¿Qué será del «orden basado en reglas»? by Daron Acemoglu - Project Syndicate
¿Qué será del «orden basado en reglas»?
Jan 9, 2026
Daron Acemoglu
BOSTON – La captura del
presidente venezolano Nicolás Maduro por la administración Trump marca un punto
de inflexión para el derecho internacional y el orden mundial. Por supuesto, no
es la primera vez que Estados Unidos interviene en los asuntos internos de otro
país. Acciones como esta no fueron infrecuentes durante la Guerra Fría. Incluso
ya cerca del fin de esa era, en diciembre de 1989, Estados Unidos derrocó al
gobernante de facto de Panamá Manuel Noriega (también acusado de narcotráfico).
Pero en todos los casos previos
hubo una diferencia crucial respecto de la captura de Maduro. Las acciones
pasadas de Estados Unidos (por más que fueran cínicas y sólo obedecieran a
consideraciones de realpolitik) se mostraban bajo una apariencia diferente.
Durante la Guerra Fría, las instituciones y la democracia estadounidenses (más
allá de sus imperfecciones) eran preferibles a la represión soviética. Antes de
Donald Trump, los presidentes estadounidenses podían afirmar en forma creíble
que defendían la democracia y un «orden basado en reglas»; y Estados Unidos
todavía tenía instituciones funcionales para controlar al ejecutivo y autorizar
intervenciones en el extranjero.
Es verdad que la apariencia
siempre fue frágil. En varios casos (como el derrocamiento de Patrice Lumumba
en la República Democrática del Congo en 1960, el golpe de Estado contra el
primer ministro iraní Mohammad Mossadegh en 1953 y el apoyo a dictaduras
brutales en toda América Latina, desde el régimen de Somoza en Nicaragua hasta
el gobierno del general Augusto Pinochet en Chile), la defensa de la democracia
fue poco más que un eufemismo.
Pero en los casos mencionados,
las actividades ilegales de la CIA terminaron siendo investigadas por el Senado
(por ejemplo, las famosas audiencias del Comité Church en 1975). Las
instituciones y normas políticas estadounidenses eran mucho más sólidas que
hoy, lo que impidió detener o neutralizar la supervisión del Congreso. Se le
puso freno a la CIA, al menos por algún tiempo.
La extracción forzosa de Maduro
es algo nuevo, en parte porque las instituciones estadounidenses se han vuelto
mucho más débiles y menos democráticas, pero también porque se ha abandonado
cualquier apariencia de legitimidad. Lo único que queda es un interés propio
estrecho y egoísta.
Es verdad que Maduro era un
dictador brutal que reprimió a la población venezolana, destruyó la economía,
amañó elecciones y encarceló y asesinó a opositores. Human Rights Watch (que no
es ningún vocero del gobierno estadounidense) y Naciones Unidas han documentado
una importante cantidad de ejecuciones extrajudiciales autorizadas por Maduro.
Casi ocho millones de personas han huido de Venezuela para escapar de su
reinado de terror y de su incompetencia económica.
Pero falta ver qué pruebas tiene
la administración Trump de que Maduro era el jefe de un cártel narcotraficante.
Las frecuentes referencias de Trump al petróleo venezolano y al dinero que
podrían ganar las empresas estadounidenses deberían ser señales claras de que
aquí no se trató de ayudar a la población venezolana o apuntalar la democracia,
sino de una promoción descarada de los intereses de Estados Unidos y sus
empresas. Interpretación que se refuerza por el respaldo provisorio del
gobierno estadounidense a la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez, en vez
de a los políticos opositores que obtuvieron el mayor apoyo de la población en
las últimas elecciones.
Es verdad que el combate al
comunismo durante la Guerra Fría también respondía a los intereses de Estados
Unidos, lo mismo que el apoyo a regímenes subordinados como el de la República
Democrática del Congo (bajo Mobutu Sese Seko) y Chile (bajo el régimen militar
de Pinochet). Pero cuando se abandona cualquier argumento de mejora de la vida
de la población de un país y sólo quedan motivaciones financieras, la ecuación
cambia.
Además, todo esto sucede en un
momento crítico para la democracia de los Estados Unidos. El desmantelamiento
de las instituciones que lleva adelante Trump hace difícil imaginar que él y
sus secuaces vayan a rendir cuentas alguna vez por sus actos ilegales. Pero
para un país capaz de destituir en forma unilateral y discrecional a
gobernantes extranjeros, las únicas restricciones posibles tienen que ser
autoimpuestas.
De modo que hasta aquí llegó el
«orden basado en reglas». Este término llevaba implícita la existencia de
reglas de las que Estados Unidos sería el principal fijador y ejecutor en su
papel natural de potencia hegemónica mundial. Pero Estados Unidos ya no es una
potencia hegemónica. En las últimas décadas perdió buena parte de su poder
blando (sobre todo tras la aparición en escena de Trump) y China se ha
convertido en un rival económico, militar y tecnológico creíble. Es decir que
cualquier idea de un orden basado en reglas necesitará otros fundamentos.
Una posibilidad la dio el
filósofo Michael Walzer, quien hace más de 45 años sostuvo que en las
relaciones internacionales, hay que partir del supuesto de que los gobernantes
de todos los estados son «legítimos». El mero hecho de que un pueblo tolere a su
gobierno y que este haya surgido de la historia y cultura del país debería
llevar a los otros a suponer «que existe cierta “correspondencia” entre la
comunidad y su gobierno».
Claro que habrá casos en los que
el supuesto es insostenible, por ejemplo cuando un gobierno comete genocidio
contra su propio pueblo. Pero aun así, la vara para no aplicar la postura por
defecto debería ser muy alta. Además, el proceso para llegar a la conclusión de
que un gobierno ha perdido su legitimidad debería ser multilateral y,
preferiblemente, a través de una estructura institucional supranacional bien
definida. No es una cuestión para que la decida un solo país en forma
unilateral. Y el dictamen debe ser independiente de cualquier decisión (militar
o de otro tipo) que se derive de él, para que ninguna institución actúe a un
mismo tiempo como fiscal, juez y verdugo.
Puede que la Asamblea General o
el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas estén, o no, a la altura de la
tarea. Si no lo están, será necesaria una nueva institución internacional. En
cualquier caso, el equilibrio anterior a Trump ya era insostenible, porque
permitía a Estados Unidos juzgar unilateralmente la legitimidad de otros
gobiernos y emprender acciones contra ellos. Trump se quitó la máscara y llevó
esa realidad al límite. En un eventual mundo post‑Trump, deberemos recordar estas
enseñanzas y esforzarnos por crear un orden
global basado en fundamentos filosóficos sólidos e instituciones más justas.
Traducción: Esteban Flamini
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Daron Acemoglu, a 2024 Nobel laureate in
economics and Institute Professor of Economics at MIT, is a co-author (with
James A. Robinson) of Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity and
Poverty (Profile, 2019) and a co-author (with Simon Johnson) of Power and
Progress: Our Thousand-Year Struggle Over Technology and Prosperity
(PublicAffairs, 2023).
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