miércoles, 20 de abril de 2022

Lecciones peligrosas

 

Lecciones peligrosas, 

por Félix Arellano

El chantaje de Putin
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Cada día que pasa la invasión rusa a Ucrania acrecienta el desastre humano y, adicionalmente, genera lecciones destructivas, que incrementan las angustias e incertidumbres sobre la paz y la convivencia a escala mundial. Ahora bien, ante las amenazas que está generando el expansionismo ruso y, en general la geopolítica del autoritarismo, como ciudadanos y miembros de la sociedad civil, enfrentamos el desafío de defender y fortalecer los valores libertarios, los derechos humanos y la institucionalidad democrática.

Entre las lecciones negativas que está estimulando la invasión rusa, destaca el fortalecimiento del aforismo de raíces romanas: “si quieres la paz, prepárate para la guerra” (Si vis pacem, para bellum, Publio Flavio Vegécio). El mundo ha entrado en una vorágine conflictiva y militarista, que está consumiendo las fuerzas pacifistas y desplazando la agenda social y los valores liberales; incluso temas tan sensibles como el cambio climático están perdiendo el interés de los gobiernos.

La gravedad de la amenaza militar rusa frente a Europa y occidente en su conjunto, paradójicamente, ha obligado al nuevo gobierno alemán, conformado por partidos políticos de marcada tradición pacifista, a incorporar en la agenda el fortalecimiento militar de Alemania.

La Unión Europea, una institución que nació para promover la paz y la prosperidad de sus países miembros, también ha iniciado los debates del tema de la defensa común y está participando activamente en la reactivación de la OTAN, una organización que había perdido su horizonte.

En este contexto, debemos incorporar la difícil situación que están enfrentando Suecia y Finlandia, países tradicionalmente promotores de la paz y la convivencia que, ante la amenazan expansionista rusa, están considerando seriamente la posibilidad de incorporarse en la OTAN y, por esa razón, ya han recibido la amenaza del chantaje nuclear ruso.

La tendencia militarista también forma parte de la agenda estratégica de China, lo que tiene encendidas las alarmas en la mayoría de sus vecinos, con los que mantiene tensas relaciones, son los casos de los países ribereños del mar de la China Meridional (Brunéi, Indonesia, Malasia, Filipinas, Taiwán, Vietnam), la India en la zona de Cachemira y, con mayor intensidad, el caso de Taiwán, que enfrenta la amenaza de una posible invasión, toda vez que el gobierno chino la define como “la isla rebelde”.

Otra de las lecciones destructivas que está promoviendo la invasión, tiene que ver con el fortalecimiento del armamento nuclear, como medio de disuasión e instrumento para un reposicionamiento estratégico en el contexto internacional. Con la invasión de Ucrania, el presidente de Rusia Vladimir Putin, ha iniciado un chantaje nuclear contra occidente, que los gobiernos democráticos occidentales prudentemente están tratando de enfrentar, con dificultades.

Desde Ucrania se insiste en la percepción que los han dejado solos. En efecto, no se ha adoptado una reacción militar contundente. Por una parte, debido a que Ucrania no pertenece a la OTAN y, por otra, por el legítimo temor, que una reacción en conjunto abra la puerta para una tercera guerra mundial. Críticos radicales manejan diversas tesis para descalificar el comportamiento de los gobiernos occidentales, entre ellas, el pragmatismo acomodaticio o la cobardía.

La prudencia de occidente frente al tema nuclear, está estimulando las posiciones desafiantes de países como Corea del Norte o Irán, que perciben los programas nucleares como sus paraguas de defensa y fortalecimiento en el contexto internacional. El caso de Irán merece un breve comentario, pues desde hace un año se están desarrollando negociaciones con Estados Unidos, bajo la intermediación de la Unión Europea, para reactivar el acuerdo de control del programa nuclear iraní, firmado en el 2015, que contó con la participación de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas más Alemania; empero, el presidente Donald Trump lo denunció en el 2018.

A principios del presente año parecía inminente la reincorporación de los Estados Unidos en el acuerdo, lo que implicaba la reactivación de los mecanismos de control y supervisión, con la activa participación de la Organización Internacional de Energía Atómica. Pero en estos momentos, se presenta como una decisión muy compleja para la administración del presidente Biden, además de la crisis con Rusia, el acuerdo cuenta con la oposición del partido republicano, las monarquías sunitas del Golfo e Israel, su tradicional aliado en el medio oriente.

Los críticos de las actuales negociones coinciden en afirmar, que el acuerdo representa una válvula de escape, que facilita el desarrollo del programa nuclear iraní, al eliminar las diversas sanciones que está aplicando el gobierno de los Estados Unidos contra Irán, luego de la denuncia del acuerdo. Un argumento importante, pero que no plantea soluciones y exacerba el enfrentamiento con el gobierno teocrático de Irán.

En el inventario de las lecciones destructivas, el chantaje nuclear ruso, seguramente está estimulando que otros gobiernos autoritarios consideren la opción de incursionar en el ámbito nuclear, como parte de sus posiciones revisionistas y anti sistema, que también contribuyen a consolidar a los autócratas en el poder.

Por otra parte, para muchos, la invasión rusa a Ucrania ha herido de muerte al orden liberal internacional y los valores libertarios que constituyen su base fundacional. Al respecto, no podemos negar que la institucionalidad internacional existente resulta inútil para enfrentar la invasión, entre otras, por la figura del veto en manos de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, Rusia entre ellos. Si bien la eliminación del veto no constituye garantía de éxito, podría contribuir a dinamizar el papel de la organización, en situaciones tan complejas como la que estamos enfrentando.

Adicionalmente, debemos reconocer que las limitaciones y debilidades de las instituciones, no implica que los valores liberales han fracasado, por el contrario, la invasión a Ucrania ha dejado clara la naturaleza del autoritarismo, que no tiene límites internos, pues los destruye progresivamente y tampoco acepta limites o controles a nivel internacional y por eso trabaja para eliminar el orden liberal internacional.

La invasión también está evidenciando que la capacidad de acción de los gobiernos en el contexto internacional se presenta limitada, tanto por el chantaje nuclear, como por el papel de la autodeterminación, es decir la visión rígida de la soberanía, una de las banderas fundamentales de los grupos populistas y autoritarios. En tales condiciones se repotencia el papel de los ciudadanos y la sociedad civil como potencial limite al ascenso del autoritarismo.

La expansión y consolidación de los sistemas democráticos permite a los ciudadanos ejercer un mayor control de sus gobiernos, capacidad que se fortalece por intermedio de diversas instituciones, tales como: los partidos políticos, los sindicatos, los gremios y asociaciones, los centros de investigación, las organizaciones no gubernamentales, los medios de comunicación y la familia.


El autoritarismo está desarrollando una compleja guerra hibrida para debilitar las democracias y eliminar los valores liberales, lo que genera un gran reto que se debería enfrentar desde las bases de la sociedad. La decisión sobre la información que recibo, acepto y asimilo nos corresponde de forma individual; en consecuencia, resulta fundamental la actitud crítica y reflexiva, que se constituye en nuestra principal herramienta frente a la narrativa manipuladora que se extiende a escala mundial contra las libertades.

Félix Arellano es internacionalista y Doctor en Ciencias Políticas-UCV.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

 

martes, 19 de abril de 2022

Sin superar la economía extractiva, Venezuela seguirá siendo pobre

 Sin superar la economía extractiva, Venezuela seguirá siendo pobre

Humberto García Larralde, economista, profesor (j), Universidad Central de Venezuela, humgarl@gmail.com

 





Hace diez años, Daron Acemoglu y James Robinson, académicos de universidades estadounidenses, publicaron un libro, Por qué fracasan los países, que ayuda a aclarar la grave disyuntiva que, en materia económica, enfrenta Venezuela. Argumentaron que la diferencia fundamental entre países desarrollados y aquellos que no lo son reside en el tipo de instituciones, tanto políticas como económicas, engendradas al calor de sus respectivos procesos históricos. En los primeros, las luchas sociales labraron instituciones de naturaleza inclusiva, caracterizadas por reglas de juego comunes a los integrantes de una sociedad, base de un Estado de Derecho capaz de hacer respetar la pluralidad de intereses y de iniciativas que en ella se desenvuelven, y de amparar los intereses legítimos de las minorías. Afianzaron las garantías a la propiedad, de contratación y de respeto por los derechos adquiridos, permitiendo que la gente pudiese proseguir, libremente, la satisfacción de sus necesidades. Se asentó un mayor reparto del poder político entre la población, limitando su concentración y ejercicio arbitrario.

 

Por el contrario, la incapacidad de otros países por exhibir procesos sostenidos de desarrollo a favor de las mayorías se debe a que sus instituciones son de naturaleza extractiva, puestas al servicio de la extracción de rentas y riquezas del resto de la sociedad por parte de las élites dominantes. Se asocian, por ende, con autocracias que concentran el poder, con pocas limitaciones a su provecho personal. Está en el interés de estas élites fortalecer esa institucionalidad extractiva, tanto en su dimensión económica como política, sin escatimar para ello mecanismos de naturaleza abiertamente represiva. Pocos dudarán que esta caracterización viene como anillo al dedo para describir al régimen chavomadurista.

 

En Venezuela, la dependencia de enormes rentas petroleras para financiar las inversiones y el gasto público corriente forjó instituciones de naturaleza extractiva en lo económico, conformando un Estado interventor, con gran discrecionalidad para manejar esa renta. Coexistieron, empero, con instituciones inclusivas en lo político, resultado del celo democrático de los dirigentes políticos que sucedieron a las dictaduras de Gómez y de Pérez Jiménez. Sin embargo, quedaba patente la tensión entre ambos tipos de instituciones, en particular, la tentación de un presidencialismo protagónico por aprovechar las potestades económicas concentradas en el Estado, propietario del petróleo, para adelantar proyectos particulares. Alimentó una cultura política que afrontaba los problemas de desarrollo, no con mayor protagonismo ciudadano en la toma de decisiones –profundizando la inclusividad--, sino con una mayor sumisión de los mecanismos autónomos de mercado al Estado, en función de objetivos políticos.

 

Esta contradicción fue “resuelta”, como sabemos, por Chávez. Desmanteló las instituciones con base en las cuales se sostenía la inclusividad en lo político –las de la democracia liberal—, reemplazándolas por potestades concentradas en su persona. En fin, era heredero del Libertador (¡!) y, por tanto, “uno con el pueblo”. Al eliminar la autonomía y separación de poderes, y al desconocer las garantías del Estado de Derecho, el chavismo terminó alineando las instituciones políticas con la naturaleza extractiva de la institucionalidad económica, que concentraba el usufructo de la renta en quienes controlaran al Estado. Esta autocracia sustituyó a las fuerzas de mercado en la asignación y distribución de recursos por criterios políticos “revolucionarios” --el más importante, el de la lealtad-- blandiendo la construcción de un “socialismo del siglo XXI”. Tras la falta de transparencia y de rendición de cuentas, se acentuó la naturaleza extractiva, depredadora, de las instituciones económicas y políticas, conformando un régimen de expoliación en torno al cual se tejieron los intereses de quienes se lucran de este arreglo. Mientras duró la bonanza petrolera, permitió atender, también, el reparto a sectores populares que apoyaban al régimen. Pero al retroceder los precios petroleros, el sostén político de Maduro pasó a depender de su capacidad para alimentar complicidades de militares traidores y “enchufados”, y para tejer alianzas con agrupaciones criminales más allá, dentro y fuera del país. Se forjó un régimen cleptocrático, que buscó amparo en una cofradía de estados paria similares, en particular, la Rusia de Vladimir Putin.

La exacerbación de prácticas depredadoras, en el marco de una institucionalidad extractivista acentuada por el chavomadurismo, arruinó al país. Esta tragedia es harto conocida por los venezolanos, pues la sufren a diario. No es menester reproducir acá cifras que la documentan. Pero la destrucción de la economía doméstica, incluyendo a la industria petrolera, ha sido tal, que encogió drásticamente las oportunidades de expoliación de las mafias que se apoderaron del Estado. Obligó a levantar los controles de precio y del mercado cambiario, dando lugar a atisbos de reactivación económica. Estos reacomodos, empero, poco han modificado la naturaleza extractiva de las instituciones. No se han restablecido las garantías a la actividad económica, a la solución de controversias y, mucho menos, las libertades y derechos personales, civiles y económicos, que nutren la iniciativa privada y la inversión. Más bien, se ha incrementado el saqueo de las riquezas minerales de Guayana y las operaciones irregulares con el petróleo. Y las pugnas entre militares fieles a Cabello y aquellos identificados con Maduro han desnudado profundas corruptelas dentro de las filas castrenses. No son sólo las extorsiones denunciadas recientemente en televisión por Ernesto Villegas, sino también el contrabando de gasolina y otros robos[1]. Las armas de la nación puestas al servicio del lucro personal, resultado de la destrucción de la FAN urdida por Padrino, Ceballos, Reverol y otros. Adicionalmente, combatir la inflación reduciendo violentamente el gasto público, contrayendo el crédito con encajes elevados a la banca y anclando el tipo de cambio, ha acentuado una situación de colapso y de anomia, propias de un Estado fallido, en el que se imponen las arbitrariedades e improvisaciones del más fuerte. La destrucción de las capacidades de cumplir con los servicios básicos de luz, agua, seguridad, transporte, salud y educación dibujan un país a la deriva, inestable y sin la confianza necesaria para atraer inversiones. Encima, la mayor vulnerabilidad internacional producida por el extravío madurista de anotarse con el agresor en la guerra librada por la autocracia rusa contra Ucrania aumenta aún más la incertidumbre. No puede quedar fuera la inseguridad que significa el irrespeto flagrante a los derechos humanos en Venezuela, con unos 260 presos por razones políticas, y la presencia de torturas y desapariciones.

 

Aun en este escenario, la economía venezolana puede crecer. Pero sujeto a las arbitrariedades de una institucionalidad puesta al servicio de un régimen gansteril, será errático. En algunos años, puede que no crezca. Esto no puede entenderse como una “normalización” de la actividad económica, más con la terrible inequidad sufrida por quienes no tienen ingresos regulares en divisas. La apremiante necesidad de mejorar cuanto antes y de manera significativa las condiciones de vida del venezolano no pueden confiarse en eventualidades precarias, sujetas a la buena de Maduro y/o de reacomodos entre las mafias que buscan conservar sus fortunas. Confiar en que el levantamiento de algunas sanciones sea funcional a que ello ocurra me parece pueril, dados los intereses afianzados en torno a las instituciones extractivas que sustentan la expoliación chavista del país. El bienestar de la población no entra en su agenda.

 

Pero aprovechar los reacomodos para forjar cambios hacia reglas de juego –instituciones—inclusivas, que asienten las garantías, derechos y libertades que estimulen el despliegue de iniciativas capaces de aprovechar las enormes potencialidades –hoy asfixiadas—que anidan en Venezuela y en los venezolanos, es otra cosa. Es condición, además, para los sustanciales empréstitos requeridos para recuperar los servicios públicos y demás potestades del Estado. Implica, por supuesto, cambios políticos. Los reacomodos deben servir para reconstruir un arco de fuerzas para forzar esos cambios, buscando ampliar y consolidar algunas de las mejoras instrumentadas, y arrinconar, a la vez, las arbitrariedades de quienes insisten en manejar el país como si fuera su propiedad personal. Les toca a los liderazgos que están emergiendo en torno a la lucha reivindicativa, por demandar servicios públicos y que se manifestaron en las conquistas recientes de algunas alcaldías a nivel nacional asumir esta plataforma como programa. Sin cohesionar voluntades en torno al rescate de instituciones inclusivas no habrá solución. El levantamiento de sanciones tiene que ser instrumental para avanzar en estos propósitos. La discusión de una temática con tantas implicaciones apenas comienza, pero es imprescindible.

Auctoritas y Políticos

 

Auctoritas y Políticos

La auctoritas alcanza su más plena expresión cuando se sigue a alguien no tanto por lo que dice, sino por quién lo dice

 


JESÚS E. MAZZEI ALFONZO

14/04/2022 05:02 am




Vuelvo a un concepto que desde mis años de estudios de pregrado en mi Alma Mater la UCV, fueron elementos de mi estudio y reflexión; el concepto de auctoritas. Estudiado ampliamente por el maestro de la ciencia política, Don Manuel García-Pelayo. Tema también trabajado por Rogelio Pérez Perdomo, Juan Carlos Rey y Graciela Soriano de García- Pelayo, en trabajos pioneros publicados tanto en la Revista de la Facultad de Derecho, de la UCV, en los años 60, como en los cuadernos del Instituto de Estudios Políticos. Este interés se amplió, con los años, dada la evolución del concepto, su pertinencia de aplicación a la crisis del sistema político venezolano de los años 90 y posteriormente a la irrupción de una nueva clase política en el siglo XXI, tanto en la oposición y en el gobierno.


Ahora bien, se entiende por Auctoritas, la posesión de cualidades de orden espiritual, intelectual o moral. Lleva siempre adheridas unas cualidades axiológicas que hacen sentir el seguimiento como un deber. Ella, además, se basa en el crédito que ofrece una persona o institución por sus pasados logros, y por tanto, tiene como supuestos la confianza, la credibilidad. Que se basa en la coherencia y congruencia de lo que se piensa y se hace, en la práctica política, sí estamos en el plano de la acción política concreta.

La auctoritas alcanza su más plena expresión cuando se sigue a alguien no tanto por lo que dice, sino por quién lo dice. La auctoritas no necesita razonar, ni convencer a cada momento: hay o hubo un convencimiento previo derivado de la certeza del argumento o de la eficiencia de los actos, a partir del cual opera la confianza, en cuya virtud se presume la razonabilidad o la eficiencia del portador de la auctoritas.

Tiene auctoritas quien posee la capacidad para ser auctor; es decir, para fundamentar o fortalecer un juicio o una decisión. ¿Quiénes son portadores de auctoritas? Una persona, una institución o un grupo laxo.

Como nos interesa el individuo, añadiremos qué tipo de auctoritas se basa en el reconocimiento de la posesión por una persona (testimoniada por sus actos) de cualidades excepcionales para enjuiciar situaciones difíciles, para decidir lo que se puede hacer ante ellas y para hacerlo efectivamente con éxito. Es decir, tiene auctoritas de esta última especie quien sabiendo qué hay que hacer, cuándo hay que hacerlo y cómo hay que hacerlo, lo hace efectivamente. De aquí se derivan la idea en torno a la política, al tipo de líder y cuál es la visión de la política. De aquí se entiende que la auctoritas deriva la capacidad moral para dirigir, orientar o aconsejar. Si esta existe, se crea un vínculo entre la persona o institución y la comunidad, se comparten valores y motivación, aparece el liderazgo.

La política tiene dos visiones una de conflicto y lucha y otra en base al compromiso en la convivencia de fuerzas opuestas, en esto tiene que estar claros los políticos. Se entiende a la política como creación de un orden en función de determinados valores. El liderazgo en un político se basa también en la credibilidad, toma años ganarla e instantes perderla. A través de la persistencia, consistencia, y demostraciones de paciencia de que uno es meritorio de la confianza y respeto de los seguidores. Esta se pierde con un paso en falso, un acto inconsistente, un acuerdo roto, una mentira, un encubrimiento. Hay tres tipos de políticos: los profetas, los manipuladores y el estadista (en otra oportunidad podemos ampliar la definición de cada una de estas categorías de liderazgo).

Hay dos ideas que deseo enfatizar, por un lado, el político con liderazgo es una función de dirección en un contexto determinado dirigido al logro mutuo. Por otro lado, el liderazgo actual debe tener un carácter ético-moral, que quiere decir no solo el ejercicio exclusivo del poder, sino relación de necesidades y aspiraciones mutuas.

Otro son los objetivos, estos deben ser significativos, tanto para el líder y sus seguidores. Ello quiere manifestar que se forme una unidad de propósitos y fines, donde ambos intenten la consecución de algo importante para ambas partes.

El último elemento son los valores. Esto es esencial porque va asociado a toda nuestra argumentación anterior, porque el liderazgo debe tener como marco unos valores; por ejemplo, ¿qué tipo de sociedad desearía contribuir a crear y potenciar?, ¿qué tipo de relaciones inter-organizativas le interesa fomentar?, y así se pueden hacer otras interrogantes. Lo importante de los valores es que, en gran parte, el éxito de algunos líderes se basa en la existencia de creencias, de muchos valores, marcos de referencia (lealtad, perseverancia, fe).

Finalmente, el político con liderazgo es en suma, la encarnación de ciertos valores por parte de una personalidad, de un grupo, o una organización en que se reconozcan la necesidad de sus seguidores y cómo concretarlas y darles confianza para alcanzar resultados, debe ser un motivador para llevar a cabo ciertos objetivos, y la capacidad para lograr la cristalización de esos objetivos. Entre auctoritas y políticos, hay una positiva, dinámica y virtuosa relación dialéctica.

Hoy pocos políticos tienen la auctoritas de un Rafael Caldera, Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Luís Beltrán Prieto Figueroa, Arístides Calvani, Lorenzo Fernández, Enrique Pérez Olivares, Jóvito Villalba, Ramón J. Velásquez, Luís Herrera Campíns, Teodoro Petkoff, Moisés Moleiro, Américo Martín, Pompeyo Márquez, hoy en el escenario político nacional salvo excepciones como Ramón Guillermo Aveledo, no oteo y observo, en el panorama político actual ningún venezolano con esas cualidades, por eso la desafección y escepticismo de la opinión pública venezolana y la sociedad civil del hecho político concreto y en general de la política, como fenómeno que gobierna a las sociedades contemporáneas. Veremos.

jesusmazzei@gmail.com

 

sábado, 16 de abril de 2022

Unidad europea: ¿sostenible?

 

Unidad europea: ¿sostenible?, 

por Félix Arellano

UE sanciones
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La invasión de Rusia a Ucrania paradójicamente está fortaleciendo a la Unión Europea, que ha iniciado el debate de la política de defensa comunitaria, un tema considerado tabú, está trabajando coordinadamente frente al conflicto, retomado el diálogo transatlántico y reactivando a la OTAN; empero, las fuerzas desintegradoras no han desaparecido, entre otras, el gobierno de Viktor Orbán, reelecto recientemente por cuarta vez en el gobierno de Hungría, está generando efectos disruptivos y los fantasmas, tanto del euroescepticismo o eurofobia, como del aislacionismo de Donald Trump, se mantienen en la escena incrementando la incertidumbre.

Durante el largo, complejo y cuestionable proceso del retiro del Reino Unido de la Unión Europea (UE), definido como el Brexit, el clima del euroescepticismo crecía entre los países miembros y se proyectaba el potencial retiro de los gobiernos de Hungría y Polonia. Al respecto, cabe destacar que desde 1991, estos dos países en unión a Eslovaquia y la República Checa, conformaron el llamado grupo Visegrado o V4 (rememorando viejas alianzas de 1335).

Entre las banderas fundamentales del grupo Visegrado destacan la defensa del nacionalismo, la soberanía de los países miembros y los valores tradicionales, particularmente, en materia religiosa, en claro enfrentamiento con el modelo liberal que fundamenta la integración europea.

Por otra parte, mediante alianzas circunstanciales con otros países miembros, el grupo Visegrado ha mantenido un enfrentamiento con las instituciones comunitarias y un rechazo al liderazgo de Alemania y Francia dentro de la UE.

Si bien el apoyo financiero de la UE, particularmente los fondos estructurales, resulta de capital importancia para los cuatro países integrantes del grupo Visegrado, las diferencias se han incrementado en el tiempo. En este contexto, los órganos comunitarios registran un triunfo, con la reciente aprobación de una normativa que permite limitar o suspender los aportes financieros, a los gobiernos que incumplen con la normativa comunitaria. En el caso del gobierno polaco ya ha sido sancionado por Bruselas, debido a su política de progresivo control de poder judicial, que rompe con la separación y autonomía de los poderes nacionales.

Pero los acontecimientos no han jugado a favor del grupo Visegrado, entre otros, el proceso de negociación del retiro del Reino Unido de la UE ha sido largo y traumático, y los resultados se pueden calificar como decepcionantes para el pueblo inglés. Luego, la política de aislamiento que promovió el presidente Donald Trump durante su administración, ha evidenciado la necesidad de fortalecer la unidad europea.

Adicionalmente, el “cisne negro” de la pandemia del covid-19, confirmó la importancia de los órganos comunitarios y, en general del proceso de integración, para poder enfrentar un desafío tan complejo.

Para completar el panorama, la invasión de Rusia a Ucrania ha demostrado la vulnerabilidad de los países, lo que está reforzando el papel de la OTAN, como institución de defensa y la necesidad de alcanzar resultados concretos en el tema de la defensa comunitaria.

En el actual escenario de guerra, la posición del gobierno de Polonia con respecto a la integración europea está cambiando significativamente, al asumir el liderazgo de la aplicación de sanciones comunitarias más contundentes contra el gobierno ruso y un activo respaldo al gobierno del presidente Volodimir Zelensky de Ucrania.

El giro del gobierno polaco disipa los aires del potencial divorcio frente al proceso comunitario y contribuye a promover la unidad europea; pero también está generando la inminente ruptura del grupo Visegrado, toda vez que el gobierno de Viktor Orbán, fortalecido internamente con su cuarta reelección, está asumiendo una posición más agresiva en el marco comunitario, en defensa de Rusia su tradicional aliado e incrementando las distancias con el gobierno de Ucrania.

El nuevo gobierno de Orbán ha logrado el control absoluto del Parlamento en Hungría, lo que le abre la oportunidad de reformar la constitución, fortaleciendo su posición crítica de la integración europea. La oposición democrática, que sorprendentemente logró participar unida, triunfó en Budapest, la capital del país, pero el partido de Orbán: Unión Cívica Húngara (Fidesz, sus siglas en húngaro), logró un amplio respaldo en el interior, en particular, en los sectores agrícolas tradicionalmente conservadores.

En el triunfo de Viktor Orbán se suman varios factores, entre otros, la significativa recuperación, tanto de la economía, como de la seguridad a nivel nacional; pero también ha desarrollado una política clientelar, para ganar aliados al interior del país, con el manejo discrecional de los recursos financieros que recibe de las instituciones comunitarias.

Fortalecido internamente, Viktor Orbán se presenta ante su pueblo como la salvación de Hungría frente a la guerra e incrementa la presión contra la UE, al punto que en estos momentos se presenta como el factor que está impidiendo el consenso para la aplicación de sanciones más contundentes contra Rusia, en particular en el sector energético y, adicionalmente, se opone al apoyo al gobierno y pueblo de Ucrania.

Junto al efecto disruptivo que está representando el gobierno de Hungría para la unidad de Europa, el euroescepticismo se mantiene en el ambiente. Al respecto, cabe destacar el respaldo popular que están recibiendo las propuestas conservadoras, nacionalistas y populistas, en su mayoría cargadas de xenofobia, en el proceso electoral en Francia.


Las recientes encuestan indican que la señora Marine Le Pen, líder de las posturas conservadoras, podría ganar en la primera vuelta y convertirse en la contrincante del presidente Emmanuel Macron para la segunda vuelta.

Por otra parte, el diálogo transatlántico -que se está fortaleciendo desde que Joe Biden asumió el gobierno en los Estados Unidos, y está contribuyendo para la coordinación efectiva de occidente, tanto frente a la invasión de Ucrania, como ante la amenaza que representan para occidente los avances de la geopolítica del autoritarismo- enfrenta la amenaza del creciente protagonismo del expresidente Donald Trump, quien está logrando el control del partido republicano, lo que podría garantizar su candidatura para  el proceso electoral del 2024, y no debemos olvidar que mantiene entre sus prioridades el aislacionismo de los Estados Unidos.

La compleja dinámica del mundo global ha demostrado ampliamente que las actuaciones individuales de los países resultan poco efectivas y, por el contrario, tienden a resultar contraproducentes; en tal sentido, se confirma la tesis que los problemas globales exigen de soluciones globales. Ante la creciente amenaza del autoritarismo contra los valores liberales, la unidad de Europa y el trabajo coordinado con las democracias del mundo constituye un objetivo prioritario.

Félix Arellano es internacionalista y Doctor en Ciencias Políticas-UCV.

martes, 5 de abril de 2022

The Contradictions of Compassion

 https://www.project-syndicate.org/commentary/different-european-attitudes-to-ukrainian-and-middle-eastern-refugees-by-ian-buruma-2022-04


The Contradictions of Compassion

 

Apr 5, 2022IAN BURUMA

 

Ideally, Europeans who are currently welcoming Ukrainian refugees would show the same sympathy to Syrians, Afghans, and other victims of wars outside the continent. But human compassion is a rare enough commodity that we should be grateful whenever it appears.

NEW YORK – Almost 2.5 million Ukrainian refugees have fled to Poland since the Russian invasion began, and more than 350,000 have entered Hungary. But in 2015, when then-German Chancellor Angela Merkel allowed 1.1 million asylum seekers – about 40% of whom were Syrian – to enter Germany, Poland and Hungary firmly closed their borders to people escaping the carnage in the Middle East.

These divergent reactions have made some people, mostly “progressives,” very angry. Surely, they argue, using tear gas and water cannons to hold back Arab asylum seekers at the Hungarian border but welcoming Ukrainians with open arms amounts to racial bias, or even “white supremacy.”

All human lives are equally precious. From a moral point of view, there is no difference between a traumatized young man from Aleppo and a desperate mother from Kharkiv. But, for practical and psychological reasons, countries distinguish between refugees on the basis of culture, religion, language, and politics. This is especially true of countries with relatively homogeneous populations, like Poland today.

Similarly, while Thailand has previously taken in hundreds of thousands of refugees from Cambodia, Laos, and Myanmar, admitting a million Ukrainians would be unthinkable to most Thais. After all, integrating people from neighboring countries is difficult enough.

Most people, Thais as much as Poles, find it easier to identify with the fate of those who resemble them, not just physically, but also in terms of social and cultural background. The suffering of others feels more remote. This is not fair. Ideally, such distinctions should make no difference. But true universalists are rare.

In fact, those on the left who embrace the causes of what used to be called the Third World, and are quick to denounce others as racists, are themselves sometimes guilty of prejudice. The same people who fly into a towering rage over every injustice suffered by Palestinians at the hands of the Israeli authorities are often much less exercised by even worse atrocities committed in Eritrea, Sudan, or Myanmar.

This, too, has much to do with identification. Many Israelis have European roots, and violence in Gaza or the West Bank reminds Western anti-imperialists too much of Europe’s colonial past. Something similar used to shape attitudes toward South Africa. Apartheid was a wicked system. But the fact that it was devised by white men somehow made it seem worse than the murderous regimes of Mobutu Sese Seko in the Democratic Republic of the Congo or Idi Amin in Uganda.

Such views betray, however unconsciously, a pernicious double standard. It is as if one cannot expect Congolese or Ugandans to have the same understanding of human rights that white people do, but that Israelis, who are more like Europeans, should know better.

Sharing a common territory is no guarantee of decent behavior, either. In fact, the opposite can be the case. Civil wars are often even more barbarous than wars between different countries. Think of the bloody partition of India and Pakistan in 1947, or the genocide in Rwanda and the slaughters in the Balkans in the 1990s. Killing in such conflicts is almost always preceded by unspeakable degradations, with linguistic, religious, or ethnic differences politicized to the point of lethal salience.

Social intimacy must account for this brutality to some extent. Hacking to death a neighbor whose children attended birthday parties at your home cannot be easy, and requires overcoming inhibitions. Before you can kill someone you know so well, he or she must be degraded, robbed of all dignity, and reduced to nothing you can recognize as human anymore. That is why Rwandan Hutus were whipped into a frenzy by agitators who urged them to hunt and kill Tutsi “cockroaches.” To Hutu chauvinists, Tutsis were creatures worthy only of extermination.

Even before Russia invaded Ukraine, a civil war had been raging since 2014 between Russian speakers in the east and Ukrainian speakers in the west. In fact, Ukraine is more complicated than that. President Volodymyr Zelensky, who has courageously stood up to Russia’s aggression, is a native Russian speaker, and the Russian speakers in Kharkiv, Mariupol, Odessa, and elsewhere identify with Ukraine, not Russia. Russian and Ukrainian cultural, religious, and linguistic identity overlaps in many ways. But the war has put the lie to Russian President Vladimir Putin’s claims that Ukraine is not a real country, and that Ukrainians are not a real people. Whereas many Russian soldiers appear not to have a clue what they are fighting for, Ukrainians do not have to be told.

Tragically, the narcissism of small differences can engender great hatred. A recording of Ukrainian soldiers shooting with machine guns at chained-up Russian prisoners of war was initially dismissed as more Russian propaganda. But we should not have been surprised when it turned out to be real. And evidence has recently emerged of atrocities apparently committed by Russian troops against Ukrainian civilians, including torture, sexual assault, and executions.

So, let us praise Poles and Hungarians for offering a helping hand to Ukrainians who desperately need one. It would be wonderful if Europeans showed the same sympathy toward Syrians, Afghans, and other victims of wars outside the continent. But the fact that on the whole they do not is no reason to smear East Europeans as white supremacists. Human compassion is a rare enough commodity that we should be grateful whenever it appears.

 

Ian Buruma

IAN BURUMA

Writing for PS since 2001
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Ian Buruma is the author of numerous books, including Murder in Amsterdam: The Death of Theo Van Gogh and the Limits of Tolerance, Year Zero: A History of 1945, A Tokyo Romance: A Memoir, and, most recently, The Churchill Complex: The Curse of Being Special, From Winston and FDR to Trump and Brexit (Penguin, 2020).

 

Auctoritas y Políticos

 


Auctoritas y Políticos

Tiene auctoritas quien posee la capacidad para ser auctor; es decir, para fundamentar o fortalecer un juicio o una decisión.


 

 JESÚS E. MAZZEI ALFONZO

30/01/2019 01:25 pm

 


En mis años de estudios de pregrado en mi Alma Mater la UCV, hubo un concepto que atrajo mi estudio, el concepto de auctoritas. Estudiado ampliamente por el maestro de la ciencia política, Don Manuel García-Pelayo. Tema también trabajado por Rogelio Pérez Perdomo, Juan Carlos Rey y Graciela Soriano de García- Pelayo, en trabajos pioneros publicados tanto en la Revista de la Facultad de Derecho, de la UCV, en los años 60, como en los cuadernos del Instituto de Estudios Políticos. 

 

Se entiende por Auctoritas, la posesión de cualidades de orden espiritual, intelectual o moral. Lleva siempre adheridas unas cualidades axiológicas que hacen sentir el seguimiento como un deber. Ella, además, se basa en el crédito que ofrece una persona o institución por sus pasados logros, y por tanto, tiene como supuestos la confianza, la credibilidad. 

 

La auctoritas alcanza su más plena expresión cuando se sigue a alguien no tanto por lo que dice, sino por quién lo dice. La auctoritas no necesita razonar, ni convencer a cada momento: hay o hubo un convencimiento previo derivado de la certeza del argumento o de la eficiencia de los actos, a partir del cual opera la confianza, en cuya virtud se presume la razonabilidad o la eficiencia del portador de la auctoritas. 

 

Tiene auctoritas quien posee la capacidad para ser auctor; es decir, para fundamentar o fortalecer un juicio o una decisión. ¿Quiénes son portadores de auctoritas? Una persona, una institución o un grupo laxo. 

 

Como nos interesa el individuo, añadiremos qué tipo de auctoritas se basa en el reconocimiento de la posesión por una persona (testimoniada por sus actos) de cualidades excepcionales para enjuiciar situaciones difíciles, para decidir lo que se puede hacer ante ellas y para hacerlo efectivamente con éxito. Es decir, tiene auctoritas de esta última especie quien sabiendo qué hay que hacer, cuándo hay que hacerlo y cómo hay que hacerlo, lo hace efectivamente. De aquí se derivan la idea en torno a la política, al tipo de líder y cuál es la visión de la política. De aquí se entiende que la auctoritas deriva la capacidad moral para dirigir, orientar o aconsejar. Si esta existe, se crea un vínculo entre la persona o institución y la comunidad, se comparten valores y motivación, aparece el liderazgo. 

 

La política tiene dos visiones una de conflicto y lucha y otra en base al compromiso en la convivencia de fuerzas opuestas, en esto tiene que estar claros los políticos. Se entiende a la política como creación de un orden en función de determinados valores. El liderazgo en un político se basa también en la credibilidad, toma años ganarla e instantes perderla. A través de la persistencia, consistencia, y demostraciones de paciencia de que uno es meritorio de la confianza y respeto de los seguidores. Esta se pierde con un paso en falso, un acto inconsistente, un acuerdo roto, una mentira, un encubrimiento. Hay tres tipos de políticos: los profetas, los manipuladores y el estadista (en otra oportunidad podemos ampliar la definición de cada una de estas categorías de liderazgo). 

 

Hay dos ideas que deseo enfatizar, por un lado, el político con liderazgo es una función de dirección en un contexto determinado dirigido al logro mutuo. Por otro lado, el liderazgo actual debe tener un carácter ético-moral, que quiere decir no solo el ejercicio exclusivo del poder, sino relación de necesidades y aspiraciones mutuas. 

 

Otro son los objetivos, estos deben ser significativos, tanto para el líder y sus seguidores. Ello quiere manifestar que se forme una unidad de propósitos y fines, donde ambos intenten la consecución de algo importante para ambas partes. 

 

El último elemento son los valores. Esto es esencial porque va asociado a toda nuestra argumentación anterior, porque el liderazgo debe tener como marco unos valores; por ejemplo, ¿qué tipo de sociedad desearía contribuir a crear y potenciar?, ¿qué tipo de relaciones inter-organizativas le interesa fomentar?, y así se pueden hacer otras interrogantes. Lo importante de los valores es que, en gran parte, el éxito de algunos líderes se basa en la existencia de creencias, de muchos valores, marcos de referencia (lealtad, perseverancia, fe). 

 

Finalmente, el político con liderazgo es en suma, la encarnación de ciertos valores por parte de una personalidad, de un grupo, o una organización en que se reconozcan la necesidad de sus seguidores y cómo concretarlas y darles confianza para alcanzar resultados, debe ser un motivador para llevar a cabo ciertos objetivos, y la capacidad para lograr la cristalización de esos objetivos. Entre auctoritas y políticos, hay una positiva, dinámica y virtuosa relación dialéctica. 

 

Hoy pocos políticos tienen la auctoritas de un Rafael Caldera, Rómulo Betancourt, Luís Beltrán Prieto Figueroa, Arístides Calvani, Lorenzo Fernández, Jóvito Villalba, Ramón J. Velásquez, Luís Herrera Campíns, Teodoro Petkoff, salvo excepciones como Ramón Guillermo Aveledo, no oteo en el panorama algún otro. Veremos. 

 

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