lunes, 9 de abril de 2018

DIRECTO AL MARASMO[1]. La necesaria lucha contra la deserción nacional.


DIRECTO AL MARASMO[1]. La necesaria lucha contra la deserción nacional.
EDUARDO ORTIZ RAMÍREZ


El hambre no produce sublevaciones. Ni las impulsó en la China de Mao de los cincuenta o los sesenta del siglo XX donde los chinos hasta tierra comían, ni en la India de a partir de la segunda mitad del siglo referido, ni en las agitadas y desesperadas regiones africanas del caso, donde se esperan con desespero y violencia las bolsas de arroz de Naciones Unidas y organizaciones relacionadas. El ser humano es un animal de costumbre y pareciera que en tiempos y ocasiones puede acostumbrase a la escasez, el hambre y la pobreza, buscando alternativas variadas. Solo elementos como el resentimiento, la voluntad basada en esperanzas o coyunturas culturales, pueden remover a los seres humanos del letargo que produce el hambre.

Tampoco las producen los pasados heroicos o llenos de guerras y combates. Los romanos e italianos de hoy no son los del imperio romano; tampoco los suecos, daneses o noruegos de hoy, son los que conformaron las huestes vikingas de los años 800 DC a 1500 DC- grosso modo-. Los venezolanos de hoy no son los bravos llaneros de Páez. Algunos pueblos, como algunos de los nórdicos, buscan incluso olvidar ese pasado. Alguna vez escuche decir a una ministro que el pueblo venezolano no soportaría, algo así que como por su valentía, desafío o arrojo, políticas impuestas por el Fondo Monetario Internacional, tal cual estaba sucediendo en los ochentas en otros países de la región. El caracazo no es precisamente demostración de ello, dado que en cierto grado fue un proceso permitido.

En tales sentidos y junto a otras numerosas consideraciones, como las relativas a la conformación de grupos políticos en sus particularidades y manejos de intereses, o comodidades que varios están dispuestos a mantener, aprovechando políticas populistas, o la misma extensión de la corrupción como elemento aglutinante de la camarilla, no pareciera factible esperar salidas de enfrentamiento violento, tipo guerra civil, en la Venezuela de los tiempos próximos cercanos. ¿Hacia qué se dirige Venezuela entonces?

Se dirige hacia el marasmo, como estado de disminución de energías y desarrollo de letargos, por varias razones.

En primer lugar, la administración bolivariana se destina a “ganar” las elecciones[2] del 20 de mayo de los corrientes, en un contexto de alta abstención y, a partir de allí, a consolidar su estructura de poder para, con populismo y autoritarismo, mantenerse en el mismo hasta 500 o 1000 años, según el pensado de algunos de sus integrantes, o por lo menos hasta un periodo donde hayan fallecido por evolución natural sus más conspicuos líderes y, entonces, solo la inercia y el cansancio alberguen oscuramente posibilidades de cambio. Ese es su proyecto.

En segundo lugar y en apoyo de lo anterior, la migración seguirá aumentando y con ello desintegrándose la nación y sus componentes. “Que se vayan todos” no será necesario vociferarlo, pues todos se están yendo, incluso activistas y participantes de la administración del caso. Ni cierres temporales, ni controles de otros países, detendrán la vorágine del aparato migratorio –llamado diáspora- que se ha formado espontáneamente y que se mueve con la velocidad y habilidad del agua derramada. Edificios, calles y vida de la nación, irán siendo afectadas por la soledad, como ya es claramente observable.

En tercer lugar, los efectos del hambre y de la hiperinflación irán produciendo, como ya lo están haciendo, abandono de actividades, niños en la calle, mendicidad, cierre creciente de empresas y comercios y, la administración, ni ejecutará cambios serios, o comprometedores para su ideología, en la política económica, ni dolarizará como recientemente lo expresó el presidente Nicolás Maduro. Ni las cajas CLAP serán mejores, ni más regulares, ni los aumentos de salario llegarán ni a un tercio del camino de lo que transite la hiperinflación. En Perú se acaba de aumentar el salario mínimo (930 Soles; 1$: 3,24 Soles) como ejecutoria que había sido aprobada por el presidente que renuncio allí recientemente  –P. P. Kucyinski-, y algunas instancias como el banco central de tal nación, expresaron sus dudas sobre tal medida; esto tampoco sucederá en la “revolución bonita”.

En cuarto lugar, los grupos políticos de oposición al parecer, y con algunas excepciones, seguirán cometiendo errores de los bastante conocidos y dejando pasar los peores estilos que caracterizaron a los actores fundamentales de la democracia de partidos, que asumieron actitudes liberales o de derechas con estructuras organizativas basadas en el leninismo, por su orígenes y su propio populismo, al menos a partir de la segunda mitad de los años setenta del siglo XX. Es difícil que puedan estimular a más marchas y movilizaciones, con los saldos de muertos y heridos que varios de ellos olvidan fácilmente.

En quinto lugar el escenario internacional seguirá polarizado. Por un lado, la pragmática Cuba y la inocente Rusia junto a los interesados chinos, seguirán apoyando los derechos del pueblo venezolano a decidir su rumbo en “elecciones” y, por otra parte, buena parte de países de América, EE.UU., UE, Grupo de Lima y OEA, seguirán de manera decidida, expresiva y solidaria, como se ha observado, presionando y sancionando a la administración bolivariana según los casos, para el rescate de la democracia, respeto a los derechos humanos, la atención de grupos y contingentes de hambre y muerte, abarcados por la crisis humanitaria; pero donde hasta ahora no se tienen, ni las salidas ni las soluciones a los deseos de cambio de buena parte de los venezolanos.

En razón de todos estos elementos, uno de los peligros,  a pesar de todos los compendios que se puedan esgrimir en contrario, es el de lo que llamaremos una deserción nacional en el sentido del olvido de los esfuerzos y luchas de los venezolanos, por la aparición de algo más dramático que la anomia y que hemos descrito con la idea del marasmo. No es un calificativo a quienes se han ido o se vayan del país, pues crecientemente como dijimos, se están yendo todos, los de ellos, los de otros y los de nosotros. No es una negación a la posibilidad real del regreso de aquellos, ni tampoco un señalamiento a que se pueda dejar de querer lo nuestro. Es la constatación de que, ante tamaña cantidad de problemas e insuficiencias que presentan los venezolanos en la actualidad, estén acá o afuera, empiecen a sentir que los problemas del país están en un último lugar. Esto no lo compensa decir que los venezolanos no son así.

@eortizramirez
eortizramirez@gmail.com


[1]1. m. Suspensión, paralización, inmovilidad, en lo moral o en lo físico.2. m. Med. Extremado enflaquecimiento del cuerpo humano. Real Academia Española.

[2] De interés el artículo de Héctor Silva Michelena,  http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/cierne-tormenta_229931#.

viernes, 6 de abril de 2018

Basta de sugerir al régimen ideas para la producción agrícola


Basta de sugerir al régimen ideas para la producción agrícola

Pedro Raúl Solórzano Peraza

Desde hace años, muchos venezolanos hemos tratado de colaborar en la recuperación de nuestra alicaída agricultura del socialismo del siglo XXI, por medio de recomendaciones surgidas de nuestras experiencias, y por medio de recomendaciones de personas de reconocido prestigio nacional e internacional, preocupados por la progresiva y persistente destrucción de la producción agrícola, y por la creciente hambruna que se va apoderando de la mayor parte de la población. Permanentemente han sido palabras que han caído en el vacío, porque los objetivos del régimen están lejos de querer mejorar la situación del campo, al igual que están muy lejos de querer recuperar la salud, la educación, en fin, todas las actividades productivas, y la economía y el bienestar de la población en general. Ante tanta incuria oficial, ya basta de perder el tiempo y más bien voy a recomendar algo a los agricultores, cuya actividad productiva es sembrar y cosechar para llevar alimentos a las mesas de los venezolanos, pero que tiene que arrojar balances favorables, porque ésa es su fuente de ingresos para cubrir el resto de sus necesidades como ciudadanos de este país.

Por los diferentes medios de información estamos recibiendo la noticia de la ausencia de fertilizantes ante la proximidad del inicio de las siembras de secano, que generalmente es a mediados de este mes de abril, comenzando hacia el occidente del estado Barinas. He visto con preocupación que se comenta “sembraremos sin fertilizantes o con dosis muy bajas para poder cubrir la superficie disponible”, o “esperaremos por el fertilizante para poder sembrar con las dosis adecuadas”, y así, siempre las mismas esperanzas del agricultor que no puede dejar de lado esta apasionante e imprescindible actividad.

El problema es que esas decisiones de los ejemplos indicados pueden ser el inicio de la quiebra del agricultor. Esas son las mismas decisiones que tradicionalmente han llevado al fracaso a los programas agrícolas oficiales, cuando no les importa sembrar sin las dosis de fertilizantes adecuadas o en fechas de siembra que no son las más convenientes, pero el criterio es “tenemos que hacerlo porque ésa es la orden que viene de los superiores”. Cuando pienso en esto no puedo olvidar la respuesta de un alto gerente del famoso Centro Agroindustrial Abreu e Lima en el estado Anzoátegui, que al sugerirle que no continuara las siembras de soya porque estaban pasando las lluvias y los rendimientos serían muy bajos, su respuesta fue “es una orden del comandante” y entre otras cosas, el pobre resultado obtenido ha sido una de las causas de la ruina en que ha quedado este otro sumidero de millones de dólares del socialismo del siglo XXI.

¿Qué pasaría si se siembra sin fertilizantes o con dosis por debajo de lo recomendable? En el mejor de los casos, si se utilizan suelos ricos (que son muy escasos en la actualidad) o que se han enriquecido en nutrientes por los continuos abonamientos realizados, y se puede aplicar al menos dosis adecuadas de nitrógeno, los resultados pudieran ser aceptables. En la mayoría de los casos los suelos van a tener pobre suministro para las plantas de fósforo o de potasio, o de ambos y de otros más, y eso va a determinar rendimientos por debajo de lo normal, que seguramente van a estar por debajo del punto de equilibrio, arrojando pérdidas en la operación. El problema es que lo que usted ahorra al no aplicar fertilizantes o aplicar subdosis, no compensa lo que usted invierte en semillas, plaguicidas, mecanización, mano de obra, intereses y otros gastos imprevistos. Por eso, lo recomendable es que si no tiene fertilizante y no cuenta con esos suelos ricos, no siembre; y si dispone de 10% del fertilizante requerido para sembrar la superficie disponible, limítese a sembrar solo el 10% de esa área para que pueda obtener beneficios de la actividad.

¿Qué pasaría si espera a que llegue el fertilizante para poder aplicar las dosis requeridas? En primer lugar, lo más probable es que no llegue suficiente fertilizante porque eso incluye un proceso que lleva tiempo al ser un producto importado. Si usted va a sembrar maíz y llega el fertilizante con retraso de un par de meses, usted va a sembrar en fecha no adecuada para este cultivo, ya que lo que resta del ciclo de lluvias no será suficiente para cubrir los requerimientos hídricos de esta especie y los rendimientos van a ser muy bajos, causando pérdidas en la operación. Una opción es cambiar de cultivo (adaptar la planta al ambiente), esperar hasta el año siguiente por un nuevo ciclo de lluvias, o si fuese el caso, esperar el ciclo de norte-verano (caso de la mayor parte de los llanos occidentales y sectores de Monagas y otras regiones del país con ciclos de lluvias bimodales), para sembrar cultivos adaptados a estas condiciones tales como sorgo granífero, ajonjolí, girasol, y hasta frijol.

Personalmente, y ya lo he analizado con anterioridad, considero que va a ser difícil que a estas alturas del año se pueda disponer oportunamente de suficiente fertilizante y otros insumos para las siembras de secano. La agricultura está sin recursos así como están las farmacias, las escuelas, los hospitales, los mercados de alimentos, así como el pueblo venezolano está en total abandono por parte del gobierno, ya que ese es su objetivo para mantener humillado y controlado al pueblo, que indefenso huye, corre, emigra, muere.

Recordemos que: SIN FERTILIZANTES es imposible producir la cantidad de alimentos que necesitamos para satisfacer los requerimientos de la población.

En Amazon está a la venta el libro del autor: “Fertilidad de suelos y su manejo en la agricultura venezolana”. Tiene información muy útil para mejorar la práctica de fertilización de los cultivos, con miras a una mayor productividad y a un mejor trato a los suelos y al ambiente en general, https:/www.amazon.com/dp/1973818078/




jueves, 5 de abril de 2018

EL TROTSKY BOLIVARIANO


EL TROTSKY BOLIVARIANO
                                                                                             Enrique Viloria Vera

Trotsky (seudónimo tomado de su carcelero en 1902) vivió tres largos exilios fuera de Rusia (1902-1905, 1907-1917 y 1927-1940), pero también participó de tres revoluciones. Fue dos veces presidente del soviet de Petrogrado. Trabajó como periodista en dos guerras: en los Balcanes, en 1910, y durante la Primera Guerra Mundial, en 1914. Miembro del Comité Militar Revolucionario durante la insurrección de octubre de 1917, dirigió los operativos que llevaron los bolcheviques al poder. Después de la victoria de la insurrección, asumió el Comisariado del Pueblo para Asuntos Extranjeros y estuvo en la cabeza de las negociaciones de la paz con Alemania en 1918. Formó y dirigió el Ejército Rojo, cuyo contingente llegó a cinco millones de hombres y mujeres, en 1920. Venció 14 ejércitos extranjeros durante la guerra civil. Después de 1921, se dedicó a las cuestiones económicas del joven estado obrero. Inspiró, junto a Lenin, la formación de la III Internacional, redactando sus principales documentos y declaraciones. Tras la muerte de Lenin, trabó una batalla política contra la burocratización del estado soviético y la degeneración del Partido Bolchevique. Expulsado de la URSS, en 1927, por denunciar el curso anti-proletario de la fracción de Stalin, Trotsky recorrió el mundo durante 10 años en busca de asilo, hasta ser su solicitud aceptada por el gobierno mexicano en 1937; en Ciudad de México fue asesinado por un seguidor de Stalin de nombre Ramón Mercader.

La Revolución Bolivariana no es menos que la Soviética y cuenta con su propio Trotsky, cómodamente exiliado en Nueva York. El nuestro- a pesar de los dotes y logros revolucionarios que alude -, no compite ni de lejos con los del camarada ruso. Ciertamente, fue Ministro de la Revolución, Presidente de PDVSA roja – rojita y combatiente embajador ante la ONU. Sin embargo, ambos coinciden en sus ataques reiterados y furibundos contra el Padrecito de turno, a quien acusan haberse alejado y traicionado los principios revolucionarios de Lenin y Chávez.

El nuestro igual que el otro permanece encerrado en su oficina en Manhattan maquinando cómo derrotar al Robusto Guasón, escribe largos artículos en los que exalta la obra de su mentor, el Comandante Supremo y Eterno, y sobre todo la suya propia; además señala la incompetencia de los actuales dirigentes revolucionarios, responsables de la quiebra del país y de la hambruna reinante, aduce que en su gestión la PDVSA roja- rojita - de la que ordenó expulsar a caracazos a los opositores de Chávez -, la petrolera socialista era ejemplo mundial de productividad, innovación, motivación del personal y seguridad industrial, según su criterio desinteresado.

Hoy. como el ruso anda, protegido y con miedo por las avenidas de la Gran Manzana, permanentemente vigilado por los integrantes del colectivo revolucionario neoyorquino denominado The Little Stone. Sólo lo prevenimos de que la nomenklatura madurista ya contactó a sus camaradas socialistas y podemitas en España a fin de que identifiquen un nuevo Ramón Mercader que desee pasar a la historia como el Valente revolucionario vengador del Padrecito socialista del siglo XXI y salvador de la Revolución Bolivariana.        



martes, 3 de abril de 2018

¿LA ESTRELLA CHINA?

¿La estrella China?, 

por Felix Arellano




Autor: por Felix Arellano

La negociación es el camino, pero no es un camino fácil, recordemos la vieja expresión: “el camino al infierno está empedrado con buenas intenciones” y, en estos momentos, pareciera que en la península coreana reinan “las mejores intenciones”, pero ¿serán ciertas? La diplomacia geopolítica se encuentra fase de ebullición y creatividad. El mundo aún está impactado con el primer viaje al exterior del joven dictador de Corea del Norte Kim Jong-un, precisamente, al país benefactor, a China.
Desde el majestuoso Gran Palacio del Pueblo, en Beijín, las señales al mundo estaban cargadas de optimismo, Xi Jinping, como gran mediador, y Kim Jong-un dispuesto a negociar el preciado programa nuclear, pero a cambio de importantes concesiones, algunas de ellas, como la relativa a la presencia militar de Estados Unidos en la península, de gran interés para la hegemonía china.
En estos momentos brilla la estrella China, con un Jefe Estado totalmente fortalecido, sin límites ni controles luego del reciente Congreso del Partido Comunista; con una fortaleza económica y militar creciente, que le posiciona como la segunda gran potencia del mundo; incluso, preparándose para normalizar las relaciones con el Vaticano
La China de hoy es el resultado de cambios impresionantes, que van desde las hambrunas de Mao, a la visión estratégica de Deng Xiaoping, la China que se abrió al mercado y archivó el falso discurso de la lucha de clases, útil para controlar el poder, inútil para lograr crecimiento.
La estrategia China es la expansión y el liderazgo, la ruta de la seda es un proyecto emblemático. Las inversiones chinas abarcan el planeta, pero también avanza en el plano militar tradicional e incluso en la carrera de las armas hipersónicas. En sus planes de liderazgo mundial Corea del Norte se ha tornado un tema sensible. Existe un compromiso histórico y jurídico consagrado en el Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua suscrito en 1961; pero es fundamentalmente, el interés geopolítico chino de contralar su entorno, lo que mantiene la estrecha relación. Ahora bien, la insensata conducta del joven dictador, particularmente en el manejo del programa nuclear, ha complicado las relaciones.
China prefiere una península coreana controlada y desnuclearizada, por eso se sumó a la aplicación de sanciones crecientemente duras contra Pyongyang. Se estima que el gobierno chino ha llegado a reducir en un 90% las exportaciones de recursos energéticos a Corea Norte. En este contexto, para Kim Jong-un negociar es el camino y negociar con el total apoyo chino.
En estos momentos, la agenda diplomática se presenta intensa: otra cumbre de Jefes de Estado de las dos Corea el 27 de abril y múltiples conversaciones entre las cancillerías de los diversos países involucrados, particularmente Estados Unidos, Japón, China y las dos Coreas; para llegar en mayo a la gran cumbre entre Donald Trump y Kim Jong-un. Seguramente Rusia debe estar interesada en formar parte del espectáculo, para ver qué beneficios puede lograr.
Todo indica que la participación de China es fundamental, de hecho ha obligado la negociación, pero sus intereses hacen el escenario mucho más complejo para occidente. El gran objetivo chino reducir al minino o eliminar la presencia militar de Estados Unidos en la zona, para facilitar su agenda de control y expansión, es tema de gran preocupación para la mayoría de los vecinos de China por los problemas que genera su expansionismo.
En la lista de conflictos cabe destacar: las divergencias en el mar de china meridional por la delimitación de las islas Spratly, la construcción de islas artificiales y el control del mar con sus vecinos Vietnam, Indonesia, Malasia, Brunei, Filipinas y Taiwán; otro tema es el conflicto con Japón por la isla Senkaku y también con India en el océano indico y no debemos olvidar la persecución del budismo en lo que ha sido definido como el “genocidio cultural del Tíbet”.
Las perspectivas del ensayo de negociación en la península coreana se presentan intrincadas. Seguramente Corea del Norte espera una larga y lenta negociación, el falso show de “jugar a negociar” típico de los gobiernos autoritarios, para ganar tiempo a favor de su programa nuclear, pero tanto occidente, como China, con intereses diferentes, coinciden en aspirar una desnuclearización rápida y contundente, con muchos controles y supervisiones.
De tal forma que para lograr avances efectivos con Corea del Norte, se requiere de una previa y dura negociación entre Estados Unidos y, en ese contexto, el tema sensible de las tropas norteamericanas en la zona, no parece negociable para el talante de Donald Trump, ni resulta conveniente para la debilidad militar de Corea del Sur, ni de los demás países vecinos de China. La negociación es el camino, pero no a cualquier costo.

felixarellano50@yahoo.com

lunes, 2 de abril de 2018

LA POLÍTICA SOCIAL Y EL NUEVO UNIVERSALISMO EN LATINOAMÉRICA.


LA POLÍTICA SOCIAL Y EL NUEVO UNIVERSALISMO EN LATINOAMÉRICA.

CARLOS APONTE BLANK *.
[Publicado en la Revista SIC nº 801, Enero-Febrero 2018]

El universalismo social aspira a que la totalidad de la población disfrute de servicios sociales de calidad y cuente con medios socio-económicos (ingreso y empleo) básicos que apoyen sus oportunidades y capacidades de desarrollo humano. Para lograr ese propósito central más efectiva y equitativamente un proyecto universalista renovado puede combinar: acciones de cobertura “universal” y selectivas/focalizadas; proveedores públicos estatales y no estatales junto con los privados; y, modalidades de financiamiento con base en impuestos, contribuciones laborales o gastos particulares.

Después de una década de importantes mejoras económicas y sociales en casi todos los países de América Latina, se han presentado situaciones de desaceleración o estancamiento, sobre todo desde el 2013/14. Con este decaimiento socio-económico se ha reactivado una idea recurrente en Latinoamérica ante las crisis desde fines de los años ochenta: que la política social debería retomar las características supuestamente universalistas que ella tuvo hasta los años setenta del pasado siglo, lo que contribuiría a un más efectivo relanzamiento hacia el desarrollo.

Esa es una idea que se presta a equívocos y por las repercusiones negativas que ella puede suponer para la política social en nuestros países vale la pena revisar en qué consiste esa confusión. Para ello, de manera necesariamente sucinta, perfilaremos qué es el universalismo social como ideario y veremos panorámicamente sus alcances prácticos “realmente existentes” como bases para pensar en un universalismo más viable, efectivo y equitativo para Latinoamérica.

El ideario universalista
El universalismo puede considerarse como la mayor influencia ideológica en la política social de América Latina y, más genéricamente, de los países de Occidente desde mediados del siglo XX. La cristalización inicial del modelo de universalismo social está asociada con la formación de los primeros Estados sociales de derecho (expresados en las Constituciones de Querétaro de 1917 y de Weimar de 1919) y se fortaleció con la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU (1948) así como con la creación de los Estados de bienestar europeos a partir de la 2ª posguerra mundial.

En particular, esas experiencias configuraron una aspiración colectiva de alcanzar una “ciudadanía social” que supone la realización gradual de un conjunto de derechos sociales humanos universales. El ideario social “universalista”, con variantes en la forma de definirlo, tiende a sostener que los ciudadanos tienen derecho a una igualación de oportunidades de desarrollo social mediante el acceso de todos a un conjunto de bienes y servicios “sociales” históricamente prioritarios que sean de una calidad básica/común.

La política y los derechos sociales son definidos aquí en un sentido estricto [1] para referirnos a un conjunto delimitado, aunque variado, de acciones públicas que inciden directamente en las condiciones sociales de vida. Se trata de acciones: sectoriales, entre las que destacan las de educación; salud y nutrición; seguridad social; y, vivienda y desarrollo urbano; social-económicas, en las que resaltan las políticas “activas” de ingreso y empleo; y, selectivas, entre las que sobresalen las destinadas hacia la población en pobreza -llamadas focalizadas- y las destinadas a otros grupos vulnerables o discriminados por distintas razones como las mujeres, los niños, jóvenes, adultos mayores, indígenas, LGBTI o las personas con discapacidad, entre otros.

Ahora, hay que distinguir al universalismo social como modelo ideal con respecto al alcance que ha tenido en las situaciones y gestiones sociales reales. El ideario universalista puede inspirar a la política social de Estados de muy distinto tipo y por ello sus avances efectivos pueden ser muy variados: puede influir en países ricos o pobres o que cuenten con distintos regímenes de prevención de riesgos, teniendo por ello resultados sociales diferenciados.

Los avances universalistas en los Estados sociales de bienestar
El universalismo social ha alcanzado sus mayores logros en los países en los que se pudo instaurar un régimen de bienestar para la prevención de riesgos sociales amparado en el muy favorable contexto que permite el desarrollo. Especialmente los Estados de bienestar europeos “tradicionales” (notablemente los llamados “escandinavos” y “conservadores”) se convirtieron en el principal modelo de referencia del universalismo social en los hechos, más allá del ideario.

Sin embargo, hay que precisar que aún en esas experiencias el universalismo se desarrolló particularmente en algunos y no en todos los sectores: en el campo de la salud y nutrición en el que se alcanzó una cobertura total o casi total de la población; y, en el de la educación en el que se alcanzó una matriculación total/casi total en los niveles considerados históricamente como básicos (primaria y secundaria), abriéndose una amplia oportunidad para el acceso a la educación superior sobre todo en las décadas más recientes.

En contraste, con la relativa excepción de los países escandinavos, la cobertura de la seguridad social en los países europeos occidentales más avanzados -aunque muy extensa, especialmente en la materia de pensiones y de seguro de desempleo- no ha sido propiamente universal. Esa cobertura se nutre con las contribuciones particulares de los trabajadores y/o patronos frecuentemente complementadas por recursos del Estado. Este modelo contributivo se diferencia del modelo de financiamiento fiscal, más típicamente universal, asociado con la posibilidad de acceder a la educación y salud públicas gratuitas de calidad para todos, aunque hay que apuntar que estos servicios han coexistido –en distinto grado- con el uso de servicios privados que completan la cobertura para una parte de la población en los Estados sociales de bienestar.

Hay que destacar que un factor que coadyuvó para que la seguridad social adquiriera un carácter casi-universal en muchos países, especialmente  durante la llamada época de oro del capitalismo de bienestar (1945-1975) fue la posibilidad de concretar una política keynesiana de pleno empleo por la que proliferaron los empleos formales que permitieron la práctica extendida de las contribuciones laborales. Aunque las redefiniciones del contexto económico desde la 2ª mitad de los setenta limitaron en gran parte de las naciones ese empleo formal generalizado, el desarrollo de seguros de desempleo resultó una importante compensación para reducir los riesgos mayores de empobrecimiento y para sostener el vínculo de los despedidos con la seguridad social [2].

No obstante, una variedad de cambios en el entorno durante las últimas décadas (en el mercado laboral –desempleo, flexibilización y creciente desigualdad/pobreza relativa-, en las estructuras familiares –emancipación de la mujer y aumento de hogares mono/parentales-, en las tendencias demográficas -envejecimiento y migraciones-, entre otras modificaciones) han presionado para que los Estados sociales de bienestar amplíen las acciones selectivas hacia la población comparativamente más pobre o con otras vulnerabilidades particulares. Pero, en general, ello ha tendido a producirse sin que se abandone la prioridad de las orientaciones básicas de las políticas tradicionales ni el propósito sustancial del universalismo. Podrá no resultar un régimen tan satisfactorio porque la nueva realidad del entorno económico lo dificulta, pero el Estado social de bienestar parece querer redefinirse para subsistir y no para desmantelarse. Y, al contrario de la leyenda negra sobre su destrucción, en países que han sido considerados paradigmas “mercantiles” -como Estados Unidos- desde hace décadas hay un proceso sostenido de ampliación del gasto público y de los servicios sociales.

La práctica del universalismo en Latinoamérica
Decíamos al inicio que hay quienes abogan porque la política social latinoamericana vuelva a su supuesto universalismo de los años setenta y supere las limitaciones de una política asociada con los Programas de Transferencia Condicionada (PTC) que son identificados –con razón- con la focalización. También se cuestiona que la política social latinoamericana pueda propender al desmantelamiento del Estado social de bienestar que se estaría dando en Europa (véase Ocampo y Gómez-Arteaga; 2017).  

A diferencia de esa representación apuntamos que lo que está ocurriendo en los Estados sociales de bienestar es una redefinición/actualización y no ese fantasioso desmantelamiento, en tanto que ni siquiera en las sociedades desarrolladas que lo han priorizado más el universalismo social que se ha instrumentado ha sido un universalismo “puro”, simple y generalizado hacia todos los sectores.

En cuanto a los países latinoamericanos [3] es aún más difícil pedir que se vuelva a una práctica universalista que nunca existió plena ni satisfactoriamente en los hechos y que mostraba para los referidos años setenta, aún en los casos en los que había evolucionado más, unos avances reales limitados. Por eso aunque había importantes progresos en varias naciones, se trataba de un universalismo formal e incompleto: orientó ideal y legalmente la práctica social pero no cubría plena ni equitativamente a sus destinatarios, como muestran los registros de salud y de educación de la época. Pero además, debe subrayarse que ningún país de la región (con la parcial, compleja y retadora excepción chilena) abandonó nunca -en lo sustancial- el tipo de orientaciones universalistas en educación y en salud que pudo haber adoptado desde la 2ª postguerra, a pesar de las insistentes denuncias (que abundaron desde los años ochenta) sobre la supuesta privatización y eliminación del derecho público en esos sectores, con las que se creó una perdurable ficción. A diferencia de ella, con ritmos diferenciados después de los duros ajustes fiscales y macroeconómicos, en la mayoría de los países se tendió a nítidas mejoras de los registros sociales, lo que se hizo más obvio durante la década de bonanza del siglo actual (2003-2013).

Por su lado, es evidente que en materia de seguridad social no había nada claro hacia lo cual volver en cuanto al universalismo en América Latina, como también resulta cierto -pero distinto- que en algunos países se ensayó un modelo de privatización de los sistemas de pensiones que apuntaba en una dirección contraria al universalismo. Pero hoy predomina en las naciones que se esfuerzan por reformar esos sistemas un modelo mixto para crear un piso común de pensiones mínimas-básicas que combine contribuciones laborales y financiamiento fiscal “no contributivo”, sin descartar complementaciones mediante aportes privados. Es una nueva manera de orientarse hacia el universalismo en un sector en el que ello no ha sido frecuente en general ni en América Latina, habiéndose avanzado acentuadamente en años recientes en la cobertura en países como Chile, Uruguay y Brasil, a pesar del peso del empleo informal y sin que dejen de plantearse problemas por el bajo monto de las pensiones y por la sostenibilidad de su financiamiento.

Otro asunto es que en la política social latinoamericana cobró mayor importancia desde los años ochenta la focalización (política hacia la población en pobreza) entre otras políticas selectivas. Pero, no sólo ello era razonable por el crecimiento de la pobreza que ocasionaron la crisis del modelo económico intervencionista tradicional y los efectos de la incierta búsqueda de un modelo alternativo; también hay que destacar que la focalización “realmente instrumentada”, aunque no siempre se tradujo en programas exitosos, no eliminó el tipo de políticas previas en campos como la educación o la salud. Por el contrario, en muchos casos intentó contribuir a que no se apartara tempranamente del acceso a esos circuitos sociales básicos a la población más propensa a dicha exclusión. Este esfuerzo parece haber sido particularmente marcado en los PTC que se han convertido en una especie de emblema de la focalización “universalista”, aunque son programas que no pueden de ninguna manera confundirse con el conjunto de la política social a diferencia de lo que dicen algunos críticos: globalmente son sólo un 0,4 % del PIB y un 3% del gasto social.

Más allá de un universalismo social formalista y simplificador una nueva estrategia universalista, gradual pero persistente, debe contribuir a que se avance más viable, efectiva y equitativamente hacia el cumplimiento de los derechos sociales en América Latina. Para ello la política social debe asumir una visión más plural sobre sus destinatarios y una valoración más realista de su trayectoria histórica y de los medios de que dispone, proponiéndose combinar: acciones de cobertura “universal” y selectivas/focalizadas; proveedores públicos estatales y no estatales junto con los privados; y, modalidades de financiamiento con base en impuestos, contribuciones laborales o hasta gastos particulares, dentro de ciertas proporciones.

Ante la debacle social venezolana, en un momento que es de esperar que sea pronto, deberá  formarse una nueva política social que responda a la continuada emergencia y que afronte el gravísimo empobrecimiento de los últimos años. Un programa asociable con los PTC será un componente de muy probable importancia en esa política y Venezuela no está para darse el lujo de verse atrapada por los falsos dilemas que ha planteado reiteradamente un viejo universalismo formalista. Hoy en América Latina, para ser más efectivo, el universalismo social debe ser un universalismo equitativo que maneje adecuadamente un paradigma combinado de acciones. 

*Sociólogo. Profesor-investigador del CENDES-UCV.

Referencia
Ocampo, José Antonio y Gómez-Arteaga, Natalie (2017). “Los sistemas de protección social, la redistribución y el crecimiento en América Latina” en Revista de la CEPAL, Nº 122, Agosto, Santiago:CEPAL, pp.7-32.




[1]  En particular, los diferenciamos de los derechos económicos y culturales que los acompañan en leyes internacionales.
[2] En los límites de este escrito no trataremos el complejo caso de la vivienda y el desarrollo urbano.
[3] Exceptuando a Cuba de estos análisis.

domingo, 1 de abril de 2018

Antonio López Ortega y “La gran regresión”


Tomado de www.el-nacional.com

Antonio López Ortega y “La gran regresión”

“La gran regresión” reúne los artículos publicados por Antonio López Ortega, entre los años 2000 y 2016, en la sección de opinión del diario El Nacional. El libro fue publicado en el 2017 por ABediciones de la Universidad Católica Andrés Bello y presentado por Víctor Guédez el pasado 6 de marzo, en la librería El Buscón 


Antonio López Ortega | ABediciones, UCAB
 “La gran regresión” (Caracas, 2017)

Por VÍCTOR GUÉDEZ
01 DE ABRIL DE 2018 12:00 AM

En una oportunidad Enrique Vila-Matas comentó que si alguien le preguntara sobre el libro que se llevaría a una isla desierta, él respondería que sería un libro de aforismos, ya que eso le permitiría leer uno diario hasta que alguien pudiese encontrarlo y rescatarlo. Esta imagen se me hizo oportuna al pensar que, en mi caso, podría llevarme también un libro de aforismos pero acompañado de La gran regresión de Antonio López Ortega. De esa manera podría leer un aforismo un día y un artículo el otro hasta combinar una alternancia que me permitiera comprender y reflexionar, sin darme cuenta, durante el devenir de los días. Esto también promovería una especie de juego entre la interiorización y la proyección. Se interioriza con la reflexión introspectiva que convoca el aforismo y se visualiza con la demanda intelectual que requiere el ensayo. No carece de sentido aquella sentencia de Jung, según la cual cuando vemos hacia afuera soñamos mientras que cuando vemos hacia adentro nos despertamos. Pero, más allá de la predominancia que uno u otro género pueda tener, debemos reconocer que el primer valor de la publicación que tenemos entre manos, es justamente la de servir simultáneamente para incentivar las potencialidades de un estado de conciencia así como la percepción de un contexto signado por las exigencias de nuestra desafiante realidad.

El título, el subtítulo y la preocupación por la cultura
Comencemos por atender la identificación formal del libro. Se titula, nominalmente, “La gran regresión”, pero incorpora un sugerente subtítulo conceptual, como es el de “Crónicas de la desmemoria venezolana (2000-2016)”. Además de las consideraciones semánticas e interpretativas del vocablo “regresión”, nos resulta difícil dejar de establecer una relación con la expresión “Retrotopía” que es el título del libro póstumo de Zygmunt Bauman, aparecido a pocos meses de su muerte el pasado año 2017. Este importante autor polaco vincula dicho término con la negación de la utopía, con la negación de la negación de la utopía y con la negación de la distopía. Explícitamente asevera que: “Las retrotopías son los mundos ideales ubicados en un pasado perdido / robado / abandonado que, aun así se ha resistido a morir”. Creemos que en el marco de ese “concepto zombi” se encuentran las realidades que Antonio López Ortega analiza en esta publicación.

Pero no debemos soslayar una alusión a la expresión con la que nuestro autor subtitula su libro. Nos referimos a la idea de desmemoria, a la cual le atribuye la connotación de creciente debilitamiento de las fuentes de nuestra cultura. De manera elocuente, López Ortega confiesa que “cuando el pasado no existe, el presente puede ser la desembocadura de cualquier cosa”, ya que la memoria es cultura y la cultura es ciudadanía.

Al entrar en aspectos más concretos, observamos que el libro se inicia con un artículo del año 2000 al que siguen casi cuatrocientos textos que cubren hasta el año 2016 y que dan cuenta de un sostenido y acelerado deterioro que atiende a la consigna de incumplir todas las promesas pero de ejecutar todas las amenazas. Este tormentoso recorrido se expresa, con palabras del autor, en una realidad con “más vacío que relleno, es más espacio concedido que espacio ganado. Venezuela vive, al menos desde 1998, un verdadero desfondamiento de su sistema político, lo que a su vez es reflejo de la crisis social y de la incertidumbre económica. Ese verdadero ‘vacío de poder’ ha sido ocupado por la improvisación y el desacierto. Perdimos el estamento político, perdimos la condición ciudadana, un foso enorme que ahora ha sido ocupado por el último bastión de poder que la sociedad malamente reconocía: los militares y sus siempre vivas apetencias” (pp. 391-392). Aquí se encuentra sedimentada la regresión que Antonio López Ortega denuncia con una afianzada voz de angustia existencial y de compromiso esperanzador con una Venezuela anhelada.

Esa angustia y ese anhelo se hacen presentes en toda su argumentación. Podríamos decir que el cuerpo del libro, por encima del registro cronológico que atiende, revela unas coordenadas que entrecruzan dos temas centrales y dos actitudes predominantes en el autor. Gráficamente encontramos en este libro un eje horizontal de carácter temático que va, desde la cultura (como fuerza centrífuga y centrípeta de su pensamiento) hasta la realidad nacional (como objeto de análisis y valoración). Luego, encontramos un eje vertical de naturaleza actitudinal en el cual se promueve la polarización entre el anhelo esperanzador de sus propuestas, por una parte, y la demanda afianzada en un dolor de patria; por el otro. En los alvéolos promovidos por estas coordenadas encontramos una amplia, enjundiosa y conmovedora dinámica de consideraciones.

Debe entresacarse de lo anterior su ferviente preocupación por la cultura. Desde la cultura adopta todas las perspectivas de sus disquisiciones y hacia la cultura dirige el esfuerzo total de sus aspiraciones. De manera implícita o explícita, pero siempre de manera reiterada, declara que: “no hay herramienta más poderosa que la cultura para el ejercicio de la ciudadanía” (p. 297). Afirmación que complementa su convicción de que la cultura no debe ser vista como “la guinda del postre, como la carroza de fiestas patrias que se escenifica en todo desfile militar, como el acto de fin de curso antes del brindis de ocasión, sino como cosmovisión del mundo, como comprensión de los signos trágicos de nuestra historia, como autoconocimiento” (p. 71). En este marco, nuestro autor asume la cultura como factor estratégico para abordar y superar los cambios que amerita nuestra realidad, ya que en ella reposa la capacidad de pensar, sentir y hacer de una sociedad, al tiempo que proporciona las creencias, querencias y disposiciones que consagran las exigencias propias de la dignidad humana.

Los atributos estructurales y conceptuales
Pero las cualidades del libro que nos ocupa no se agotan en la significación de su contenido sustantivo y orientador. También se imponen atributos estructurales que concitan nuestra más abierta admiración. Llama la atención, de entrada, la capacidad de López Ortega para, luego de olfatear la vigencia de un asunto, desplegar la arquitectura de una redacción en la cual el lector se siente conducido desde la curiosidad inicial de un tema hasta el cierre conclusivo de una exhortación, pasando por una impecable argumentación en donde generalmente está presente una cita oportuna o la referencia ilustrativa de una explicación. Aquí las armónicas relaciones de un contexto, una sustanciación, una ejemplificación y una culminación fundamentada se cumplen magistralmente. Lo curioso es que estas peculiaridades se conservan en los casos de los artículos literarios, como en las crónicas, semblanzas, obituarios o ejercicios críticos que engloban la plural naturaleza de los trabajos que aquí se compilan. De una manera esquemática podríamos decir que en sus textos se percibe un sentido motivacional en el comienzo, una seguridad en sus argumentos, una pertinencia en sus alusiones y citas, así como una focalización cuando recuerda y un alcance retador cuando concluye. También es admirable la inteligente titulación de los artículos. Aquí prevalece un foco gestáltico que absorbe y sintetiza los contenidos. No sobran palabras ni tampoco faltan. Pero este sentido de economía de términos también acompaña el contenido de sus textos ya que toda la argumentación obedece a criterios expositivos que no le conceden espacios a las repeticiones ni al abuso de los calificativos. Una austeridad iluminadora prevalece para hacernos recordar aquello de que un escritor es el que escribe con palabras insustituibles. Este es el caso de Antonio López Ortega: en sus artículos no puede sustituirse ni complementarse ninguno de los términos que configuran sus frases. 

Esta cualidad, unida a los señalamientos anteriores, permiten recordar que Octavio Paz hablaba del “periodismo literario” para subrayar el carácter de los artículos que atendieran cuatro exigencias esenciales, como son: a) El aguzamiento de la sensibilidad. b) El pulimento del entendimiento. c) La orientación ante la incertidumbre de la realidad. Y d) El descubrimiento del rumbo de los vientos. Pues bien, los artículos de Antonio López Ortega, desde nuestra opinión, atienden de sobra cada uno de estos requerimientos.

De los valores sustantivos y formales que caracterizan este libro se deriva la tentación de preguntarnos acerca de los mejores artículos que se codifican en esta publicación. Sin duda, nadie podría ejercer la prepotencia de una tarea semejante, ya que cada quien puede ejercer con propiedad sus particulares categorías perceptivas y sus condicionadoras situaciones personales. Solo a partir de esta salvedad nos atrevemos a señalar que, además de la atención y el disfrute que estos artículos nos proporcionaron, hay diez de ellos que los reservamos para nuestros personales archivos. Aun cuando aceptamos que el alcance de estos comentarios no le da cabida a expansiones detalladas hacemos uso de una licencia que permita, al menos, reseñar estos artículos. En orden de aparición recordamos el artículo “Propósito de año nuevo” (2003 / p. 71) que contiene maravillosas definiciones sobre la cultura y la educación. Enseguida, encontramos “Intelectualidad y líneas divisorias” (2005 / p. 190) que destaca la importancia de las diferencias para valorar la entereza y trascendencia del otro. Luego, identificamos “El país vertical” (2006 / p. 277) que destaca la necesidad de superar un país centrado en “una horizontalidad sensorial” en favor de uno de verticalidad ética. Igualmente, seleccionamos “El hombre de la maleta” (2006 / p. 285) donde relata la hermosa imagen que hizo de su padre el escritor Orhan Pamuk, en ocasión de recibir el Premio Nobel. En esta secuencia está “Adriano” (2008 / p. 339) en el que evoca las cualidades intelectuales y humanas de ese imperecedero narrador venezolano. En “El segundo país” (2008 / p. 377) aborda la esperanza de hacer del futuro un horizonte más promisorio. “La muerte del estratega” (2013 / p. 635) recuerda la obra de Álvaro Mutis en función de las ideas de desesperanza y trascendencia. “La hendidura” (2015 / p. 706) que se la dedica a la memoria del insigne fotógrafo Luis Brito. “La hora de la cultura” (2012 / p. 555) que contiene las ocho deudas que los intelectuales y el país tienen con la cultura. Finalmente, reseñamos “La hora de Cadenas” (2016 / p. 767) donde subraya el significado trascendente del poeta para la cultura nacional.

A esa fugaz reseña de nuestros artículos preferidos debe agregarse la selección de varias citas que servirían para un banco de epígrafes. Hacemos una limitadísima selección de once ideas que, además de redondear argumentos, ofrecen la prolongación de reflexiones generativas. Los epígrafes en cuestión son los siguientes:
“Nada mejor que partir de las diferencias para valorar la entereza y la trascendencia del otro. Por eso, el diálogo nunca ha sido dos espejos enfrentados” (p. 190).
“Si el deterioro no se contiene, una marea de mendicidad lo cubriría todo: propiedades, tierras, calles, gestos, creencias, cosmovisiones” (p. 220).
“En el supermercado de la política (…) cuyos anaqueles se reabastecen diariamente en nuestras tristes realidades, quién sabe si las verdaderas novedades sean explorar las últimas dosis de esperanzas de los desposeídos para construir sólidas estructuras de control político y económico” (p. 228).
“La desmemoria es una condena, es una muerte política, y hay quien ya lo ha descubierto para beneficio propio o de los suyos. Para esta lógica perversa, la pobreza es un talismán que asegura perdurabilidad en el poder” (p. 229).
“El antídoto a la desmemoria es la cultura, es saberse parte del mundo, es crecer espiritualmente hasta alcanzar un mínimo de soberanía” (p. 230).
“El populismo sabe morder a sus anchas cuando no hay conciencia colectiva, bueno es recordarlo, se construye sobre todo con memoria, con vivencia mutua, con valores compartidos” (p. 248).
“Un valor fundamental de la democracia moderna –el de la participación– se ejerce de manera sesgada: participan los que no cuestionan, los que no disienten. No participar es una manera de envejecer, de morir –al menos democráticamente–. La sensación de estar en la periferia, de no poder sumar, de no encontrar canales, aparta a más de uno y nos denigra como nación” (p. 299).
“Nos hemos ido por un atajo improductivo y anacrónico: división, pugnacidad, envilecimiento (…). De las bondades del pasado, ninguna; pero de los errores, todos los posibles e imaginables” (p. 299).
“El futuro se evita, por desafiante, porque obliga a pensar o a imaginarlo (…). Es un estado de regresión, de salto atrás. Si la balanza histórica ha oscilado siempre entre atisbos de modernidad, por un lado, y retrocesos a estadios anteriores, por el otro, hoy en día el fiel de la balanza se ha quedado detenido en este último extremo” (p. 327).
“Vivir en la anacronía –esa podría ser la consigna– como si fuéramos el sueño de otro, como si veinticinco millones de seres dependieran de las buenas o malas noches de un solo soñador” (p. 352).
“La disrupción nos ha servido como impulso para apartarnos y ser críticos de nuestros procesos, pero de allí a construir un mundo alterno hay una distancia larga. Estamos congelados en el grito y solo el grito nos consume” (p. 362).

El libro y su autor
Franklin W. Dixon, afirmaba que: “No se juzga la manzana mirando el árbol. No se juzga la miel mirando la abeja. No se juzga el libro mirando al autor”. Quizá estas afirmaciones tienen vigencia en su alcance general, pero ellas no proceden en el caso de nuestro autor, debido a que hay una asombrosa equivalencia entre este libro y su persona. Leer estas páginas es escucharlo: Antonio López Ortega escribe lo que escribe porque es lo que es. Estos artículos son la comprobación del esfuerzo de su trabajo cultural al tiempo que validan la vivencia de sus sentimientos venezolanos. De tal manera, que los textos aquí reunidos son testimonios de vida, comprobación de sus sensibilidades, focalización de sus reflexiones. No hay poses simuladas ni percepciones disimuladas en tanto que aquí se condensa el transcurrir de un pensamiento vivido. En la línea de esta percepción, algunos podrán ver muchas páginas impregnadas de tristeza, pero apuesto a pensar que ese aparente sentimiento se asocia mejor con la idea nostálgica de un país que fue y que iba siendo, pero que se encontró con el abismo de un accidente histórico del cual no nos hemos recuperado. De tal manera que la supuesta tristeza no es más que la “saudade” de su preferido Fernando Pessoa o la “nostalgia” de Víctor Hugo, palabras que más bien recogen el significado de sentir la profunda “alegría de la tristeza”. Se puede estar alegre de la tristeza porque ese sentimiento contradictorio sirve para no temerle al diagnóstico trágico y también permite asumir la valentía de enfrentar la realidad para evitar que suceda lo que uno teme. Dentro de este ámbito cobra vigencia el planteamiento que Nietzsche hace en El ocaso de los ídolos, según el cual la tragedia está lejos de probar el pesimismo porque “el afirmar la vida, aún en sus problemas más severos, la voluntad de vivir es el más puro espíritu dionisíaco”. De tal manera que podemos pensar en una particular manera de optimismo la que procede en las categorías valorativas de nuestro autor.

Con base en esta hipótesis, procede volver al repertorio de epígrafes planteados más arriba para sostener que el tono directo y aparentemente pesimista encuentra su opuesto en un magistral artículo escrito en 2012, y titulado “La hora de la cultura”. Ahí se resume el espíritu autoafirmativo de un pensador que asume la cultura como un factor de ciudadanía, pero también como una fuente estratégica de recuperación, cambio y reorientación de la sociedad en su conjunto. En este artículo plantea los ocho puntos que conforman sus “mandamientos incompletos” los cuales son necesarios para afrontar los desafíos culturales del país. Ellos se sintetizan en las siguientes deudas:
Deuda jurídica que remite a una ley de cultura.
Deuda institucional que remite al papel del Ministerio de Cultura.
Deuda de competencias que remite al rol de las entidades nacionales, regionales y locales de cultura.
Deuda política que remite al incentivo de industrias culturales.
Deuda de participación que remite al apoyo de las entidades empresariales según fórmulas de patrocinio y mecenazgo.
Deuda de patrimonios que remite al tratamiento del fomento de los aspectos tangibles e intangibles de la cultura.
Deuda de la vinculación histórica que remite a las adecuadas relaciones entre la Cultura y la Educación.
Deuda de las prioridades que remite a fomentar y asegurar los espacios de la creación.

Tal como lo afirma López Ortega, estas deudas deben ser sistematizadas en forma de legado para ser ampliadas en modelos legislativos, programáticos y gerenciales.

En esta propuesta se decanta el alcance de una visión comprometida con la esperanza de un futuro muy alejado de cualquier tristeza pesimista. Y para que no quede ninguna duda respecto a esta aseveración, debemos citarlo, finalmente, para recordar los estimulantes comentarios que escribe en su artículo “Postrimerías” (2015 / p. 718): “Los tiempos históricos no se asemejan a los tiempos humanos, y por lo tanto, frente a las lentas mareas del primero, es comprensible que nos impacientemos (…). Pero dentro de nuestra parca percepción no es un desatino pensar que a Venezuela le vienen nuevos tiempos. Es como si un ciclo llegara a su fin y mereciéramos otro; o como si mi aprendizaje hubiera madurado en nuestro inconsciente colectivo hasta hacernos mejores”.