martes, 2 de octubre de 2018

EL EMPOBRECIMIENTO Y LA RECESIÓN VISTOS DESDE UN MERCADO


EL EMPOBRECIMIENTO Y LA RECESIÓN VISTOS DESDE UN MERCADO

EDUARDO ORTIZ RAMÍREZ


Siento una fascinación por los mercados propiamente dichos –y también por los supermercados-. Entrar a ellos cuando son agradables, bien surtidos y espaciosos me produce lo que Hermann Hesse llamaba pequeñas alegrías. Creo que fue de Guillermina mi madre, de quien aprendí el gusto por tales espacios. En particular, mercados he visitado numerosos en el país y en otros países, en varios casos con agrados y recuerdos de cosas y personajes inolvidables. Los mercados resumen parte de la cultura y la economía de un país.

Uno de esos que inspira esta nota, es el mercado de Catia, ubicable hoy en día entre las estaciones Plaza Sucre y Pérez Bonalde del Metro de Caracas. Allí se mantiene su vieja y llamativa construcción básica, seguramente muy de antaño y remodelada en ocasiones. De adolescente, casi niño recuerdo en su entrada una vendedora de bolsas para guardar el mercado, que ofrecía las mismas cantando una especie de copla corta pegajosa y rutinaria[1] y que se volvía consustancial a todo el ambiente. Esos conocimientos derivaron del hecho de vivir varios años en una zona cercana a Agua Salud, muy llena de españoles, portugueses y árabes y de cierta prosperidad comercial. La cual también era la conformación de Catia hacia la zona del mercado, añadiéndose los italianos.

Claro, hoy día, por esta zonas, no deambulan ni oficialistas encumbrados u hoy día de “buen vivir”, ni extremistas de oposicion ni los llamados Mariscales del twitter,  sino aquellos curiosos impertinentes, los que la conozcan o que se consideren experimentados citadinos o conocedores de cosas urbanas o simplemente gente necesitada o de la zona. Pero realmente Catia y, toda esa zona y otras cercanas, son el comienzo de un espacio de la Gran Caracas, inexplicable para unos, desconocido para otros o increíble para muchos otros.

Empezar a transitar la zona del mercado, bajando desde Pérez Bonalde, es encontrarse inevitablemente con la zona de mercado negro que resurge permanentemente, como el Ave Fénix,  a pesar de la acciones gubernamentales o de los cuerpos policiales para evitar el bachaquerismo[2]. De un tiempo a acá, la administración bolivariana se ha planteado eliminar este como otros sitios, donde se consiguen productos a mayores precios. Sin embargo, siempre se consiguen, se desmantelan, se vuelven a organizar, a desmantelar y así sucesivamente.[3] Digan lo que digan quienes quieran, allí vimos hace poco harina, huevos, azúcar, café, etc.

La pobreza en economía, se registra y se mide de distintas maneras: coeficiente de Gini, distribución factorial o familiar del ingreso, líneas de pobreza o indigencia, desarrollo humano, canasta familiar/canasta básica, en fin variados instrumentos y formas de registro. Todas terminan en lo mismo, que no es más que la medición propia del nivel y la calidad de vida o puntos específicos de las mismas. Y, estas últimas, siempre comienzan por el alimento, el vestido, el calzado y el aseo; lo demás, arranca en la salud y termina en la educación, distracción, disfrute y el ocio. Las recesiones, decrecimientos, trampas de pobreza se miden también por distintas vías: dos semestres consecutivos con decrecimiento, ley de Okun, atrofia de las variables macroeconómicas fundamentales, hasta oportunidades inexistentes de empleo, falta de inversión o límites de recursos para financiar el desarrollo. ¿Se pueden ver algunas de estas cosas a través de un mercado? Evidentemente que sí. Algunos grandes economistas han terminado precisando cómo la economía debe servir para estas cosas, solucionar problemas concretos, atender cosas del bolsillo de los seres humanos, dar felicidad o registrar la prosperidad y su ambiente en distintos países. Y, en tal sentido, lo indicado hasta ahora nos da muestras de precios alterados, fenómenos expresivos de la escasez y también cadenas informales de venta que transgreden la economía formal y la existencia de reglas.

Caminemos más. A la zona fundamental del mercado se puede accesar por varias entradas. Una de ellas da a la zona de venta de carnes rojas y blancas. En el caso de las carnes blancas, como el pollo, pudimos recordar conversando con compradoras, conocedoras y gente habituada al mercado, lo que era esta zona hace 40 o 50 años. Numerosas familias españolas, atendían las necesidades de los compradores en un ambiente ordenado y aseado y con la coquetería oral que es típica de algunas mujeres españolas. Hoy día no había pollo, en ninguna de sus formas. Solo estaban las vendedoras con caras largas, sin hablar, sin nada que explicar, simplemente no había pollo. Por malos olores, no se pudo transitar hacia otros espacios de esta zona, para ventas de carnes rojas –mayormente vacías por lo demás-. Al salir del espacio de la venta de pollos inexistentes, pudimos oír en las afueras del mercado, sobre una indescriptible cola para comprar pollo no se sabía dónde. Transitando hacia los espacios donde siempre vendieron café en polvo, ahora no hay ni café ni vendedores, solo una que otra expresión poco formal para ser comparable  a las antiguas ventas de café[4].

Mención especial merecen las ventas de quesos y charcuterías. De los mejores quesos, salchichones, jamones y embutidos variados, siempre se consiguieron allí, desde buena calidad, buenos precios y variadas presentaciones hasta osados vendedores -todos de origen europeo también-  que no veían espantos en si a un queso  se le conseguía alguna irregularidad. Hoy día no había queso o solo muy ocasionalmente en uno que otro expendio; charcutería muy reducida y desordenada, pero la mejor expresión del estado de empobrecimiento y recesión que se observa en el país y el mercado, es que muchos expendios habían destinado los lugares de los quesos, salchichones y variados productos, para guardar papeles, cajas y cualesquiera otra cosa sin tener nada que ver con los apetitosos productos a vender de otros tiempos.

Transitando después a la estructura y construcción de alrededor de tres pisos que tiene el mercado, pudimos conversar recordando el piso último donde antes vendían ropa. No tuvimos entusiasmo para llegar al tercero, pues mientras transitábamos el primero y el segundo era evidente el escenario de cierre y fracaso de distintos expendios. En puestos de carnes de antes, pudimos ver solamente huesos como si algún gran depredador se hubiese encargado de ellos. En uno de los primeros pisos era donde otrora estaban las ventas  de maíz, que mi familia tenía tradición en comprar y que en aquellos tiempos eran prioridad ante la incipientemente lanzada harina de maíz preparada y que se mantenían junto a granos y verduras diversas; hoy día no hay nada de eso, solo ventas ocasionales y alguno que otro vendedor solitario con productos combinados de manera aleatoria. Todas estas impresiones, no están condicionadas por si se trata de fines de semana o los días de semana, pues es sabido que los mercados tradicionales llamados también municipales, trabajaban de tiempo atrás en variados días.

Salidos de todo ese escenario, de cosas descritas y cosas no descritas, pensábamos todavía en posibilidades de encontrar el espíritu y la vocación de otros tiempos lejanos o  recientes y, así, encontramos, en calles cercanas,  ventas esporádicas de vegetales y alguno que otro pescado extraño, no muy apetecibles y a precios tampoco provocativos.

Existen indudablemente tres grandes conclusiones de la observación directa del espacio referido: 1) El país de hace treinta o 50 años ya no existe; aquel era de ventas, orden y consumo; este de hoy transmite la idea de pobreza,  desorden, falta de higiene y hambre. 2) No hay abastecimiento de productos básicos en los mercados populares, sino escasez, desabastecimiento y desarrollo de economía informal. 3) Se trata de un proceso de agudo deterioro durante la administración bolivariana y que se ha pronunciado con el transcurso de la administración del presidente NM; lo cual tiene adecuada coincidencia con la agudización de la problemática económica durante la misma y aún más y más durante 2018.


@eortizramirez
eortizramirez@gmail.com





[1] “lleve su bolsa marchantica, lleve su bolsa  y eche su verdurita”, expresaba con sincronía y rutina.
[2] Bachaqueros y bachaquerismo como es harto conocido, se asocia a la compra/venta de productos regulados o no, que no aparecen en lugares donde deberían estar. Pero claro, siempre con precios mayores.
[3]  Pasa, con las distancias del caso, como en una toma en un lugar popular y muy poblado en un país asiático, donde después que pasa el tren se vuelve a armar todo.
[4] Es de precisar que el deterioro en las distintas zonas del mercado ha sido acumulativo, o sea que no corresponde solo a lo transitado durante la administración del presidente NM, pero de lo que no hay duda por registros, evolución y observaciones tenidas durante la misma es que en esta última el deterioro se ha acentuado considerablemente y ni que decir en los últimos tres años.

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