jueves, 10 de febrero de 2022

Dilemas de Vladimir Putin

 

Dilemas de Vladimir Putin, 

por Félix Arellano





Dilemas de Vladimir Putin
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Al observar la evolución de los acontecimientos en el conflicto promovido por Rusia contra Ucrania, podríamos asumir que Vladimir Putin está alcanzando hábilmente, luego de años de perseverancia, uno de sus objetivos más preciados, asumir un protagonismo y liderazgo a escala mundial. Su ego constituye uno de los factores fundamentales en el escenario y, en estos momentos, su persona se posiciona como el epicentro de la diplomacia y la geopolítica.

Debemos reconocer que ha sido un esfuerzo largo, complejo y cargado de perversidades; ahora bien, paradójicamente al llegar a la cima, se enfrenta con un desafío que puede dar al traste con los avances alcanzados: ¿cómo lograr una salida honrosa o elegante de la telaraña que ha armado entorno a Ucrania, sin afectar los éxitos alcanzados?

Perpetuarse en el poder, al costo que sea necesario, constituye uno de los objetivos fundamentales en la racionalidad política de un gobernante autoritario y Putin lo está logrando exitosamente, para el beneficio de su ego y en detrimento del pueblo ruso y la humanidad en su conjunto. Recordemos que asume por primera vez el poder, como Presidente interino, en 1999 y se ha mantenido en la cúpula desde esa fecha hasta el presente.

Adicionalmente, con las reformas constitucionales que logró imponer, podrá permanecer indefinidamente en la presidencia hasta el año 2036, con amplios privilegios que le garantizan un poder absoluto y los beneficios de la impunidad.

Pero perpetuarse en el poder, asumiendo la aparente formalidad de un juego democrático no es tarea fácil. Al respecto, los gobernantes autoritarios recurren a la represión y la destrucción progresiva de la institucionalidad democrática, las libertades y los derechos humanos para consolidar sus objetivos, y ese libreto lo está desarrollando ampliamente el eterno Presidente de Rusia.

La lista de violaciones es extensa, podríamos mencionar dos casos recientes y emblemáticos, la sistemática persecución contra Alexei Navalni, uno de los líderes de la oposición, y los miembros de su entorno; por otra parte, la liquidación de la ONG Memorial, una prestigiosa institución defensora de los derechos civiles.

Al crecer la represión y también el deterioro económico de la población, –entre otros, por la mala administración a lo que debemos sumar las sanciones económicas que aplican varios gobiernos occidentales, desde la ocupación rusa de Crimea en el año 2014–, el apoyo popular decrece. En ese contexto, una de las primeras opciones del autoritarismo es recurrir a una mayor represión y eso está ocurriendo en Rusia.

Otra alternativa, ampliamente utilizada en el libreto del autoritarismo para lograr cohesión, tiene que ver con la clásica figura del enemigo externo, “la inminente invasión de una potencia enemiga”; narrativa que, por lo general, se acompaña con propuestas de nacionalismo y expansionismo.

Nos encontramos frente al clásico recurso del “trapo rojo o chivo expiatorio”, que Vladimir Putin, –formado en la vieja y tenebrosa KGB, la central de inteligencia de la vieja URSS– está utilizando desde que asumió el poder. El épico discurso de reconstruir el gran imperio que considera le corresponde por derechos históricos, para garantizar la seguridad frente al enemigo externo.

Ese proyecto mesiánico goza de amplio apoyo en el pueblo ruso, que añora el esplendor del imperio de los Zares en el continente euroasiático, cuando Rusia jugaba un papel decisivo en la vieja balanza de poder del “concierto europeo”. Luego, como la URSS que logró un poderoso liderazgo mundial en el marco de la llamada guerra fría.

Cultivar y exacerbar el nacionalismo y el expansionismo no ha resultado difícil para Putin y forma parte de los objetivos fundamentales de la política exterior. Luego, gracias a la creatividad y perseverancia, sin mayores limitaciones ni escrúpulos, está logrando resultados alentadores.

Entre los instrumentos novedosos incorporados en la estrategia expansiva destaca la llamada “guerra hibrida”, que contempla, entre otros, los ataques electrónicos a las instituciones y la utilización de las tecnologías digitales de las comunicaciones para promover las falsas noticias y descalificar, debilitar y desestabilizar a occidente y sus valores liberales fundamentales.

*Lea también: Un artículo sobre otro artículo, por Fernando Mires

Precisamente los valores libertarios representan uno de los mayores obstáculos para la expansión del autoritarismo a escala mundial, en consecuencia, su destrucción es necesaria. Una población empobrecida o ingenua resulta presa fácil de las campañas nacionalistas o xenofóbicas.

La guerra hibrida es compleja, dinámica, versátil; difícil de identificar y enfrentar; utiliza hábilmente las nuevas tecnologías en particular las redes sociales, que se van transformando en la arena del complejo debate político; estimulando racismo, nacionalismo o independentismo; todo lo que pueda dividir y debilitar a occidente.

La guerra hibrida complementa la labor de expansión rusa a escala global, que tiene en Siria y Ucrania dos ejes fundamentales. El apoyo al dictador sirio, que ha resultado exitoso, le ha abierto un importante protagonismo en el Medio Oriente, zona clave de la geopolítica internacional, y con habilidad ha cultivado la relación con las monarquías del Golfo e incluso con Israel.

Con la ocupación de Crimea y Sebastopol en el 2014 y la campaña de secesión en el este de Ucrania en la zona del Donbas, promoviendo las repúblicas de Donetsk y Lugansk, dejó clara la firme decisión de ampliar sus fronteras, con la tesis de garantizar su seguridad ante el enemigo externo de la OTAN que se expande progresivamente.

La osadía de tal intervención, si bien le ganó sanciones de occidente, fortaleció su papel en el marco de la geopolítica del autoritarismo, consolidando sus relaciones con actores fundamentales como: China e Irán; estableciendo la figura de una “Triple Alianza”, que si bien tiene importantes diferencias internas, les une la coyuntura de enfrentar a occidente y sus valores libertarios.

La decisión de promover desde finales del año pasado una importante movilización de tropas frente a la frontera con Ucrania, que se calcula en más de cien mil efectivos, generando un clima de inminente invasión, le ha permitido al Presidente Putin avanzar en el objetivo de transformar a Rusia, y en particular a su persona, en epicentro de la geopolítica mundial. En estos días todos los gobernantes de los principales países de occidente se han comunicado o están visitando a Moscú para abordar la crisis de Ucrania.

Hoy nos encontramos con un Putin fortalecido, que participa en los principales conflictos a escala mundial en primera línea, lo que contrasta con el gobernante débil y aislado de los primeros años en el poder. En la mayoría de las negociaciones que se desarrollan a escala global, Rusia es protagónica; incluso en nuestra mesa de negoción participa como observador. En estos momentos el caso de Ucrania lo ha fortalecido, pero los desafíos se complican.

Estamos conscientes que no resulta fácil prever la conducta de los gobernantes autoritarios, sus cálculos son muy personales e impredecibles; empero, por la disposición que está demostrando Putin a negociar con diversos actores, no pareciera tan dispuesto a realizar la invasión, los costos pueden ser muy altos. Un potencial fracaso, ante una contundente reacción de occidente, puede generar peores consecuencias.

Tampoco a China le conviene un escenario bélico de consecuencias impredecibles. Por otra parte, el reciente encuentro entre los equipos de Ucrania y Rusia en las semifinales de la Eurocopa de futbol es una señal esperanzadora.

En ese contexto, Putin se enfrenta con el reto de lograr una salida decorosa, sin debilitar su baja popularidad en Rusia y manteniendo el liderazgo global. Un panorama complejo para todas las partes. Algunos consideran inaceptable que occidente facilite la salida, pues empodera el autoritarismo estimulando nuevos intentos de expansión frente a Ucrania u otros vecinos, por ejemplo, Bielorrusia. En estos escenarios los gobernantes autoritarios, por lo general, como lo plantea el clásico Dilema del Prisionero, tienden a privilegiar la traición, estiman que no tienen mayores controles o limitaciones.

Jugar a la opción de un Putin derrotado, que seguramente promueven los más radicales, genera el riesgo de la “fiera humillada, que busca la venganza”. Sobre el particular existen diversos ejemplos en la historia, pudiéramos recordar el fracaso de castigar y humillar a Alemania luego de la Primera Guerra Mundial que generó, entre otras, las condiciones para el surgimiento de un Adolfo Hitler y su macabro proyecto nazi en Alemania.

Pero estamos seguros que la capacidad creatividad y la experiencia de diplomáticos, negociadores, y académicos; permitirá construir soluciones equilibradas, dónde todas las partes puedan obtener beneficios. Al respecto, está circulando la propuesta de un acuerdo de neutralidad de Ucrania, con la garantía de diversos actores y el respaldo económico de occidente y su vinculación a la Unión Europea. En ese contexto, seguramente Rusia también puede lograr otros beneficios en el plano económico y comercial.

Ahora bien, como siempre reina la incertidumbre sobre la credibilidad y confianza en los acuerdos con gobernantes autoritarios, seguramente será conveniente adoptar una “cláusula gatillo” como un mecanismo de duras sanciones colectivas, que se activa en caso de incumplimientos.

 

Félix Arellano es internacionalista y Doctor en Ciencias Políticas-UCV.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

lunes, 7 de febrero de 2022

4 de febrero

 


4 de febrero

Cómo muy bien afirmó el General Ochoa, a pocas horas de derrotado militarmente el intento de golpe, había que estudiar las causas del levantamiento militar.-


·         JESÚS E. MAZZEI ALFONZO




03/02/2022 05:00 am

 

Para lo que, en el año 1992, teníamos la edad comprendida entre 20 y 40 años este evento marco nuestras vidas desde el punto de vista existencial y profesional, fue un golpe duro a la institucionalidad política y militar del país. Como muy bien lo plantea y expresa el General Ochoa Antich, Ministro de la Defensa para la época, el pasado 30 de enero ” … Esa fecha permanecerá en la mente de la inmensa mayoría de los venezolanos y será reseñado por nuestra Historia como el día en el cual un grupo de militares, liderado por sus comandantes, traicionaron su juramento de “defender la Patria y sus instituciones hasta perder la vida y no abandonar jamás a sus superiores”. Su acción retrotrajo al país a la barbarie, que creíamos superada, al utilizar las armas de la República para intentar conquistar el poder, derrocando al gobierno que los ciudadanos se habían dado en democráticas y libérrimas elecciones. Igualmente, a pesar de que la asonada militar fue derrotada contundentemente por la inmensa mayoría de profesionales y tropas leales a la Constitución y las leyes, ese hecho puso en entredicho la disciplina interna, la unidad de mando, el espíritu de cuerpo y la subordinación al poder civil logrados durante cuarenta años de democracia. Además del lamentable daño institucional causado por la insurrección, la actitud irresponsable de sus protagonistas enlutó los hogares de 35 venezolanos entre soldados, policías y civiles, que cayeron víctimas de un absurdo enfrentamiento…”.



Por lo tanto, no es una fecha para conmemorar y celebrar, para quienes desde la noche tarde del 3 de febrero, cuando se inició el alzamiento, fecha escogida por los alzados, por tratarse la fecha conmemorativa del natalicio del Mariscal Antonio José de Sucre, que fuimos advertidos por mi querido amigo el Dr. Francisco Plaza, en una llamada a las 12 de la noche, levante a todos en la casa y seguimos en directo por Radio Caracas TV, el asalto al Palacio Blanco y la prevención UNO del Palacio de Miraflores, por una tanqueta Dragón, quedamos estupefactos y preocupados para decir los menos.



¿Por qué sucedió el 4 de febrero?, se pudo evitar el intento de golpe militar, cual fue el papel de los organismos de inteligencia del ejército y de las FF. AA en general. ¿Por testimonios de actores involucrados en esos eventos se sabe que había un grupo de oficiales conspirando desde el año 1987-88, por ejemplo, los eventos del tanquetazo de 1988, no quedo esclarecido del todo por qué no se tomaron las medidas disciplinarias a que diera lugar?, por qué se dejó adoctrinar y cooptar a diferentes promociones de oficiales a través de redes conspirativas al interno del ejército y en general de las fuerzas armadas a lo largo de los años. Claras advertencias dieron el general Carlos Julio Peñaloza, entre otros oficiales, a lo largo de los años 1989-91, cuando deja el cargo de comandante del ejército en un visionario y valiente discurso lanza una serie de advertencias sobre el porvenir. Hay testimonios precisos que él quiso tomar medidas disciplinarias contra los conspiradores, pero fue desautorizado por el presidente Pérez, en su condición del Comandante en Jefe de la FF. AA. Dos libros valiosos en mi biblioteca testimonian documentalmente los sucesos de aquellos años, el libro del Almirante Elías Daniels a quién tuve el privilegio de conocer y tratar, sobre los eventos del 4 de febrero y el libro y artículos de opinión del general Ochoa vertidos a lo largo de su carrera como articulista de opinión de cómo se rindió Hugo Chávez y los conspiradores en esa fecha lamentable.



Son testimonios importantes también están los estudios del Dr. Domingo Irving, destacado estudioso del tema militar en Venezuela, lamentablemente fallecido prematuramente, que explican muy bien los detalles antes y después de la conspiración. Se alzó una élite importante del ejército venezolano, algunos calculan que el 10% del componente de esa fuerza.

El Presidente Pérez a quién le reconozco sus méritos como hombre público, pero que cometió graves errores de conducción y pericia política desde el diseño e implementación de las políticas públicas, que causaron gran descontento y no tuvieron un amortiguador social efectivo y de negociación política necesaria para su articulación e implementación de lo que se denominó el Gran Viraje. Pérez un político audaz y sagaz, con gran experiencia política y gubernamental, se sobreestimo en sus posibilidades y no tuvo la percepción del caso para tomar los correctivos a tiempo y se enajeno el apoyo de importantes sectores políticos y sociales de la sociedad política y civil del momento.



Cómo muy bien afirmó el General Ochoa a pocas horas de derrotado militarmente el intento de golpe, había que estudiar las causas del levantamiento militar y además, el estamento militar cometió errores de conducción comunicacional y política, de los hechos, posterior a la rendición de los alzados ( la alocución de Chávez en vivo y directo, por ejemplo), el liderazgo político de aquél entonces sufría de autismo político, con algunas excepciones como la Rafael Caldera, que le permitiesen percibir adecuadamente las diversas situaciones, que convirtió una derrota militar, en un éxito político y comunicacional, que simbólicamente tiene mucho valor para el análisis de los eventos.



De ese tiempo hay que sacar muchas lecciones e indudablemente, como expresa el general Ochoa…” No cabe duda de que el 4 de febrero marcó el inicio del fin de lo alcanzado el 23 de enero de 1958…”.



jesusmazzei@gmail.com

 

Edgardo Lander: “Esto terminó siendo el peor de los mundos”

 https://prodavinci.com/edgardo-lander-esto-termino-siendo-el-peor-de-los-mundos/


ENTREVISTA

Edgardo Lander: “Esto terminó siendo el peor de los mundos”

POR Hugo Prieto

Edgardo Lander retratado por Alfredo Lasry / RMTF



06/02/2022

Para caracterizar el momento político actual, lo mejor sería que dejemos de mirarnos el ombligo. Querámoslo o no, los venezolanos estamos inmersos en el devenir de procesos globales que Edgardo Lander* enumera: “Una crisis civilizatoria que abarca el conjunto del planeta, en la cual los proyectos imaginarios y alternativos, que parecían posibles, se han derrumbado; el colapso ecológico amenaza la vida de todos; hay un avance de una derecha autoritaria, xenófoba, racista, que está en todas partes -desde la India y Europa del este hasta en los Estados Unidos, pasando por Brasil-. La descomposición es muy severa. La democracia liberal está en retroceso, acorralada y empobrecida como experiencia de convivencia y resolución de los conflictos sociales. Obviamente, Venezuela no es la excepción. Nuestra crisis es profunda e incorpora todo eso, además de particularidades que la exacerban. Creo que ese es el contexto general para entender el momento actual”.

Y serviría, igualmente, para entender “la agresiva ofensiva del gobierno estadounidense hacia Venezuela, lo que fue la política de Trump, lo que ha sido el efecto de las sanciones, todo eso está en ese contexto, no es algo que tenga que ver solo con los procesos de Venezuela”.

De antemano le pido disculpas si esta pregunta resulta una provocación: ¿sus palabras, digamos, serían la excusa para no abordar el tema de Venezuela?

No. En lo absoluto. Creo que es un preámbulo necesario. Y no lo hago para sacarle el cuerpo a la discusión sobre el país. Por otra parte, quisiera completar la idea: en China y en Rusia, lo que hay son gobiernos crecientemente totalitarios. El modelo que gobierna en China es una distopía totalitaria tecnocrática, de control total de la sociedad por parte del partido Estado. China dejó de estar en el horizonte normativo de lo que sería una sociedad deseable, desde hace mucho tiempo.

El sueño del camarada Stalin.

Sí, el sueño de Stalin. A pesar de que en China, aparentemente, la mayoría de la población está satisfecha, porque sus condiciones de vida han cambiado muy rápido en corto tiempo. La abundancia material tiene su peso.

Dicho esto, ¿podríamos abordar el tema de Venezuela?

No sería nada original decir que nos encontramos en una profunda crisis multidimensional: económica, humanitaria -hay que ver que lo que significa que más de seis millones de venezolanos, en su gran mayoría jóvenes, hayan huido del país porque no veían ningún futuro- la sensación, en mucha gente, de que todo está perdido, de que no vale la pena hacer nada porque el Gobierno los va a reprimir. Esa sensación de desencanto de que todo se intentó y nada se dio.

Esa sensación de derrota.

Aquí se ha vivido una profunda derrota. No es una derrota de la izquierda o de la derecha. Es una derrota del país. Quienes, desde la izquierda, tenían la expectativa de que esto podía conducir a un tipo de cambio han vivido esta experiencia como una profunda derrota de sus proyectos, de sus expectativas o de un futuro posible, por la sencilla razón de que esto terminó siendo el peor de los mundos. Y desde la derecha o el pensamiento liberal, ha sido la imposición de un gobierno autoritario y también lo han vivido como una profunda derrota de las expectativas de la democracia en Venezuela. Un país que, según la literatura gringa, aparecía como el ejemplo del modelo democrático, en medio de las dictaduras que asolaron a América Latina.

Usted dijo que la democracia liberal está a la defensiva, acorralada. ¿Qué diría de las particularidades de ese proceso en Venezuela? ¿Del desencanto que tienen los venezolanos?

Durante los primeros 20 años del Pacto de Puntofijo, Venezuela vivió una época de expectativas de mejoría en el futuro, una ampliación muy importante en los niveles educativos, una expansión extraordinaria del papel de las universidades como expresión de la movilidad social, incluso de sectores populares. Había, por supuesto, abundancia de ingresos petroleros, lo que hace “una pequeña diferencia”, y estos dos partidos, Acción Democrática y COPEI, tenían legitimidad. Así como la Polar, Acción Democrática tenía una casa en cada pueblito del país. Había tejido social que se identificaba con esos partidos. Pero eso se fue perdiendo gradualmente. Esas expectativas de que el ingreso petrolero iba a ser abundante todo el tiempo, de que el Estado iba a responder, obviamente, no eran sostenibles.

Las protestas de sectores populares en Brasil, bajo el gobierno de Lula, demostraron que la gente es malagradecida, pero creo que tenían razón. Una vez que se resolvieron problemas como el hambre, la pregunta era ¿y ahora qué? ¿No cree que eso también pasó en Venezuela?

Yo creo que es más que eso. Uno no puede establecerles límites a las expectativas. Paso de la línea de pobreza, ahora tengo un televisor y comida en la nevera. No. Siempre las expectativas generan más expectativas. Pero en el país también fue una crisis de profunda legitimidad porque esos partidos, que se sentían como el lugar de expresión de aspiraciones, se fueron convirtiendo en aparatos burocráticos, en aparatos para ganar elecciones. Dejaron de ser expresión social. El discurso político venezolano se fue separando de esa lógica socialdemócrata que caracterizó a la democracia después de 1958. Se fue abandonando lo popular y en la crisis coincidió la dimensión económica y la dimensión política. No se puede decir que la crisis política es consecuencia del agotamiento del rentismo, pero ambas cosas se fueron entreverando hasta el punto en que en Venezuela había una gran desconfianza en los políticos, en los partidos. Una reducción creciente de la participación electoral, porque “por esa vía no se iba a lograr nada”. Como proceso de descomposición, duró bastante tiempo. Y eso no tenía vocería, no tenía expresión, porque los partidos de izquierda llegaron a ser tan minoritarios, tan poco representativos, que tampoco tenían posibilidades de recoger ese malestar y presentarse como alternativa.

En estos años, esa descomposición se ha expresado en un lapso mucho más corto. ¿No resulta inquietante? Un hombre que llegó agitando el tema popular, que se abrogó, además, la representación de un pueblo… apenas se murió y esto se acabó. Queda un aparato, algo parecido a un partido político, por llamarlo de alguna manera, y una franquicia. ¿No sería más frustrante todavía?

Más frustrante, sí, porque las expectativas fueron mayores, para una porción muy importante de la población venezolana. Efectivamente, los años de Chávez fueron de inmensas expectativas, inclusive en momentos en que el ingreso petrolero seguía siendo muy bajo y la posibilidad de desarrollar políticas sociales, que se aplicaron luego, era muy limitada. De alguna manera, Chávez logró darle un sentido, una vocería, a ese descontento. Eso, en los primeros años, fue más simbólico que otra cosa. Pero no creo que uno pueda decir que todo se debe a la muerte de Chávez. Yo creo que los problemas vienen de mucho antes.

¿Cuando Nicolás Maduro se asume como “el hijo de Chávez” forma parte -o le da continuidad- a ese proceso?

Absolutamente. Pero yo estoy en desacuerdo con muchas de las interpretaciones que se hacen desde el PSUV y desde el Gobierno, intelectuales, digamos, que establecen una diferencia categórica entre Chávez y Maduro. Obviamente, Maduro no es Chávez. Pero muchos de los problemas fundamentales que afrontamos en el país tienen que ver con el propio proyecto de Chávez, con la propia noción que tenía de sí mismo y del papel que debía jugar. Son varias cosas, ¿no? Chávez declaró que esto era socialista (2005) con una absoluta ausencia de conciencia histórica de lo que había significado el socialismo. El socialismo realmente existente, en esencia, el socialismo soviético, terminó siendo un lugar que negaba la democracia, un lugar autoritario, un lugar de devastación ambiental, un proyecto que no era capaz de superar la lógica de crecimiento y destrucción propia del capitalismo, porque lo que se propuso, justamente, fue acelerar ese proceso. Llegó un momento en que Jrushchov dijo que el socialismo (la extinta URSS) había superado al capitalismo porque producía más toneladas de acero y de cemento que Estados Unidos. Desde el punto de vista civilizatorio, el modelo soviético tampoco representó una alternativa.

Una falta de conciencia histórica, nada más y nada menos, que después de la caída del Muro de Berlín. Era como presentar la opción de algo que ya no era. 

Hubo un cambio en el tiempo. Hay declaraciones, discursos y cosas que lo demuestran. Por ejemplo, la entrevista que le hizo Agustín Blanco Muñoz a Chávez, que publicó en “Habla el comandante”. En un momento, Chávez dice que está por una tercera vía, que no se refiere a la tercera vía de Tony Blair, ni nada por el estilo, sino en contra del modelo liberal capitalista, en contra de la experiencia del socialismo real. Era un proyecto que tenía que ver con las raíces latinoamericanas, con los pueblos aborígenes y afrodescendientes. Entonces hablaba de Simón Rodríguez, de Zamora, que en modo alguno representaba el socialismo ni nada parecido. Eso con el tiempo se fue alterando por varias razones. Una de ellas fue la confrontación con el empresariado y con las élites, y Chávez necesitaba un discurso muy contundente para enfrentarse a eso. Pero, además, la influencia cubana, en términos ideológicos, de la noción de socialismo y del papel del Estado, se fue incrementando. Y cuando al fin se declaró (en el Foro de Porto Alegre) que el proyecto venezolano era socialista, efectivamente ocurrió con esa ausencia total de conciencia histórica, lo cual significa ausencia de prevención histórica. O sea, ¿por qué pasó lo que pasó? ¿Y qué habría que hacer para evitar que lo que pasó vuelva a pasar? Eso no estuvo presente, en absoluto. Y la izquierda venezolana, que en la década del 60 y 70 había tenido un debate muy rico sobre el socialismo, sobre el partido único, sobre el papel del Estado y todas esas cosas, se ha olvidado de eso, se ha lavado las manos. La intelectualidad de esa época había abandonado toda opción de izquierda -muchos terminaron siendo neoliberales, otros se habían muerto, otros habían publicado cosas que después no se reeditaron-. Se dio una especie de borrón y cuenta nueva. “Vamos a empezar el socialismo desde cero”. Pero lo que se terminó construyendo es una reiteración de los mismos problemas y de las mismas lógicas.

Tenemos que ver, como parte de esa falta de conciencia histórica, el caso de Cuba. Una experiencia fracasada. Resulta increíble que en ese país se estén aplicando penas de hasta 20 años de cárcel a personas que salieron a protestar en las calles. El terror, el miedo, la represión… 

… como única respuesta. Algo que me ha parecido un punto de ruptura de este proceso fue el momento en que Chávez llamó a la conformación del partido unitario de la revolución venezolana. Precisamente, ahí está -como más claramente expresada- esa falta de noción de reconocimiento de la historia. Es decir, una de las experiencias que condujeron a todos los socialismos, sin excepción, al autoritarismo fue esa fusión Estado partido, porque esa es la negación de la pluralidad, del debate abierto y de, efectivamente, plantearse la ampliación de la democracia.

¿Diría que eso fue por inercia, por desconocimiento de la historia, quizás por flojera o por una combinación de esas tres cosas?

Yo creo que tiene que ver, primero, con la ausencia de una conciencia histórica. Pero también con una concepción del poder y de la política, desde una construcción absolutamente polar: los buenos y los malos, aquí está el pueblo y allá los escuálidos. Acá los amigos y allá los enemigos. Eso tiene relación con los estilos y el modelo de algunos liderazgos, con el liderazgo y la cultura militar, por ejemplo. Allí no hay sino obediencia. Y eso estuvo presente desde el primer día. En segundo lugar, con el proceso de construcción de esa figura carismática, con seguimiento incondicional de la gente que lo rodea. Yo estoy convencido de que no hay ser humano, ni ninguno de los santos del santoral católico, que resistiría tanta adulancia y jalabolismo por parte de la gente con la que pueda tener contacto. Eso lleva a una suspensión de cualquier juicio crítico. Los procesos políticos son difíciles, son complejos, tienen muchas aristas, muchas dificultades, y solo con una reflexión crítica permanente y contrapuesta con otras opiniones es posible -de alguna manera- navegar ese rumbo. Pero si se hace desde una postura en la cual “yo tengo la razón siempre”, entonces, la construcción del modelo político, que permita que la razón y la verdad se impongan, no es posible, entre otras cosas, porque aquella es una postura incuestionada.

Advertencias hubo en 2007 -la derrota en el referéndum constitucional-; advertencias hubo en 2010 -con resultados electorales que ya no eran tan favorables al chavismo-, y también en 2013, ya con sectores abiertamente descontentos. Son episodios de cuestionamiento, de malestar de crítica. Pero la respuesta fue lo más parecido a “sigamos adelante, porque esas son las voces del desierto”. Hay cierta tozudez, ¿no? 

Yo creo, además, que hay una parte de la intelectualidad de la izquierda internacional corresponsable. Diría que se convirtieron en una especie de coro de alabanza a lo que estaba ocurriendo en Venezuela, en una forma absolutamente acrítica. Esos encuentros de artistas e intelectuales, de los sucesivos encuentros que se hacían en el teatro Teresa Carreño, terminaron reforzando la idea de que lo que aquí estaba pasando era maravilloso, que no había nada que criticar, que el presidente Chávez era un líder de la revolución mundial. No solo hubo una abdicación de lo que debe ser un intelectual crítico, reflexivo, de encontrar y destacar problemas, sino de clausurar la posibilidad del debate y dar un sello de aprobación, diría, a lo que está pasando. Se fue haciendo más y más autoritario y, con ese sello de aprobación, siguió, siguió y siguió.

El papel de la izquierda, hasta donde tengo entendido, siempre fue la crítica, la advertencia y moderar al poder. Entonces, ¿la izquierda no se puede moderar a sí misma?

Aparentemente, no. Hay una historia lamentable en buena parte de la izquierda en el mundo: la limitada capacidad de reflexión crítica sobre ¿por qué se hizo lo que se hizo? ¿Por qué pasó lo que pasó? Se supone que eso sería, normativamente, el pensamiento de la izquierda. Un pensamiento reflexivo, que va tomando en cuenta nuevos factores. Por eso te digo que el papel de buena parte de esta izquierda coro, que participó legitimando el gobierno de Chávez, fue de una grotesca irresponsabilidad, porque le dieron sello de legitimidad a un proceso, cuyas tendencias autoritarias eran claras, eran nítidas. Pensar que “como esto es de izquierda y la derecha es peor, entonces hay que aprovechar esto” niega la reflexión crítica, que, además, es una condición de la vida. La posibilidad de construir otro mundo pasa por ir evaluando, corrigiendo, examinando. Pero si por definición no hay errores posibles. Si todo lo que se hace está bien. Eso termina siendo una patología que conduce, por el camino inexorable, al autoritarismo.

En términos de responsabilidades, ¿podría profundizar en cómo fue que llegamos al llegadero?

Por una parte, está la responsabilidad del Gobierno -la política económica, las tendencias autoritarias-. Este desastre, claramente, es responsabilidad del Gobierno. Pero también hay una muy fuerte responsabilidad de los partidos de oposición durante estos años. ¿Por qué? Porque son partidos que le han dado prioridad a sus conveniencias, por encima de los intereses generales del país, porque los egos de los diferentes dirigentes impiden que surja una alternativa, porque han apoyado de una forma brutal las amenazas e intervenciones del Gobierno de Estados Unidos, en términos de estrangulamiento, en términos de sanciones, que han tenido un impacto muy severo en las condiciones de vida de la población venezolana. No solo es la acción del Gobierno, sino las sanciones las que han colapsado la economía venezolana. Y también porque han manejado recursos de la nación de una forma muy poco transparente; Monómeros es un caso típico de corrupción. Lo que alguna vez hicieron, presentar candidatos únicos a elecciones (2015), digamos, lo que podría ser “el momento estelar” de esta oposición, eso se abandonó por completo y terminó siendo una pelea a cuchilladas. La cosa de Cúcuta, el episodio del distribuidor Altamira. Todas esas cosas nos han llevado a la situación actual. No le estoy restando responsabilidad al Gobierno. En lo absoluto. Pero esto es un desastre que se ha ido retroalimentando de una forma muy brutal. Por eso hoy, la evaluación que la población venezolana hace de la dirigencia opositora es similar a la que hace de la dirigencia del Gobierno.

***

*Sociólogo por la Universidad Central de Venezuela. Phd por la Universidad de Harvard. Profesor universitario. Investigador del Cendes. Su firma aparece con frecuencia en ensayos y artículos de distintas publicaciones académicas.

 

miércoles, 2 de febrero de 2022

¿Fantasmas en la integración?

 

¿Fantasmas en la integración?, 

por Félix Arellano





¿Fantasmas en la integración?
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Escasos resultados, bajo impacto y una actitud indiferente ante los problemas fundamentales que enfrenta la integración regional, podrían ser algunas de las lecturas que genera, la intensa jornada que se vivió en Colombia, como país anfitrión de una serie de reuniones de organizaciones de integración económica, que incluyó: la XVI Cumbre de Jefes de Estados de la Alianza del Pacifico (AP), que se efectuó en Bahía Málaga en el pacífico colombiano el pasado 26 de enero; la III Cumbre de Jefes de Estado del Foro para el Progreso de América del Sur Prosur realizada en Cartagena el día 27 y la II Reunión de Ministros del Mecanismo de Coordinación entre Colombia y el Caricom que se celebró en Barranquilla el día 28.

La Cumbre de la Alianza del Pacifico (AP) ha sido el tema que generó mayor atención mediática; en particular, la suscripción, en el marco de la reunión, de un acuerdo de libre comercio con Singapur, que se convierte en país asociado del bloque, que cuenta con más de 50 países observadores. Un acuerdo relevante en el plano económico comercial, que va consolidando uno de los objetivos fundacionales de la AP, desarrollar una orientación geoeconómica al eje Asia-pacífico.

La AP constituye un ambicioso proyecto de apertura de mercados en bienes, servicios, capitales y libre circulación de personas, conformado por cuatro países fundadores: Chile, Colombia, México y Perú, establecido en abril del 2011.

Adicionalmente, cabe destacar que, desde su creación, ha logrado importantes avances en el plano económico comercial, como la desgravación del 92% del comercio de bienes, una amplia liberación en el sector de los servicios y la conformación de un mercado integral de bolsas de valores (MILA).

Dentro del sombrío panorama que presenta la integración regional desde hace varios años, la AP ha destacado, entre otras, por su coherencia en el desarrollo de los objetivos de apertura de mercado y rechazo al proteccionismo e intervencionismo estatal; el pragmatismo de su regionalismo cruzado, al promover relaciones comerciales sin mayores consideraciones ideológicas y el minimalismo institucional, evitando una pesada y onerosa burocracia.


Conviene destacar que la Cumbre de la AP contó con la asistencia de la mayoría de los Jefes de Estado (Chile, Colombia y Perú), –con la usual ausencia del Presidente de México, quien poco participa en reuniones fuera de su país y, además presentaba una complicación de salud– lo que puede interpretarse como un importante respaldo político a la Alianza; empero, se desconoce si fue abordado el tema del fantasma ideológico, que con los nuevos gobiernos de izquierda de los países miembros, se va posicionando en la institución.

Para los críticos, la Alianza constituye una manifestación del liberalismo rígido, sin mayor sensibilidad social, concentrando en los procesos de apertura e indiferente a los mecanismos de equidad, que permitan hacer frente a los problemas que genera el libre comercio para los sectores más débiles y vulnerables.

La tendencia al déficit de sensibilidad social en los procesos de integración económica, se ha convertido en una de las banderas que sostienen los grupos populistas y radicales en la región, utilizando la situación para conformar una narrativa desproporcionada que sataniza el libre mercado y menosprecia los beneficios económicos y sociales que genera el libre comercio.

Lo paradójico es que desarrollan una narrativa muy crítica por el déficit de equidad, pero no enfrentan efectivamente los problemas y, por el contrario, generan nuevas y mayores complicaciones, entre ellas, el estancamiento y fragmentación de la integración.

En efecto, con el ascenso de movimientos populistas y radicales en varios gobiernos de la región, que algunos definen como la ola roja, se inició un proceso de revisión y reconstrucción de la integración económica, desde una óptica eminentemente ideológica, dando inicio a la fase postliberal de la integración.

Dicha fase se puede caracterizar, entre otros elementos, por el estancamiento de los compromisos de libre comercio, el debilitamiento de los esquemas tradicionales de integración (Comunidad Andina, Mercosur) y la creación de nuevas instituciones (ALBA, Unasur, Celac), que se han concentrado en un debate político ideológico; generando un burocratismo que duplica esfuerzos e incrementa costos, con una marcada ineficiencia en términos de generación de crecimiento económico y bienestar social.

Pero la interesante dinámica política en los países con sistemas democráticos competitivos, ha permitido que el voto castigo se imponga, generando un proceso de péndulo ideológico. Luego, en la llamada ola azul de gobiernos liberales que fue creciendo en la región, se inicia el desmantelamiento de las instituciones del populismo. Al respecto, cabe destacar que, de los 12 países miembros fundadores de Unasur, solo quedan 4 miembros activos (Bolivia, Guyana, Surinam y Venezuela), se han retirado 7 (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Uruguay) y Perú se mantiene suspendido.

En el caso de la Celac, no obstante, los esfuerzos de reactivación que desplegó el gobierno de México, como anfitrión de la más reciente Cumbre, se mantiene prácticamente paralizada y Brasil se ha retirado. Pero la ola azul también ha dejado su impronta política en la institucionalidad de la integración, al promover el Foro para el Progreso de América del Sur Prosur, proyecto suscrito en marzo del 2019.

Sobre Prosur algunos críticos se preguntan ¿si realmente constituye un proyecto de integración o simplemente una revancha política contra las instituciones del populismo radical?; otros van más lejos y cuestionan sus improvisaciones y poco protagonismo frente a los problemas que está enfrentando la región, en particular la integración económica.

Las recientes cumbres efectuadas en Colombia han podido constituir una oportunidad para analizar el problema del fantasma ideológico que, con la dinámica de un péndulo, está acechando la integración regional, generando desintegración y fragmentación. En el caso de la Alianza del Pacifico los actuales gobiernos de México, Perú y el próximo gobierno de Gabriel Boric en Chile, –sin contar con las posibilidades de un triunfo de la izquierda en las próximas elecciones de Colombia–, son críticos frente a los objetivos marcadamente liberales de la Alianza.

Pero la situación es compleja, no debemos satanizar los nuevos gobiernos, pues en general, una es la opinión de los candidatos en la primera vuelta en elecciones democrática competitivas, donde el tono tiende a ser radical y estimular más pasiones que racionalidad. Otro tono más prudente se asume si pasan a la segunda vuelta, en las negociaciones para atraer el voto de los sectores moderados y, otra diferente, más prudente y negociadora se tiende a presentar si llegan al poder, con el objeto de lograr la anhelada gobernabilidad.

En ese contexto, el caso del Presidente Pedro Castillo resulta claramente ilustrativo, al momento podemos identificar como mínimo tres posturas diferentes en su corta trayectoria política, además de mucha improvisación. Si nos guiamos por el discurso radical al iniciar su candidatura, fiel a los postulados extremistas de su partido Perú Libre, en particular del jefe del partido Vladimir Cerrón, se esperaba que Perú se retiraría de los acuerdos de libre comercio por su naturaleza de “capitalismo salvaje”; ahora, en el poder, lo encontramos asertivo en las cumbres efectuadas en Colombia, apoyando las instituciones que, un tiempo atrás, satanizaba.

En ese contexto también destaca el caso de Manuel López Obrador en México que, en los primeros años de su larga carrera política, se presentaba como enemigo de la apertura comercial y, en particular de las negociaciones del acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos; luego, varios años después, al llegar al poder, ha trabajado activamente con Canadá para enfrentar la embestida del Presidente Donald Trump contra el TLC, vigente desde el 01 de enero de 1994.

En estos momentos nos encontramos con la incertidumbre que genera Gabriel Boric, un joven entusiasta de las tesis socialistas, quien asumirá la presidencia de su país el próximo 11 de marzo. Conviene recordar que Chile representa un país estrella del liberalismo económico en la región, paladín de las negociaciones de libre comercio, situación que fue sostenida incluso por anteriores gobiernos de orientación socialista, como fue el caso de la Sra. Michell Bachelet, quien ejerció en dos oportunidades de la presidencia.

Si asumimos el discurso de los candidatos de la izquierda, el futuro de la Alianza del Pacifico y de Prosur se presenta muy incierto, pero no debemos prejuzgar y, además, en buena fe, debemos otorgar el beneficio de la duda. Ahora bien, deberíamos trabajar para superar el esquema del péndulo ideológico que afecta al funcionamiento de la integración económica en la región, pues la experiencia indica que solo genera pérdida de oportunidades, aislamiento e incremento de la pobreza.

 

Félix Arellano es internacionalista y Doctor en Ciencias Políticas-UCV.

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