of the common good. But suppose the market could do so? Montesquieu had shown the way by sagely remarking that while men’s passions may lead them astray, their interest may impel them to cooperate with others. One might even argue that it was the selfish passions that awakened reason from its sleep. Adam Smith made this insight the foundation of political economy.

Hirschman brilliantly explained that by branding passions as interests, Smith destroyed the ground of their conflict:

“In the early modern age, man was widely viewed as the stage on which fierce and unpredictable battles were found between reason and passion or, later, among the various passions. At mid-eighteenth century, some hope was held out that the interests, which were increasingly understood in the purely pecuniary sense of the term, would be able to tame the disastrous, if aristocratic passions. But by the latter part of the century, the passions were collapsed into the interests by Adam Smith who pronounced the ‘great mob of mankind’ to be safely programmed. From the cradle to the grave its members were to be exclusively concerned with ‘bettering their condition.’”

In his later years, Hirschman battled inconclusively with the problem of finding a place for morality in the social sciences. His outlook became steadily gloomier as neoliberalism became orthodoxy in both developed and developing countries. His last book, The Rhetoric of Reaction: Perversity, Futility, Jeopardy (1991), used the tripartite scheme of Exit, Voice, and Loyalty to describe the different forms of rejection of social democracy. But he remained a hopeful contrarian.

BEYOND ECONOMICS

Veblen, Keynes, and Hirschman were more than economists because they practiced their economics from a standpoint outside the profession, using it to criticize not only the assumption of rational self-interest, but also the consequences of economists’ indifference to “preferences.” Veblen’s standpoint was explicitly religious; he was still of a believing generation. Keynes, too, was an ethicist. G.E. Moore’s Principia Ethica remained what he called his “religion under the surface.” Hirschman wanted a “moral social science” that would be continually sensitive to the ethical content of its analysis.

The problem of moralizing economics in a secular age defeated all three. But their efforts are not just part of the history of ideas. They also serve as a rallying call to new generations of students.

These three economists’ frequently mocking style was their way of establishing their distance from their profession. Their irony was not ornamental but actually shaped the substance of their arguments. This style limited their impact on economics, but made them highly influential outside it, because critics of economics sensed something transgressive about them.

For Veblen and Hirschman, it was their refusal to take the bait of modeling which made them less than economists in the eyes of the profession. This cannot be said of Keynes. Not only did he have an impregnable base among economists, but he bequeathed a theory that could be applied. Nevertheless, the power holders in the profession (and outside it) marginalized him as soon as they felt confident enough to do so. “Who are you?” wrote Keynes’s friend David Garnett in 1915. “Only an intelligence that they need in their extremity [...] then back you go into the bottle.”

Systematic thinkers close a subject, leaving their followers with “normal” science to fill up the learned journals. Fertile ones open up their disciplines to critical scrutiny, for which they rarely get credit. This has been the fate of the three great economists whose work – and enduring influence – these books describe.

 


ROBERT SKIDELSKY

Writing for PS since 2003
186 Commentaries

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Robert Skidelsky, a member of the British House of Lords, is Professor Emeritus of Political Economy at Warwick University. The author of a three-volume biography of John Maynard Keynes, he began his political career in the Labour party, became the Conservative Party’s spokesman for Treasury affairs in the House of Lords, and was eventually forced out of the Conservative Party for his opposition to NATO’s intervention in Kosovo in 1999.